Desde hace al menos una década, Venezuela forma parte del debate político español, casi como una cuestión más doméstica que internacional, sobre todo desde que en 2015 Ciudadanos y Podemos, los dos partidos que irrumpieron con promesas de renovación y aspiraciones desmedidas, utilizaran el chavismo y el antichavismo como señas de sus respectivas y opuestas identidades.
En el caso de Ciudadanos, Rivera fue el primero en dar voz a la oposición venezolana en España -un lobby que empezaba a coger la fuerza que disfruta hoy en el Madrid de Ayuso- y, aprovechando el despiste marianista del PP, se convirtió en su portavoz de facto.
En el caso de Podemos, por la relación de su cúpula dirigente —Monedero, Iglesias, Bescansa, Errejón— con el régimen chavista a través de la Fundación CEPS —uno de los think tanks más afines a Chávez— y su intento de trasladar el manual de populismo bolivariano a España.
Las diferencias radicales respecto al chavismo entre los dos representantes de la "nueva política" poco a poco hicieron de Venezuela una cuestión central de la política española, subtexto de muchas trifulcas, reemplazando a Cuba como viejo fetiche de la disputa ideológica y sentimental entre la derecha y la izquierda españolas, y arrastrando al embate al PP, al PSOE y posteriormente a Vox.
Hablando en términos trumpianos, Venezuela pasó a formar parte del "patio trasero" español y ha sido uno de los argumentos de disputa entre el sanchismo y el antisanchismo.
En este contexto, es inevitable que la intervención militar de EEUU tenga repercusiones directas en la política española y haya descolocado a todos los partidos, obligados a compaginar su posicionamiento en clave interna respecto a Venezuela con la respuesta de sus aliados o de las instituciones internacionales.
La gesticulación de Albares para reivindicar que España fue la autora de los pasajes más duros contra Trump del comunicado de la UE se explica por la necesidad de equilibrio de un Gobierno cuyas vinculaciones oficiales y extraoficiales con el régimen chavista preocupan desde hace tiempo en Washington y Bruselas.
En su intento de ser el representante en Europa del emergente Sur Global el eje impulsado por Rusia, China, India y Brasil—, Sánchez ha sido otro de los grandes apoyos internacionales del régimen chavista, con Zapatero actuando de mediador plenipotenciario. En sus comunicados oficiales, el Gobierno ha evitado calificar al régimen chavista de dictadura, no reconoció a partir de 2020 a Guaidó como presidente encargado de Venezuela y guardó un significativo silencio cuando Machado recibió en diciembre el Premio Nobel de la Paz.
Esta alianza entre sanchismo y chavismo sitúa en una posición delicada al Gobierno español. El colapso del régimen venezolano, con la posible colaboración de Maduro con la justicia norteamericana para rebajar algo su condena, podría aportar informaciones definitivas sobre el vínculo de la trama de Ábalos, Koldo, Cerdán con la corrupción caribeña, así como sobre el oscuro papel desempeñado por Zapatero.
En este sentido, la elección de su amiga Delcy como presidenta y la perpetuación de un chavismo adaptado al gusto y deseo de Trump —una amenaza a la transición democrática— benefician al Gobierno.
La intervención norteamericana también ha impactado en la derecha española.
Con su apoyo efusivo a la detención de Maduro y a la legitimidad de EEUU para actuar al margen de la legalidad internacional, Vox pone en cuestión uno de los ejes de la nueva derecha patriótica europea: el respeto y la supremacía de la soberanía nacional, y ha alejado a Abascal de sus aliadas Le Pen y Meloni, más críticas con Trump.
La situación del PP también es algo incómoda, tras haber utilizado estos años el chavismo como elemento de desgaste del Gobierno y por las estrechas vinculaciones de los populares con el exilio venezolano en Madrid.
Así, pasó de aplaudir la detención de Maduro a cuestionar tímidamente la legitimidad de la operación militar y exigir que la única vía sea la restitución de la democracia con Machado al frente.
Estas contradicciones y requiebros de unos y de otros muestran una particularidad española entre los países europeos: su mirada de Venezuela está excesivamente condicionada por la batalla ideológica doméstica y, en el caso de la izquierda, además, por sus relaciones inconfesables con Caracas.