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«Tengo rabia, pero no contra el volcán»

«Tengo rabia, pero no contra el volcán»
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Cinco años después de la erupción de La Palma, decenas de familias siguen viviendo en contenedores y módulos prefabricados, atrapadas por la burocracia y la especulación del suelo.

Cinco años de La Palma

«Tengo rabia, pero no contra el volcán»

Cinco años después de la erupción de La Palma, decenas de familias siguen viviendo en contenedores y módulos prefabricados, atrapadas por la burocracia y la especulación del suelo.

Regala esta noticia Añádenos en Google Una vista de los contenedores que sirven de viviendas en la isla. (RC)

Paula Rosas

Madrid

19/09/2026 Actualizado a las 07:25h.

«El problema no fue el volcán, sino lo que vino después, la especie humana».

Hugo Betancor salió de su casa con lo puesto hace ... justo 5 años, cuando la tierra se abrió montaña arriba y la lava del volcán de Tajogaite empezó su descenso incontenible. Solo le dio tiempo a coger una muda para él y algo de ropa de su mujer y juguetes del hijo. Entre la rugiente boca del volcán y el camino que iba abriendo hacia el mar se encontraba su coqueta casita pintada de verde, su jardín y su huerto. Como tantas otras viviendas del valle de Aridane, en La Palma, su hogar quedó sepultado bajo metros de la espesa colada, hoy un manto negro que cubre todo este paisaje.

Cinco años después, Hugo sigue viviendo en una de las casas prefabricadas que las autoridades pusieron a disposición de aquellos que no tenían adonde ir. En los Llanos de Aridane fueron contenedores reconvertidos en viviendas y, en El Paso, unos módulos de madera. Hugo, su esposa y su hijo de 10 años aún se alojan ahí.

«Vivimos», dice, resignado, cuando se le pregunta por las condiciones en las que se encuentran; «el ser humano se adapta al final a todo». Esperan que su nuevo hogar, que están construyendo en un terreno donado, esté listo el año que viene y puedan abandonar este refugio temporal en el que han pasado demasiado tiempo.

De los 36 módulos que se instalaron en El Paso, 30 siguen habitados, mientras que en las casas-contenedor de Los Llanos de Aridane viven aún 53 personas, según datos facilitados por el Cabildo de La Palma a este diario.

El otro cráter

La sensación entre muchos en la isla es que, cuando el volcán se apaciguó y las cámaras se marcharon, otro cráter se abrió entre los vecinos, una llaga que, en personas como Hugo, no ha logrado aún cerrarse.

Lo más difícil, reconstruirse, empezaba entonces, y los afectados se toparon con todo tipo de dificultades: precios duplicados de terrenos y viviendas por la especulación, trabas burocráticas y lo que algunos denuncian como falta de transparencia en la concesión de las ayudas, que ha despertado los recelos de muchos vecinos.

«Por terrenos que valían 4 o 5 euros el metro, algunos empezaron a pedir hasta 60», cuenta Hugo, con el resentimiento hacia quienes buscaron enriquecerse con la desgracia aún fresco en su voz. «Tengo rabia, pero no contra el volcán, sino hacia las personas que lo han gestionado mal, hacia la maldad del ser humano».

Un cambio en la ley permitió que los afectados pudieran edificar en terrenos rústicos, siempre y cuando contaran con más de 500 metros. Esto facilitó a muchos encontrar dónde volver a empezar en una isla en la que no abunda el suelo urbanizable. Pero también abrió la puerta a la especulación.

Aunque muchos afectados han recibido ayudas que rondan los 90.000 euros, si se suman las concedidas por las distintas administraciones, a otros no les ha llegado nada aún, «lo que supone un agravio», denuncia Francisco Rodríguez Pulido, presidente de la Asociación Tierra Bonita, que se constituyó tras la erupción como soporte para la captación de fondos y que hoy ofrece ayuda jurídica a esos vecinos.

«Por terrenos que valían 4 o 5 euros el metro, algunos empezaron a pedir hasta 60»

Hugo Betancor

Afectado por el volcán

A esto se suma otra polémica: el Gobierno de Canarias ha publicado las cantidades de las ayudas otorgadas, pero no los beneficiarios, desatando la desconfianza de muchos afectados. Tierra Bonita tiene abiertas cinco demandas jurídicas contras las autoridades, una de ellas precisamente para pedir que se dé publicidad a los destinatarios de ese dinero público. El PSOE de las islas también lo ha recurrido al Tribunal Superior de Justicia de Canarias.

A Juan Vicente Rodríguez aún le deben, asegura, 36.000 euros. «La mayoría estamos bien, y quien no lo está es porque no ha querido», dice, pero reconoce que, incluso con las subvenciones, reconstruir lo tragado por el volcán no alcanza con la subida de los precios del mercado. Su extensa familia perdió 18 propiedades en El Paraíso, justo debajo del cono volcánico, un terreno en el que nació y que «conocía metro a metro».

Bomberos forestales ayudan en el desalojo de la vivienda de Hugo Betancor el 19 de septiembre de 2021. (Hugo Betancor)

Lo perdido es mucho, y no solo material.

Rosa Gómez, la peluquera de Todoque, otro de los barrios que quedó sepultado bajo la lava, añora la vida en comunidad. Tuvo la suerte de que una vecina le vendiera un terreno a precio de amiga y cerca de donde vivía con su esposo Hans hasta hace 5 años, a 50 metros de aquella iglesia que medio mundo vio, sobrecogida y en directo, desplomarse por la fuerza de la lava.

La pareja pasó los dos primeros años viviendo en la autocaravana con la que viajaban en sus vacaciones, a la que sumaron un contenedor que compraron ellos mismos para estar algo más holgados, hasta que hace seis meses pudieron mudarse al nuevo hogar que han construido. «Ahora espero que se reconstruya Todoque, para volver con los vecinos», asegura.

La soledad de los retornados

De la finca tropical de Benedicto Brito, y de los viñedos que cultivaba desde que se jubiló y que le daban cada año mil litros de vino «solo para la familia y los amigos» tampoco queda nada.

A sus 80 años ha podido regresar al terreno que compraron sus padres, en el que nació y se crio, y donde está construyendo una nueva casa, metros por encima de la que perdió. Aún no está terminada, pero, sintiendo que el tiempo se le escapa, él ya está viviendo allí.

Dentro de la desgracia, Benedicto fue uno de los afortunados: tenía dos pólizas, que pudo cobrar a través del Consorcio de Compensación de Seguros, además de recibir «una pequeña ayuda del Cabildo y del Gobierno».

No todo el mundo tenía sus casas aseguradas. Algunas ni siquiera estaban registradas en una isla donde muchos construyeron de manera informal, convirtiendo cuartos de aperos en viviendas que fueron ampliándose a lo largo de los años.

Por eso, al ver la pluma del volcán aquel 19 de septiembre de 2021, mientras tomaba el aperitivo con unos amigos, la prioridad de Benedicto fue salvaguardar la documentación y escrituras de su casa.

Ahora, desde el mismo punto donde antes contemplaba sus viñedos, la sensación es de desolación y de una absoluta soledad. Solo se ha reinstalado otra vecina. Espera que los demás se animen pronto.

La vista también ha cambiado: «Todo lo que veo es una nube negra hasta el mar. Y, hacia el este, el volcán es como un demonio echando azufre».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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