El sector financiero cuenta con protocolos heredados del Covid para operar en episodios extremos.
Las imágenes de Manhattan sepultada bajo gruesos mantos de nieve, con las calles desiertas teñidas de blanco nuclear, bien podrán servir de inspiración para futuras tarjetas de Navidad de los grandes bancos de Wall Street. La nevada histórica que vivió Nueva York el pasado fin de semana no solo transformó el paisaje urbano, sino que alteró también la rutina diaria en el corazón financiero del mundo. Fue, además, la primera gran nevada para el rascacielos que JPMorgan estrenó el pasado verano en el centro de la ciudad.
El edificio aprobó con nota: el domingo ejerció, literalmente, de faro metropolitano, iluminando desde lo más alto el camino de los pocos neoyorquinos que se atrevieron a salir a la calle en plena tormenta invernal. La corona que culmina el rascacielos es una obra de arte firmada por Leo Villareal iluminada por 1,5 millones de luces LED que se programan cada noche con distintos patrones.
El lunes amaneció despejado, pero con una imponente montaña de nieve a las puertas de Wall Street. La Bolsa de Nueva York abrió con normalidad y con la entrada perfectamente despejada para los traders. La escena más llamativa la protagonizaron sus hijos. Los colegios sí habían cerrado y, mientras los padres compraban y vendían en el ajetreado parqué, los más pequeños se lanzaban en trineos y plásticos por el montículo helado formado a pocos metros de la sede del NYSE.
Aunque Wall Street es, por definición, un entorno donde la presencialidad de gestores y analistas parece insustituible, la tormenta obligó a muchas instituciones a activar planes de contingencia heredados de la pandemia. Tras los meses más duros del Covid, grandes bancos como Goldman Sachs o JPMorgan impusieron políticas estrictas de vuelta a la oficina para repoblar sus mastodónticas sedes, pero sin renunciar a la flexibilidad necesaria para seguir operando ante episodios extremos.
El lunes, las mesas de trading funcionaron con normalidad, aunque con una presencia física reducida: buena parte del personal optó por trabajar desde casa. No todos llevaron a sus hijos a jugar en la nieve frente a la Bolsa. De hecho, la mayoría eligió el teletrabajo. Y, aunque Nueva York es una ciudad preparada para soportar temporales, con las principales vías abiertas incluso en los peores momentos, las autoridades recomendaron evitar desplazamientos innecesarios mientras el metro y los trenes recuperaban progresivamente la normalidad, tras sufrir retrasos y ajustes en el servicio.
La experiencia lo es todo y Wall Street cuenta con un amplio abanico de protocolos para fenómenos meteorológicos severos. La Bolsa de Nueva York, por ejemplo, mantiene sistemas de refuerzo y personal esencial que garantizan la continuidad de las operaciones incluso si solo puede acudir una parte mínima de la plantilla. Son los conocidos como skeleton crews, equipos reducidos que aseguran las funciones críticas en persona mientras el resto trabaja en remoto. Estos protocolos no se limitan al parqué: también se aplican en las mesas de tesorería de los bancos y en toda la infraestructura clave para el funcionamiento de los mercados, como las cámaras de compensación y liquidación. Un fallo en estos engranajes supondría un riesgo sistémico para toda la industria. Plataformas de pago, mercados de repo o servicios de mensajería financiera figuran entre los pilares que se mantienen operativos con dotaciones mínimas en este tipo de situaciones.
El martes fue una jornada de transición y, para el miércoles, la mayoría de las oficinas ya funcionaba a pleno rendimiento. Eso no impidió que las redes sociales se llenaran de imágenes y vídeos de trabajadores recorriendo en solitario plantas enteras de estos modernos rascacielos, equipados con la última tecnología y abundante inteligencia artificial, pero no siempre capaces de ajustar la temperatura cuando, en lugar de miles de empleados, solo detectan a un equipo de servicios mínimos. Las fotografías de algunos empleados sentados en sus escritorios con botas de nieve y pesados -además de carísimos- abrigos de invierno dan fe de ello: prendas pensadas para el frío extremo de la calle, a las que muchos tuvieron que recurrir para soportar horas de guardia en la oficina en un día tan atípico como gélido.
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