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Ambos gigantes quieren evitar que sean los organismos multilaterales los que regulen la IA.
Washington y Pekín parecen haber llegado a un punto intermedio en sus últimas disputas. Conscientes de la dificultad de ponerse de acuerdo a corto plazo en asuntos como la carrera tecnológica, la guerra contra Irán o el futuro de Taiwán, han establecido una tregua táctica que van prolongando de forma recurrente mientras tratan de avanzar en otros ámbitos en los que sus posiciones están más próximas.
Es lo que escenificaron ayer Donald Trump y Xi Jinping durante su esperada reunión en la Casa Blanca, donde se intercambiaron más parabienes que reproches. En un tono complaciente poco habitual en él, el presidente norteamericano, que previamente había roto el protocolo habitual para recibir a su homólogo chino al pie de la escalinata de su avión oficial, afirmó que trabajará mano a mano con el dirigente comunista para "forjar un futuro mejor para ambas naciones".
Una colaboración que se centrará en las relaciones comerciales entre Estados Unidos y China y el desarrollo de la inteligencia artificial. En este último punto, tanto Washington como Pekín rechazan las demandas de los países europeos y algunas economías emergentes para regular en los foros multilaterales la gobernanza de la inteligencia artificial y sus límites.
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, fue uno de los dirigentes que verbalizaron esta reclamación en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, a la que por cierto no ha acudido este año el presidente chino.
Xi Jinping ha preferido negociar directamente con Trump las salvaguardas que ambos gobiernos pueden imponer a los desarrolladores de IA para asegurarse de que no escapa al control humano y, al tiempo, no supone un freno de los modelos más avanzados.
Los dirigentes de varias de las principales compañías norteamericanas dedicadas al despliegue de esta tecnología novedosa y de sus infraestructuras, como OpenAI, Google o Nvidia, asistieron anoche a la cena de Estado que ofreció Trump a su invitado de honor en el salón este de la Casa Blanca.
Aunque las autoridades chinas recelan de los llamamientos cuasi apocalípticos sobre los riesgos de la inteligencia artificial avanzada realizados por estos gigantes tecnológicos, celebran que el Gobierno de Estados Unidos reconozca de facto la capacidad china para competir en igualdad de condiciones con sus rivales norteamericanos.
Muy lejos de la hostilidad de Trump hacia China en los primeros compases de su segundo mandato, marcada por la política de aranceles.
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