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Vecindad criminal en Hornachos: detenidos nueve años después y sospechosos desde aquella noche que cerraron a prisa la puerta

Vecindad criminal en Hornachos: detenidos nueve años después y sospechosos desde aquella noche que cerraron a prisa la puerta
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Durante casi una década, Francisca Cadenas estuvo enterrada a pocos metros de su familia. Los hijos de la mujer sospecharon de los hermanos cuando comenzaron a buscarla Leer

«Que os pudráis en la cárcel». «Asesinos». «Aquí no volváis más». «Criminales». «Quítate la capucha...». Los dos presuntos asesinos de Francisca Cadenas (59 años, casada y con tres hijos cuando desapareció sin dejar rastro en mayo de 2017 a escasos metros de su casa) regresan a primera hora de la mañana a la calle Nueva de Hornachos (Badajoz) después de pasar su primera noche detenidos en el acuartelamiento de Zafra. Un convoy de la Guardia Civil devuelve a Juli y Lolo (50 y 55 años), esposados, a la zona cero con la intención de continuar con el rastreo en el interior de su vivienda. En la tarde anterior, sobre las 17.00 horas, los agentes de la UCO dan con la prueba clave para resolver un caso imposible durante 9 años: hallan restos biológicos humanos en el patio de la vivienda de los dos hermanos, debajo de las losetas, tapadas con cemento, en una zona llena de macetas y lavadoras. Allí han permanecidos ocultos, enterrados. Los han pisándolo durante 3.200 días y sus largas noches (sobre todo las de la familia de la víctima, que viven dos casas más abajo). Sin remordimientos, sin pudor, sin pestañear al comprobar cómo todo un pueblo clamaba por una solución al caso, como ellos mismos se cruzaban con los tres hijos de Francis, con su esposo. Que coincidían en la tienda para comprar. En los bares, porque los hermanos son mucho de estar en los bares, que dan vida a los pueblos, claro, pero también se tiñen de luto como hoy... No hubo en ellos nunca misericordia.

En esta calle 'Nueva', más bien esta empinada cuesta del horror, está el principio y fin, a menos de 20 metros de distancia, de una desgarradora y larga historia que ha mantenido conmocionado a los poco más de 3.000 vecinos de la localidad, aturdidos esta semana por el capítulo final (falta por confirmar el móvil del crimen, aunque rumores, claro, no faltan). «Aquí todos nos conocemos para bien y para mal», claman en el pueblo. ¿Sospechas sobre los dos? Claro que las había. Desde el primer momento. En la misma noche de la desaparición (más allá de las 11.00 de la noche, cuando la mujer no regresó a su casa después de acompañar a un matrimonio y su hija, a la que cuidaba cada tarde, hasta el vehículo que la pareja había aparcado cerca de la casa, pasado un pequeño túnel. «No hagas nada que ahora vuelvo y te preparo la cena», le dijo Francis a José Antonio, el hijo menor al cerrar la puerta. Nunca la volvió a abrir. Los otros dos hijos y el padre estaban en un bar del pueblo viendo un partido de fútbol del Madrid de la Copa de Europa. Casualidades de la vida, el crimen se termina resolviendo en otro miércoles de Champions blanca. Maldita coincidencia. Como en el caso de Manuela Chavero (la vecina de Monesterio también asesinada por su vecino -entones pasó cuatro años enterrada-), la mujer salió de casa sin llaves, sin móvil, sin nada de valor. Despedirse y volver. Pero no marcharse sin despedirse para siempre de sus seres queridos.

Asustados, sobre la medianoche, la familia y algunos amigos de aquella maldita noche de mayo de 2017 tocaron la puerta de varias viviendas de la misma calle para preguntar si habían visto a Francis, si se habían cruzado con ella. Tenía que ser cuestión de escasos minutos. No hubo tiempo para más. Casi todos mostraron preocupación. Casi todos colaboraron. Casi todos se echaron a la calle a comenzar las primeras batidas que ya durarían toda la madrugada. Salvo un domicilio. El de los hermanos. A José Antonio le abrió la puerta Juli. El otro hermano, Lolo, mantiene una coartada ante la Guardia Civil: «Estaba en el hospital de Mérida con un familiar, que estaba ingresado». El único morador en aquel momento de la casa esquivó la ayuda: «No te puedo atender, estamos pendiente del familiar, que está enfermo». Y le cerró la puerta rápidamente. Se desatendió del problema. Ajeno, frío. Extraña reacción. Aquella actitud siempre ha permanecido en el recuerdo de la familia de la fallecida. Sospechosa. Pero no había pruebas. «Si hubiéramos tirado la puerta abajo...», se han lamentado siempre. Todo eran presentimientos, hipótesis. Quizás sólo había sido un mal comportamiento puntual, pensaron. La relación era buena. De hecho, uno de los dos hermanos había estado invitado, tempo atrás, en la boda de uno de los hijos de Francis. Eran vecinos, muy próximos, y siempre en los pueblos la relación es muy cercana en este tipo de casos. Nada de extrañar.

Sin embargo, a los dos días de la desaparición, se escucharon ruidos procedentes del interior de la casa -de dos plantas- de Juli y Lolo. En concreto, procedentes de lo que parecía un cincel. Parecía que estaban haciendo una pequeña obra (quizás ahora se piensa que pudiera tratarse del hueco en suelo que hicieron para ocultar el cuerpo). Sin embargo, el uso de este tipo de maquinaria no es descabellado en este tipo de localidades pequeñas y más para estos dos hermanos, que también tienen otra propiedad no muy lejos del centro de Hornachos. Se trata de un solar al final de la calle Campillo, donde hacen habitualmente todo tipo de apaños, porque Lolo y Juli no tienen un oficio conocido. Pasan mucho tiempo en el bar, como esta misma semana, entre declaración y declaración ante la UCO, antes de ser detenidos y proclamando ante los micrófonos: «Somos inocentes, están buscando una cabeza de turco».

¿Arrepentimiento? Cuando eran sacados de la vivienda tras un nuevo registro, Lolo se dirigió ayer mismo, en plena calle a José Antonio -uno de los hijos de víctima- que le había pedido que le mirase a los ojos: «Yo no sabía nada», imploró, como descargando toda la responsabilidad en su hermano. Al menos eso pareció, aunque luego llegará con más precisión la estrategia de defensa en el juicio. Aunque ya hay una certeza indubitable: detrás de aquella puerta de la vivienda de los hermanos, cerrada en las narices de José Antonio, se encontraba la cruel realidad...

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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