A finales del siglo XIX, mientras Japón emergía como potencia imperial tras la era Meiji, su ejército emprendió un ambicioso proyecto cartográfico para conocer con precisión los territorios más allá de sus fronteras. Aquellos mapas, elaborados por el Ejército Imperial japonés con métodos que combinaban espionaje, fuentes extranjeras y trabajo de campo, fueron clasificados como secretos de Estado y durante décadas permanecieron ocultos en archivos militares y universitarios.
Hoy, esos mapas han revelado una ruta fascinante.
Un corredor olvidado. Durante siglos, la llamada Gran Ruta Mongola fue una arteria clave del comercio euroasiático, una vía este-oeste que atravesaba el sur de Mongolia conectando el norte de China con Asia Central y más allá, funcionando como una alternativa septentrional a las rutas más conocidas de la Ruta de la Seda.
Pese a su importancia histórica, había quedado difuminada entre relatos de viajeros y referencias dispersas, sin una cartografía precisa que permitiera reconstruirla con detalle. Esa laguna es la que ahora se llena a través de un trabajo histórico, un estudio publicado en el Journal of Historical Geography por Chris McCarthy y sus colegas demostrando por primera vez que la Gran Ruta de Mongolia no era una abstracción literaria, sino un corredor perfectamente estructurado, diseñado para hacer posible el tránsito regular de caravanas de camellos a través de algunos de los paisajes más áridos y hostiles del continente.
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Los mapas militares como secretos del pasado. Cuentan los investigadores detrás del hallazgo que la clave para redescubrir la Gran Ruta Mongola ha estado en los gaihōzu, esos mapas elaborados por cartógrafos del Ejército Imperial japonés entre finales del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, los mismos que cubrían de forma sistemática vastas regiones de Asia oriental e interior.
Concebidos con fines estratégicos y clasificados durante décadas, muchos estuvieron a punto de desaparecer tras la guerra (se recibieron instrucciones de destruirlos), pero algunos fueron salvados en silencio y acabaron en archivos universitarios que poco a poco se fueron haciendo accesibles al público.
Panel del mapa de Gaihōzu W6N2N:
Explicando los mapas. Los mapas no eran simples bocetos militares: sintetizaban información procedente de registros chinos, antiguos levantamientos rusos y, en algunos casos, trabajo de campo japonés, dando como resultado una representación sorprendentemente precisa de rutas, pozos, monasterios, oasis y accidentes geográficos clave para la supervivencia en el desierto del Gobi.
Mapa de Owen Lattimore de varias rutas de caravanas del interior de Asia, incluida la Gran Ruta de Mongolia, cuyo nombre aparece junto a la ubicación de Gurbun Saikhan
Confirmar el mapa sobre el terreno. El trabajo reciente ha ido más allá del archivo, recorriendo más de 1.200 kilómetros sobre el terreno para comprobar hasta qué punto aquellas hojas coincidían con la realidad actual. La verificación ha confirmado cerca de medio centenar de nodos (desde fuentes de agua hasta asentamientos, cuevas y lugares sagrados) espaciados a intervalos de unos 24 kilómetros, una distancia que encaja exactamente con la jornada media de una caravana de camellos.
Plus: las tradiciones orales de los pastores locales, las huellas físicas del tránsito secular y la persistencia de topónimos han reforzado la idea de que estos mapas capturaron un sistema logístico refinado, uno en el que cada parada era esencial para que el viaje fuera posible.
Panel del mapa de Gaihōzu W9N2N
Caravanas, té y beneficios. Aunque el objetivo principal ha sido documentar la infraestructura de la ruta, todo apunta a que formaba parte del histórico comercio del té, con mercancías chinas viajando hacia el oeste y productos de la estepa regresando hacia el este.
Inscripciones halladas en cuevas y oasis hablan de viajes de hasta 120 días para las caravanas pesadas y de trayectos más rápidos, de unos 90 días, para transportes urgentes que buscaban beneficios extraordinarios. La dureza del recorrido no disuadía a los mercaderes, movidos por la promesa de “beneficios triples”, un recordatorio de que estas rutas no solo eran vías de intercambio cultural, sino apuestas económicas de alto riesgo.
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De los relatos a la cartografía. Durante décadas, el conocimiento de la Gran Ruta Mongola dependió casi exclusivamente de las descripciones del explorador y académico Owen Lattimore, cuyos esquemas ofrecían una visión conceptual del corredor. Ahora, la combinación de sus relatos con el detalle milimétrico de los gaihōzu transforma esa imagen difusa en un trazado concreto y verificable, donde cada lago, pozo o monasterio tiene una función clara.
El resultado no solo recupera una ruta perdida, sino que muestra hasta qué punto estos mapas militares constituyen un archivo excepcional de paisajes, economías y formas de vida justo antes de que el transporte moderno borrara siglos de movilidad caravanera en el interior de Asia.
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La noticia
Un mapa secreto del Ejército Imperial japonés ha revelado un tesoro inédito: la Gran Ruta Comercial por el desierto de Mongolia
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
Un mapa secreto del Ejército Imperial japonés ha revelado un tesoro inédito: la Gran Ruta Comercial por el desierto de Mongolia
El resultado no solo recupera una ruta perdida, sino que muestra hasta qué punto estos mapas militares constituyen un archivo excepcional
A finales del siglo XIX, mientras Japón emergía como potencia imperial tras la era Meiji, su ejército emprendió un ambicioso proyecto cartográfico para conocer con precisión los territorios más allá de sus fronteras. Aquellos mapas, elaborados por el Ejército Imperial japonés con métodos que combinaban espionaje, fuentes extranjeras y trabajo de campo, fueron clasificados como secretos de Estado y durante décadas permanecieron ocultos en archivos militares y universitarios.
Hoy, esos mapas han revelado una ruta fascinante.
Un corredor olvidado. Durante siglos, la llamada Gran Ruta Mongola fue una arteria clave del comercio euroasiático, una vía este-oeste que atravesaba el sur de Mongolia conectando el norte de China con Asia Central y más allá, funcionando como una alternativa septentrional a las rutas más conocidas de la Ruta de la Seda.
Pese a su importancia histórica, había quedado difuminada entre relatos de viajeros y referencias dispersas, sin una cartografía precisa que permitiera reconstruirla con detalle. Esa laguna es la que ahora se llena a través de un trabajo histórico, un estudio publicado en el Journal of Historical Geography por Chris McCarthy y sus colegas demostrando por primera vez que la Gran Ruta de Mongolia no era una abstracción literaria, sino un corredor perfectamente estructurado, diseñado para hacer posible el tránsito regular de caravanas de camellos a través de algunos de los paisajes más áridos y hostiles del continente.
Los mapas militares como secretos del pasado. Cuentan los investigadores detrás del hallazgo que la clave para redescubrir la Gran Ruta Mongola ha estado en los gaihōzu, esos mapas elaborados por cartógrafos del Ejército Imperial japonés entre finales del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, los mismos que cubrían de forma sistemática vastas regiones de Asia oriental e interior.
Concebidos con fines estratégicos y clasificados durante décadas, muchos estuvieron a punto de desaparecer tras la guerra (se recibieron instrucciones de destruirlos), pero algunos fueron salvados en silencio y acabaron en archivos universitarios que poco a poco se fueron haciendo accesibles al público.
Panel del mapa de Gaihōzu W6N2N:
Explicando los mapas. Los mapas no eran simples bocetos militares: sintetizaban información procedente de registros chinos, antiguos levantamientos rusos y, en algunos casos, trabajo de campo japonés, dando como resultado una representación sorprendentemente precisa de rutas, pozos, monasterios, oasis y accidentes geográficos clave para la supervivencia en el desierto del Gobi.
Mapa de Owen Lattimore de varias rutas de caravanas del interior de Asia, incluida la Gran Ruta de Mongolia, cuyo nombre aparece junto a la ubicación de Gurbun Saikhan
Confirmar el mapa sobre el terreno. El trabajo reciente ha ido más allá del archivo, recorriendo más de 1.200 kilómetros sobre el terreno para comprobar hasta qué punto aquellas hojas coincidían con la realidad actual. La verificación ha confirmado cerca de medio centenar de nodos (desde fuentes de agua hasta asentamientos, cuevas y lugares sagrados) espaciados a intervalos de unos 24 kilómetros, una distancia que encaja exactamente con la jornada media de una caravana de camellos.
Plus: las tradiciones orales de los pastores locales, las huellas físicas del tránsito secular y la persistencia de topónimos han reforzado la idea de que estos mapas capturaron un sistema logístico refinado, uno en el que cada parada era esencial para que el viaje fuera posible.
Panel del mapa de Gaihōzu W9N2N
Caravanas, té y beneficios. Aunque el objetivo principal ha sido documentar la infraestructura de la ruta, todo apunta a que formaba parte del histórico comercio del té, con mercancías chinas viajando hacia el oeste y productos de la estepa regresando hacia el este.
Inscripciones halladas en cuevas y oasis hablan de viajes de hasta 120 días para las caravanas pesadas y de trayectos más rápidos, de unos 90 días, para transportes urgentes que buscaban beneficios extraordinarios. La dureza del recorrido no disuadía a los mercaderes, movidos por la promesa de “beneficios triples”, un recordatorio de que estas rutas no solo eran vías de intercambio cultural, sino apuestas económicas de alto riesgo.
De los relatos a la cartografía. Durante décadas, el conocimiento de la Gran Ruta Mongola dependió casi exclusivamente de las descripciones del explorador y académico Owen Lattimore, cuyos esquemas ofrecían una visión conceptual del corredor. Ahora, la combinación de sus relatos con el detalle milimétrico de los gaihōzu transforma esa imagen difusa en un trazado concreto y verificable, donde cada lago, pozo o monasterio tiene una función clara.
El resultado no solo recupera una ruta perdida, sino que muestra hasta qué punto estos mapas militares constituyen un archivo excepcional de paisajes, economías y formas de vida justo antes de que el transporte moderno borrara siglos de movilidad caravanera en el interior de Asia.