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Ucrania ha lanzado un ejército de cazadores kamikaze con un plan muy claro: hay que llegar como sea al mes de marzo

Ucrania ha lanzado un ejército de cazadores kamikaze con un plan muy claro: hay que llegar como sea al mes de marzo
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Rusia ha intensificado una estrategia de desgaste que apunta menos a conquistar terreno que a quebrar la vida diaria, y lo ha hecho golpeando el sistema energético ucraniano para dejar al país sin luz, sin calefacción y sin servicios básicos en el momento más cruel del año. Frente a los misiles de Moscú, Kiev ha llamado a un grupo de cazadores kamikaze con un plan muy claro. El terror término. Lo contamos la semana pasada. Con temperaturas desplomándose hasta los -20ºC y una red ya debilitada por meses de ataques, las olas de misiles y drones buscan colapsar subestaciones, infraestructura eléctrica y nodos que sostienen el calor urbano, e incluso se teme una campaña más precisa contra puntos que alimentan a las plantas nucleares.  El objetivo es simple: convertir el frío en presión política, erosionar la resistencia civil y empujar a Kiev hacia una negociación bajo tormento, justo cuando Estados Unidos intenta abrir una vía diplomática. El resultado es un país obligado a vivir en modo supervivencia, con apagones que duran días en algunos distritos, miles de edificios sin calefacción en la capital, escuelas cerradas y ciudadanos que, sin poder marcharse, aguantan en hogares oscuros y helados, envueltos en mantas, con velas, quemadores de camping y una sensación compartida de que el frente ya no está solo en las trincheras, sino también en el salón de casa. En Xataka Alemania está viviendo un nuevo "milagro industrial" que ya vivió hace 90 años: el del armamento Calor, agua y normalidad bajo mínimos. En ciudades como Kiev, el golpe es especialmente peligroso porque la calefacción depende de sistemas centralizados que distribuyen agua caliente desde plantas de cogeneración, y cuando se corta el suministro en pleno hielo el riesgo ya no es solo pasar frío, sino que las tuberías se congelen y revienten, provocando inundaciones cuando el servicio vuelva.  Por eso las autoridades han llegado a recomendar drenar circuitos en miles de edificios, aceptando un frío temporal para evitar un desastre mayor, mientras las reparaciones se vuelven lentas y difíciles por el clima y por la repetición de ataques.  Buscando el fuego. La vida se reorganiza alrededor de puntos de calor: centros públicos donde la gente se refugia, carga móviles y recibe comida caliente, y soluciones extraordinarias como trenes adaptados como “hubs” móviles para calentarse y recuperar algo de autonomía.  Aun así, recordaban en Forbes que lo más llamativo es la obstinación de la normalidad: comercios funcionando con generadores, barrios que resisten a oscuras, familias improvisando rutinas y una sociedad que, en lugar de anestesiarse, vuelve a sentir de forma tangible lo que significa sostener un país en guerra cuando la temperatura convierte cada apagón en una amenaza física. La saturación aérea. La presión rusa no solo es más constante, también es más masiva, y su fuerza reside en el volumen: el número de drones de ataque ha escalado hasta superar los 5.000 al mes, lo que equivale a más de 150 cada noche, una cifra diseñada para agotar defensas y obligar a Ucrania a elegir qué salva y qué no. Aunque la tasa de interceptación se mantiene alta, el coste estratégico es enorme porque derribar enjambres con misiles tierra-aire o armas de aviación consume recursos escasos y carísimos a una velocidad insostenible. El propio Zelenski ha advertido de que hay sistemas que se quedan sin munición. Los equipos móviles con cañones automáticos y ametralladoras aportan una defensa útil y relativamente barata, pero su alcance es limitado y solo pueden proteger puntos concretos, como una central eléctrica, dejando demasiados huecos para un enemigo que golpea y repite el patrón cada noche. En esa ecuación, el “terror térmico” no depende de destruirlo todo, sino de colar suficientes impactos para que el sistema no levante cabeza y la población no pueda descansar. Los “cazadores” kamikaze. La respuesta ucraniana está llegando por una vía más adaptada a esta nueva guerra de masas: drones interceptores pequeños, rápidos y baratos, concebidos como cazadores desechables capaces de abatir Shaheds a distancia sin quemar un misil por cada objetivo. Son una evolución del ecosistema FPV, pero orientados al rendimiento puro, con diseños tipo “bala” y una lógica industrial que busca volumen: diferentes modelos, varios proveedores, producción acelerada y un coste por unidad que permite arriesgar sin hipotecar el arsenal.  Su eficacia se maximiza lanzando más de uno por blanco, igual que se hace con interceptores caros cuando la prioridad es asegurar el derribo antes de que el dron alcance una subestación o una planta térmica, lo que exige fabricar muchos más interceptores que drones enemigos.  Ayuda. Y aun así, lo que hace pocos meses parecía imposible empieza a sonar viable: la fabricación se ha disparado y, con apoyo aliado, Ucrania está alcanzando una escala que ya no es simbólica, sino operativa, hasta el punto de que los interceptores se están convirtiendo en protagonistas de los derribos nocturnos y reclamando una parte creciente del trabajo que antes recaía en misiles. En Xataka A los humanos nos gusta la cerveza. La gran pregunta es si nos gusta tanto como para haber inventando la agricultura Aguantar hasta marzo. El sentido estratégico de estos interceptores no es solo abatir drones, sino abrir una ventana de tiempo, porque Ucrania no podrá reconstruir ni estabilizar su red energética mientras siga recibiendo golpes diarios sobre los mismos puntos críticos. La guerra del invierno se decide, por tanto, en la capacidad de reducir la filtración de impactos lo suficiente como para reparar sin que la reparación sea destruida al día siguiente, y en sostener la moral cuando el frío castiga tanto como el enemigo. Rusia apuesta por la fatiga y la desesperación, mientras Ucrania lo hace por una defensa más barata y masiva que le permita resistir el pico de demanda invernal y llegar a la estación templada de la primavera con el sistema vivo.  Si el plan ruso es empujar a un país a una edad oscura de hielo y apagones, la respuesta ucraniana está siendo construir, desde la urgencia y con ingeniería de guerra, una barrera aérea hecha de cazadores kamikaze que no solo protegen transformadores, sino que compran algo mucho más valioso: tiempo para no romperse (ni congelarse).  Imagen | Denys Shmyhal En Xataka | Rusia ha dinamitado la electricidad en Ucrania para activar el "terror térmico": que “calentarse” en invierno sea un riesgo letal En Xataka | Los drones de Rusia están cayendo como moscas y se debe a las armas más locas de Ucrania: una caña de pescar y un coche con misiles - La noticia Ucrania ha lanzado un ejército de cazadores kamikaze con un plan muy claro: hay que llegar como sea al mes de marzo fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
Ucrania ha lanzado un ejército de cazadores kamikaze con un plan muy claro: hay que llegar como sea al mes de marzo

El sentido estratégico de estos interceptores no es solo abatir drones, sino abrir una ventana de tiempo

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Miguel Jorge

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Rusia ha intensificado una estrategia de desgaste que apunta menos a conquistar terreno que a quebrar la vida diaria, y lo ha hecho golpeando el sistema energético ucraniano para dejar al país sin luz, sin calefacción y sin servicios básicos en el momento más cruel del año. Frente a los misiles de Moscú, Kiev ha llamado a un grupo de cazadores kamikaze con un plan muy claro.

El terror término. Lo contamos la semana pasada. Con temperaturas desplomándose hasta los -20ºC y una red ya debilitada por meses de ataques, las olas de misiles y drones buscan colapsar subestaciones, infraestructura eléctrica y nodos que sostienen el calor urbano, e incluso se teme una campaña más precisa contra puntos que alimentan a las plantas nucleares

El objetivo es simple: convertir el frío en presión política, erosionar la resistencia civil y empujar a Kiev hacia una negociación bajo tormento, justo cuando Estados Unidos intenta abrir una vía diplomática. El resultado es un país obligado a vivir en modo supervivencia, con apagones que duran días en algunos distritos, miles de edificios sin calefacción en la capital, escuelas cerradas y ciudadanos que, sin poder marcharse, aguantan en hogares oscuros y helados, envueltos en mantas, con velas, quemadores de camping y una sensación compartida de que el frente ya no está solo en las trincheras, sino también en el salón de casa.

En XatakaAlemania está viviendo un nuevo "milagro industrial" que ya vivió hace 90 años: el del armamento

Calor, agua y normalidad bajo mínimos. En ciudades como Kiev, el golpe es especialmente peligroso porque la calefacción depende de sistemas centralizados que distribuyen agua caliente desde plantas de cogeneración, y cuando se corta el suministro en pleno hielo el riesgo ya no es solo pasar frío, sino que las tuberías se congelen y revienten, provocando inundaciones cuando el servicio vuelva. 

Por eso las autoridades han llegado a recomendar drenar circuitos en miles de edificios, aceptando un frío temporal para evitar un desastre mayor, mientras las reparaciones se vuelven lentas y difíciles por el clima y por la repetición de ataques. 

Buscando el fuego. La vida se reorganiza alrededor de puntos de calor: centros públicos donde la gente se refugia, carga móviles y recibe comida caliente, y soluciones extraordinarias como trenes adaptados como “hubs” móviles para calentarse y recuperar algo de autonomía. 

Aun así, recordaban en Forbes que lo más llamativo es la obstinación de la normalidad: comercios funcionando con generadores, barrios que resisten a oscuras, familias improvisando rutinas y una sociedad que, en lugar de anestesiarse, vuelve a sentir de forma tangible lo que significa sostener un país en guerra cuando la temperatura convierte cada apagón en una amenaza física.

La saturación aérea. La presión rusa no solo es más constante, también es más masiva, y su fuerza reside en el volumen: el número de drones de ataque ha escalado hasta superar los 5.000 al mes, lo que equivale a más de 150 cada noche, una cifra diseñada para agotar defensas y obligar a Ucrania a elegir qué salva y qué no. Aunque la tasa de interceptación se mantiene alta, el coste estratégico es enorme porque derribar enjambres con misiles tierra-aire o armas de aviación consume recursos escasos y carísimos a una velocidad insostenible.

El propio Zelenski ha advertido de que hay sistemas que se quedan sin munición. Los equipos móviles con cañones automáticos y ametralladoras aportan una defensa útil y relativamente barata, pero su alcance es limitado y solo pueden proteger puntos concretos, como una central eléctrica, dejando demasiados huecos para un enemigo que golpea y repite el patrón cada noche. En esa ecuación, el “terror térmico” no depende de destruirlo todo, sino de colar suficientes impactos para que el sistema no levante cabeza y la población no pueda descansar.

Los “cazadores” kamikaze. La respuesta ucraniana está llegando por una vía más adaptada a esta nueva guerra de masas: drones interceptores pequeños, rápidos y baratos, concebidos como cazadores desechables capaces de abatir Shaheds a distancia sin quemar un misil por cada objetivo. Son una evolución del ecosistema FPV, pero orientados al rendimiento puro, con diseños tipo “bala” y una lógica industrial que busca volumen: diferentes modelos, varios proveedores, producción acelerada y un coste por unidad que permite arriesgar sin hipotecar el arsenal. 

Su eficacia se maximiza lanzando más de uno por blanco, igual que se hace con interceptores caros cuando la prioridad es asegurar el derribo antes de que el dron alcance una subestación o una planta térmica, lo que exige fabricar muchos más interceptores que drones enemigos. 

Ayuda. Y aun así, lo que hace pocos meses parecía imposible empieza a sonar viable: la fabricación se ha disparado y, con apoyo aliado, Ucrania está alcanzando una escala que ya no es simbólica, sino operativa, hasta el punto de que los interceptores se están convirtiendo en protagonistas de los derribos nocturnos y reclamando una parte creciente del trabajo que antes recaía en misiles.

En XatakaA los humanos nos gusta la cerveza. La gran pregunta es si nos gusta tanto como para haber inventando la agricultura

Aguantar hasta marzo. El sentido estratégico de estos interceptores no es solo abatir drones, sino abrir una ventana de tiempo, porque Ucrania no podrá reconstruir ni estabilizar su red energética mientras siga recibiendo golpes diarios sobre los mismos puntos críticos. La guerra del invierno se decide, por tanto, en la capacidad de reducir la filtración de impactos lo suficiente como para reparar sin que la reparación sea destruida al día siguiente, y en sostener la moral cuando el frío castiga tanto como el enemigo.

Rusia apuesta por la fatiga y la desesperación, mientras Ucrania lo hace por una defensa más barata y masiva que le permita resistir el pico de demanda invernal y llegar a la estación templada de la primavera con el sistema vivo. 

Si el plan ruso es empujar a un país a una edad oscura de hielo y apagones, la respuesta ucraniana está siendo construir, desde la urgencia y con ingeniería de guerra, una barrera aérea hecha de cazadores kamikaze que no solo protegen transformadores, sino que compran algo mucho más valioso: tiempo para no romperse (ni congelarse). 

Imagen | Denys Shmyhal

En Xataka | Rusia ha dinamitado la electricidad en Ucrania para activar el "terror térmico": que “calentarse” en invierno sea un riesgo letal

En Xataka | Los drones de Rusia están cayendo como moscas y se debe a las armas más locas de Ucrania: una caña de pescar y un coche con misiles

Fuente original: Leer en Xataka
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