En todo el país; migrantes duermen en la calle para obtener un certificado que acredite vulnerabilidad, en medio de precariedad y sistemas desbordados.
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Guillermina Leudesdorf Publicada 30 abril 2026 02:42hA las diez de la noche, la fila ya rodeaba parte de la manzana.
No empezaba exactamente en la puerta de la Asociación Rumiñahui, en el barrio de Ciudad Lineal. Arrancaba unos metros antes, sobre la esquina, porque arriba había departamentos y los vecinos dormían.
Entonces la gente se organizaba como podía, intentando no hacer demasiado ruido mientras preparaba una espera que iba a durar toda la noche y buena parte del día siguiente.
Juan cortó los brazos con "la radial" a los dos africanos que mató en Librilla por timar 200.000 euros a su sobrinoCada uno llevaba lo indispensable: el pasaporte, una botella de agua, alguna manta y un cartón. Nada más.
El motivo de la cola era el nuevo proceso de regularización impulsado por el Gobierno nacional.
El Consejo de Ministros aprobó la reforma del Reglamento de Extranjería, una modificación que permitirá que cerca de 500.000 personas en situación administrativa irregular puedan acceder a permisos de residencia y trabajo.
El texto exige, entre otras cosas, no tener antecedentes penales ni representar una amenaza para el orden público.
Desde que entró en vigencia, asociaciones migrantes y ayuntamientos quedaron desbordados.
Las filas para conseguir un turno empezaron a multiplicarse en distintos puntos del país: hay personas que pasan noches enteras en la calle para obtener un certificado de vulnerabilidad, uno de los documentos que puede facilitar el trámite.
Ahí estaba Ale.
Venezolano, de 26 años, sentado contra una pared sobre un cartón fino y alargado que apenas lo aislaba del piso helado.
A su derecha había una colombiana. A su izquierda, una mujer marroquí que todavía seguía parada, abrazándose el cuerpo para soportar el frío.
Ale, venezolano de 26 años haciendo fila para conseguir su certificado de vulnerabilidad G.L.
Me senté al lado suyo.
Mitad del cuerpo sobre el cartón y mitad directamente sobre la baldosa. El frío subía rápido desde el suelo. Todavía no era medianoche y ya empezaban a salir las mantas de mochilas y bolsos.
La mayoría llevaba buzo. Otros estaban en remera. Algunos habían llegado preparados con colchones. Otros, directamente, con nada.
Lo primero que se percibía era el silencio. Un silencio raro, de desconfianza. Cada uno vigilaba su lugar como si fuera un tesoro. Porque, en algún punto, lo era.
Ese pedazo de acera podía significar una oportunidad para empezar a regularizar una vida entera.
Ale tenía el número 12 escrito en la mano con fibrón negro: "Estoy sobrado", dijo, convencido de que iba a conseguir turno.
Mientras hablábamos, no dejaba de mirar la fila. Como si alguien pudiera quitarle el puesto en cualquier momento.
Había salido de Venezuela en 2018, a los 18 años.
"Yo me fui engañado", dijo casi sin rodeos. "Considero que mi salida fue un engaño; me engañó mi mamá".
Le encargó que llevara a su hermana menor a Ecuador, donde ella residía por trabajoy le prometió que después regresaría. "Era mentira. Nunca volví". En ese momento jugaba al fútbol a nivel nacional y no quería dejarlo.
El viaje en bus, que normalmente dura tres días, le llevó quince. Tuvo que cruzar Colombia en medio del conflicto de la guerrilla: "Para pasar había una hora exacta. Si se enamoran de ti, no puedes hacer nada; te llevan y ya está".
Vio cómo se llevaban a dos chicas que estaban justo delante de él y su hermana.
A ellos los dejaron pasar rápido porque su hermana tenía solo dieciséis años. Pasaron dos noches en el monte, durmiendo en la nada, esperando el cruce.
"Nos metieron en una chabola, todo el entorno era peligroso", recordó. Después las subieron a un furgón cerrado con otras veinticinco personas.
Adentro, el extintor se reventó. El polvo químico llenó el espacio. "Estuvimos horas encerrados con una chica convulsionando y no había agua".
Finalmente llegaron a Quito, donde Ale empezó a trabajar en todos los rubros: panaderías, restaurantes chinos, bazares; jornadas enteras por cinco dólares.
"Como extranjera allí no vales nada".
Años más tarde decidió irse sola a Chile en busca un futuro mejor.
Pasó por Perú y Bolivia; en la frontera chilena caminó cinco kilómetros por el desierto. Llevaba una mochila de treinta kilos en la espalda y una rodilla lesionada.
"Ves maletas tiradas, zapatos; la gente deja todo porque no aguanta".
En ese desierto vio morir a una señora mayor que quedó tirada en la tierra.
Tuvo que pagar cien dólares a la policía de Bolivia para que la dejaran pasar. Llevaba el dinero escondido para evitar que los 'trocheros' le robaran todo.
En Chile vivió tres años, pero nunca logró regularizar su situación. "Pagaba impuestos, cotizaba, pero no tenía derecho ni a pagarme una clínica privada".
Por eso decidió venir a España. Llegó hace casi dos años.
Desde entonces trabaja de lo que aparece: limpieza, reparto, mudanzas, Amazon.
"Lo que salga".
Pero tampoco fue fácil.
Su primera experiencia en Madrid fue una forma de abuso. Vivió en una casa donde pagaba 450 euros por mes para dormir en el piso.
"Dormí en el piso dos meses y comía ahí entre los pelos de perro. El piso apestaba, era un asco".
El dueño dejaba que sus perros orinaran y defecaran en la cocina. Cuando le pidió la cama prometida, le dijo que si no le gustaba, se fuera.
Después una moto la chocó y se quedó sin dinero y sin lugar donde vivir. Terminó en un piso compartido con ocho personas, durmiendo en la sala.
"Cocinaba a las dos de la mañana para no molestar. No podía dormir, estaba insomne".
Ahora reparte en bicicleta. No tiene papeles, así que usa la cuenta de otra persona que se queda con un alto porcentaje del cobro a fin de mes.
"Yo no quiero tener esta clase de trabajos toda la vida. Quiero estudiar".
No hablaba de cualquier cosa. Hablaba de una carrera universitaria. De entrar a la pública. De poder tener un trabajo estable. De dejar de vivir improvisando.
"Quiero algo más", repetía.
La noche avanzaba lento.
Un cartón bajo el brazo
Cada veinte minutos llegaba alguien nuevo con un cartón bajo el brazo. Ya no se veía dónde terminaba la fila.
La gente se acomodaba como podía: sentados en posición de loto, acostados, apoyados contra las paredes o caminando para no congelarse.
Aproximdamente 400 personas durmieron en la calle G.L.
El cartón era un elemento central. Todos tenían uno. Era la separación mínima entre el cuerpo y el piso húmedo y sucio.
Un hombre empezó a repartir barbijos gratis para quienes tenían alergia al polen. El gesto rompió la tensión inicial.
Después aparecieron dos venezolanos con termos enormes de café caliente. No lo vendían, lo regalaban.
Contaban que ellos también habían atravesado el proceso de regularización de 2005 impulsado por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que permitió regularizar la situación de más de 576.000 extranjeros en España, y que sabían perfectamente lo que era pasar horas enteras esperando un papel.
La fila empezó a transformarse. Ya no era solamente una cola.
Era una especie de campamento improvisado donde desconocidos compartían comida, frazadas, cargadores y hasta medicamentos.
"Dolorosamente familiar"
En un momento, Ale miró la fila entera y dijo que había algo de esa escena que le resultaba "dolorosamente familiar".
Le hacía acordar a Venezuela.
A las colas interminables para conseguir harina, shampoo o papel higiénico. A la gente pasando horas enteras afuera de un supermercado esperando que llegara mercadería.
"Nunca pensé que iba a volver a vivir algo así", dijo.
Esta vez la espera no era por comida. Era por papeles.
Una mujer caraqueña se encargaba de organizar los números. Caminaba fila por fila marcando manos y brazos con un fibrón negro grueso.
"Acá ya nadie tiene nombre. Somos números", gritó un peruano, generando algunas risas cansadas.
Había reglas, roles y todos parecían respetarlos.
Ale contaba su historia mientras alrededor sucedían pequeñas escenas constantemente.
Dos mujeres se acompañaban entre autos estacionados para hacer pis y después volvían corriendo a la fila para no perder el lugar. Un japonés caminaba alrededor de la manzana para entrar en calor. Un marroquí dormía abrazado a una mochila.
"Hay una señora durmiendo en un ataúd", dijo alguien cerca de medianoche.
No era del todo mentira.
Una mujer había improvisado una cama dentro de una caja alargada, rígida, con forma de féretro. Dormía boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho. La imagen era tan extraña que nadie sabía bien si reírse o quedarse callado.
Ale siguió hablando.
Cuando llegó al país decidió que no iba a pedir el asilo... Quería sostenerse solo y esperar los dos años para tramitar el arraigo.
Entonces apareció esta regularización: "Cuando salió dije: es ahora", contó.
Pero la ilusión convive con el miedo. Porque el proceso es incierto. Hay gente a la que le rechazan expedientes por errores mínimos.
Aun así, el joven asegura que está de acuerdo con uno de los puntos centrales de la reforma: la exigencia de antecedentes penales.
"Está bien que los pidan", dijo. "La gente que viene a hacer las cosas bien no tiene problema con eso".
Números a 50 euros
Mientras hablábamos, un auto frenó al lado de la fila: el conductor preguntó si esa era la cola para conseguir número. Cuando le dijeron que sí, preguntó directamente si vendían tickets. Lo mandaron a estacionar unos metros más adelante.
Después alguien comentó que le habían vendido un número por 50 euros. La escena se repetiría varias veces durante la noche.
Eso iba a traer problemas al día siguiente: números repetidos, discusiones y personas que llevaban horas congelándose para conservar un lugar que quizás ya estaba duplicado.
Cerca de la una de la mañana, Ale y yo caminamos alrededor de la manzana para ver hasta dónde llegaba la fila.
Ya había cientos de personas.
Un colombiano de 56 años nos contó que llevaba siete años en España y que soñaba con trabajar "en blanco". Otro hablaba de poder alquilar un piso sin miedo. Una mujer decía que quería traer a sus hijos de 4 y 6 años que habían quedado en Cuba.
Todo giraba alrededor de lo mismo: estabilidad.
Tensión en la fila
En la puerta de la asociación apareció uno de los momentos más tensos de la noche.
Cinco dominicanos se instalaron directamente en la entrada y aseguraron que no iban a moverse. Decían que ellos estaban primeros porque la puerta principal a la asociación estaba ahí. Un grupo de chilenos se acercaron confundidos preguntando dónde empezaba la fila.
"Acá no. En la esquina", respondió Ale.
Los dominicanos dijeron que, si alguien intentaba sacarlos, "se iba a armar la guerrilla".
La noticia corrió rápido entre las primeras filas.
La mujer venezolana que organizaba los números caminó sola hasta la puerta. Empezó a enfrentarlos mientras repetía que en España había leyes y que todos estaban esperando desde las seis, siete u ocho de la noche.
Ellos murmuraban amenazas. Ella hablaba cada vez más fuerte.
Después confesó que había tenido miedo de que le pegaran una patada: "Pero somos más de 400", dijo cuando volvió.
La tensión se disipó lentamente.
A pocos metros, una chica de Nepal temblaba debajo de una manta. No hablaba castellano. Una peruana le completó el formulario como pudo. Entre ella y una argentina le dieron comida, un cartón y una frazada.
"Los latinos somos así", dijo la peruana. "Aunque no te conozcamos te vamos a ayudar si estás mal".
La chica terminó hecha un ovillo contra la pared. Más tarde la acompañaron a su casa, tenía fiebre, no podía seguir así.
Las conversaciones iban cambiando con el correr de las horas. Primero fueron los papeles. Después, la comida. El cansancio. Los hijos. Las parejas que habían quedado en otros países.
Carmen, una peruana de 49 años que limpia casas, pero que en su país se dedicaba a enseñar a chicos con necesidades educativas especiales, contó que trabaja domingos, feriados y jornadas eternas porque no tiene papeles.
"Se aprovechan de nosotros", dijo.
Tiene un hijo de ocho años viviendo en Alemania: “Con los papeles voy a poder ir a verlo”.
Gerson, otro peruano, trabaja repartiendo paquetería por 60 centavos el paquete: "Si hago 50, gano 30 euros", explicó.
También está solo en España.
Todos parecían tener una historia parecida: jornadas interminables, habitaciones compartidas, miedo constante a perder el trabajo o el lugar donde viven.
A las cuatro de la mañana el cansancio ya era físico.
Había personas mayores que necesitaban ayuda para levantarse del piso. Otros caminaban alrededor de la manzana para mover las piernas y no congelarse.
Ale tenía la rodilla destruida por antiguas lesiones jugando al fútbol y un dolor permanente en la lumbar.
No logró dormir ni un minuto: "Los labios te arden del frío", me contó después.
Cuando le pregunté qué era lo que hoy la sostenía para seguir pasando por todo eso, hizo silencio.
Primero intentó seguir hablando, después se quebró y lloró.
Dijo que estaba cansado. Que extrañaba a su familia. Que todo el tiempo tenía que ser fuerte porque no quedaba otra.
También dijo que soñaba con algo simple: poder viajar a visitarlas sin miedo a no poder volver a entrar a un país.
"Quiero sentir estabilidad", expresó el joven.
La madrugada siguió avanzando. A las seis de la mañana nos despedimos. Él siguió ahí.
Más tarde me contó que caminó toda la noche porque el dolor de espalda ya era insoportable. Llevaba casi 48 horas sin dormir y otras tantas sin comer.
A las ocho empezó a lloviznar.
Fue peor: esperar mojado, esperar con frío, esperar con olor a pis alrededor de toda la manzana.
Los funcionarios de prisiones, contra la regularización de presos preventivos: "Beneficia a internos con delitos muy graves"La asociación abrió a las 8.40.
Los números, supuestamente, iban a entregarse a la una de la tarde. Pero cerca de las 11.30 apareció la policía y exigió que adelantaran el reparto porque la situación ya era insostenible.
Amenazaron con desalojar si volvía a repetirse otra fila nocturna: los vecinos se habían quejado por el ruido y el olor a orina.
Cuando empezaron a llamar números aparecieron los problemas: tickets repetidos, personas que habían pagado, gente que se había ido a dormir a su casa después de marcarse y otros que seguían ahí después de quince horas enteras en la calle.
Cuando finalmente consiguió el ticket, Ale llevaba casi 48 horas despierto.
Pero había ganado algo: Un turno. Una posibilidad.
Detrás de ese papel había ocho años migrando. Había pisos compartidos, noches durmiendo en el suelo pagando 450 euros, casas llenas de olor a cigarrillo y orina de perro.
Había colchones inflables en departamentos donde dormían ocho personas, hambre, miedo, trabajos precarios y noches enteras sin dormir.
El formulario que deben presentar los inmigrantes para recibir su certificado de vulnerabilidad G.L.
También había algo que apareció constantemente durante esas horas de espera: una especie de hermandad improvisada entre desconocidos.
Una mujer compartiendo una manta. Otra alcanzando una pastilla para la fiebre. Alguien guardándole el lugar a otro para que pudiera ir al baño.
Una argentina, una paraguaya y una musulmana esperando que volviera una chica que había tenido que irse unas horas y no querían que pierda su número.
"Nadie se conocía y todos se ayudaban", destacó Ale. "Las nacionalidades no importaban".
Todos estaban ahí por existir legalmente en algún lugar.
Mientras Ale se iba con su número en la mano, ya había personas llegando para hacer la fila del día siguiente.
Y quienes no alcanzaran turno tendrían que volver el domingo a la noche.
Otra vez el cartón.
Otra vez el frío.
Otra vez la espera.