Un cuarto de siglo después de su última edición (Bibliotex, prólogo de Pere Gimferrer, 2001 y unos cuantos años más de su primera edición, 1991) regresa al lector una obra clave de la narrativa en español. Esta 'Leyenda del César Visionario' que Francisco Umbral (1932- ... 2007), junto a 'Mortal y Rosa' (1975) y la 'Trilogía de Madrid' (1984), convertiría en un monumento literario en el que el ritmo, la ambientación, los personajes, la trama y el fondo histórico adquieren una relevancia pocas veces contemplada, tal vez con el escenario narrativo de la obra valleinclanesca como telón de fondo.
«Escribir es la manera más profunda de leer la vida», advierte el propio Umbral. La vida y la historia. Es una profunda recreación del personaje central, el dictador Francisco Franco (1892-1975) y su patética corte de intelectuales (si no es un oxímoron) en torno a la mesa camilla en la que, entre chocolate y chocolate, firmaba sentencias de muerte.
Pero Umbral va un punto más allá. Es una de las pocas novelas en las que Umbral olvida, a propósito, su lado personal, vivido, contado, sugerido, soñado y se adentra en los parámetros de una historia terrible con un personaje siniestro en la que se describen las sombras, los comportamientos, las conspiraciones, las traiciones, la ambición, en suma, de un tipo sin límites en cuanto a lograr sus objetivos, caiga quien caiga, tanto de sus enemigos en la contienda civil como de los que tiene cerca de los que no dudará desprenderse cuando haga falta. Es brutal esta recreación literaria.
Umbral se centra, con un desparpajo narrativo deslumbrante, en los denominados 'laínes', ese grupo de escritores falangistas que se pliegan, en Burgos, en Salamanca al dictado (nunca mejor dicho) de la voluntad de poder del César Visionario. César que, leída la obra, queda en pastiche y delirante visionario. Pero le jalean. Les humilla, pero le jalean. Les desprecia, pero le jalean. Les olvida, pero le jalean.
Hay, claro está, un personaje paralelo al tal César, Francesillo, en el lado opuesto, un sobreviviente, junto a Camila, en medio del infierno. Un apartado entre el delirio sexual (lo cual tiene su aquél, en ese tiempo y en esos días) con ese convento convertido en un vete a saber qué; un lado emocionado, profundamente sentimental, como son las cartas de Francesillo a su madre (ella en Madrid), cartas que nunca llegarán a su destino, y no conviene decir más.
Hay intriga, suspense, tal como si de un episodio nacional de Galdós se tratara tamizado por la una inteligente ironía
Porque hay intriga, suspense, tal como si de un episodio nacional de Galdós se tratara tamizado por la muy inteligente ironía, melancólica, tan cervantina, que Umbral imprime al relato. La recreación es tan intensamente literaria como cinematográfica. Con Francisco Umbral ocurre que es tan condenadamente literario que una supuesta adaptación al cine sería complicada porque la genialidad en el uso de los adjetivos, la construcción perfecta de la frase, el vaivén, la polifonía de voces, obligaría a traducirlos en imágenes y ahí quiero ver qué director acometería tal hazaña.
Los monólogos interiores, 'joyceanos', puestos en boca del César son otro de los aciertos literarios de esta obra. Es una realidad añadida a la realidad de la historia. Es decir, cuando la literatura cumple su papel soberano. Una fiesta de la literatura, y un desgarro de la Historia, en grado sumo.
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