El mito del profeta y la ballena ejemplifica uno de los problemas más abordados por los terapeutas
Jueves, 19 de febrero 2026, 00:34 | Actualizado 11:05h.
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Supongamos que a María y Pablo les ofrecen un importante ascenso. Mientras que la primera acepta sin dudar, atraída por un salario más abultado y ... el desafío de afrontar nuevas responsabilidades; el segundo pasa los días posteriores inmerso en un debate interno: el puesto con el que siempre ha soñado le suscita el temor de no estar a la altura y, con ello, convertirse en el hazmerreír de la oficina. A la postre, lo más probable es que Pablo decline la oferta escudándose en aquello de que 'más vale malo conocido que bueno por conocer'.
Entender este complejo pasa también por remitirse a la figura bíblica que le da nombre, el comerciante Jonás, a quien Dios ordenó convertirse en profeta. Aterrado por tamaña empresa, huyó al mar donde fue tragado por una ballena y, tras orar por su vida durante días en el interior del animal, terminó volviendo a tierra firme para cumplir con lo que se le había encomendado.
La seguridad de lo insatisfactorio
Ahora bien, ¿por qué ciertas personas sienten miedo a avanzar cuando aparece la más mínima oportunidad de crecimiento? «Porque crecer no es solo sumar -prosigue Rademaker-, también implica dejar atrás identidades antiguas. Muchas personas no temen el cambio en sí, sino lo que ese cambio exige internamente: mayor responsabilidad emocional, mayor exposición, mayor libertad… y menos excusas».
Es un miedo que, en palabras de la psicóloga, está relacionado con «una autoestima construida desde la adaptación más que desde la autenticidad; experiencias tempranas donde destacar tuvo un coste relacional; o la asociación inconsciente entre crecer y perder vínculos, pertenencia o seguridad». Dicho de otra forma, el Complejo de Jonás tiene mucho que ver con el miedo a abandonar la zona de confort, especialmente marcado en aquellas personas tímidas que rehuyen situarse 'en el foco' y que enfrentan la posibilidad del éxito desde la culpa (creen no merecerlo).
Rademaker habla en este punto de la aparente seguridad de lo insatisfactorio; de quedarse uno como está pese a no sentirse del todo pleno con su vida: «Lo conocido, aunque duela, ofrece previsibilidad y una aparente seguridad. Permanecer en una situación insatisfactoria puede ser una forma de autoprotección frente a la incertidumbre que implica vivir de manera más alineada con uno mismo.Cambiar no solo es arriesgarse a fallar; es arriesgarse a tener éxito en términos internos: sentirse más vivo, más coherente, más visible, además de suponer un gran esfuerzo de cuestionamiento y conocimiento personal. Y eso no siempre es fácil de sostener».
Algo esto último muy condicionado por el entorno familiar de cada persona: «Mensajes como 'no te hagas notar', 'no pidas más de lo que hay', 'no te equivoques' o 'no decepciones', pueden hacer que desarrollarnos se viva como una amenaza en lugar de como una expansión natural». En psicología, estas creencias interiorizadas que se transmiten como parte de los valores familiares se denominan introyectos, y su importancia es tal que organizan nuestra conducta sin que seamos plenamente conscientes.
Manifestaciones (y consecuencias) de autosabotearse
Aunque de primeras uno pueda pensarse ajeno al complejo que nos ocupa, lo cierto es que cada vez más psicólogos lo abordan en sus consultas. En parte por los mensajes contradictorios que nos envía la propia sociedad: «Se valora el crecimiento, pero se castiga la diferencia. Destacar, cambiar o vivir de forma más coherente puede generar incomodidad en el entorno y muchas personas temen que, al hacerlo, dejen de encajar, rompan equilibrios familiares o se queden fuera de los roles que siempre han ocupado», sentencia Rademaker.
Algunas manifestaciones del Complejo de Jonás descritas por el Centro Psicológico SMC serían: posponer decisiones que nos acercarían a una vida más auténtica; minimizar deseos propios y necesidades para 'no molestar'; funcionar acorde a los (mentados) introyectos no cuestionados; rechazar oportunidades (profesionales, relacionales o personales) con argumentos racionales que a uno le mantienen en una insatisfacción (aunque sea sutil); o sentir ansiedad ante momentos de expansión personal.
Todo ello tiene un coste psicológico a largo plazo, que nos lleva a experimentar «sensación de vacío o estancamiento, frustración crónica, desconexión emocional, ansiedad existencial y tristeza sin causa aparente». En este sentido, se recomienda acudir a una terapeuta para «identificar creencias profundas sobre el merecimiento y la valía; explorar qué partes del yo temen crecer (y por qué); trabajar la autocompasión; diferenciar deseos propios de expectativas heredadas; y avanzar con pequeños actos de coherencia, sin cambios bruscos».
Rademaker propone además un sencillo ejercicio: «Pregúntate qué tendrías que asumir de tí si te permitieras ser más auténtico. A menudo, la respuesta revela más que el miedo mismo».
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