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Política

Yolanda Díaz, la refundadora de la izquierda que aspiró a lo más alto pero la realidad apagó su estrella

Yolanda Díaz, la refundadora de la izquierda que aspiró a lo más alto pero la realidad apagó su estrella
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Todo el mundo alaba su buena gestión como ministra de Trabajo, pero aquella gloria, lozanía, notoriedad y prestigio de Magariños había desaparecido Leer

Cinco años ha durado el brillo de la estrella de Yolanda Díaz. Poco tiempo parece para quien fuera saludada por los mundos políticos y mediáticos como la Venus que nació de las aguas para refundar la izquierda a la izquierda del PSOE. En el mes de marzo del año 21, Pablo Iglesias la nombró a dedo sucesora designada para ocupar la Vicepresidencia Segunda y, eventualmente, el liderazgo vacante de Unidas Podemos. La testosterona dejaba paso a la empatía, el discurso encendido y colérico al talante, el macho alfa al liderazgo femenino y el fundador de Podemos a una sucesora que, para entonces, atesoraba más capital político que el resto de las mujeres que rodeaban a Iglesias. Yolanda era aplaudida allá donde iba.

Su estilo era diametralmente opuesto a Iglesias. Donde él daba escándalo, ella ponía discreción. Donde él ensayaba provocación, ella talante. Ella creció como líder de la izquierda del PSOE por oposición a Iglesias. Era cuestión de tiempo que la sucesora se independizara de su mentor. Los años que siguieron fueron cruentos en el seno de Unidas Podemos. Yolanda Díaz quiso volar sola, en exclusiva, rodeada de un equipo que más que ayudarla, la adoraba. Su gestión al frente del Ministerio de Trabajo era alabada por todos los agentes sociales, incluida la patronal CEOE, y mientras ella caminaba varios palmos por encima del suelo, Pablo Iglesias y las dirigentes de Podemos le iban segando la hierba debajo de los pies, de lo que ella se defendía a base de drones.

Ganó la batalla. El fundador de Podemos no logró su objetivo en las elecciones madrileñas y tomó el camino de influencers y youtubers. Encumbrada a los primeros puestos de la valoración demoscópica de los ministros, Yolanda Díaz encontró su verdadera vocación -ministra- y el destino de su vida -un Gobierno de coalición progresista- en el despacho de los Nuevos Ministerios. Nunca tuvo una sede de partido a donde ir. Desde allí creyó que podría construir el liderazgo de un proyecto de país. Sus objetivos apuntaban también casi a un asalto al cielo.

Yolanda Díaz junto a Ada Colau y Mónica García.EL MUNDO

«No quiero estar a la izquierda del PSOE, le regalo al PSOE esa esquinita. Eso es algo muy pequeño y muy marginal. Esto no va de partidos. La sociedad española será la protagonista de un proceso de transformación social». El proceso de escucha la llevó en volandas por toda España. Mientras ella era una especie de diosa de la izquierda, Podemos se hacía pequeño y sus ministras las peor valoradas.

Mujer de mucho carácter, Díaz huyó siempre de los cargos orgánicos del PCE y de IU. Y fue por algo. Comparado con el glamour, el poder, la agenda, los medios, la visibilidad, la autoridad, la supremacía y la potencia de tiro de un Ministerio y la Vicepresidencia Segunda del Gobierno de España, pensar en ser coordinadora de una coalición de partidos se le antojaba poca cosa. Pero, sobre todo, no le apetecía nada de nada.

Ella hubiera querido ser una especie de Macron, candidato sin partido, que logró ser elegido presidente de Francia en cuestión de meses. Hubo quien le dijo que podía ser presidenta del Gobierno. Por eso algunas personas de su ámbito dijeron muchas veces que el de Yolanda Díaz no era un proyecto político, sino un proyecto personal. Gabriel Rufián llegó a verbalizarlo así durante la controversia que llevó a ERC a votar en contra de la reforma laboral. Yolanda Díaz tenía motivos para sentirse la gran esperanza blanca de la izquierda española, siempre a la búsqueda de líder. Sus actos desataban el repique de campanas de los huérfanos que había dejado esparcidos por España el suicidio orgánico de Podemos y la sangría electoral.

La exaltación de Yolanda Díaz se produjo en el polideportivo de Magariños un domingo 2 de abril del año 23. Ilusión, club de fans, fotos icónicas, horizonte maravilloso, buen rollo de todos los asistentes. Hacía tiempo que la izquierda del PSOE no era tan feliz. Felicidad que se vio completada con un artefacto llamado Sumar, construido en tiempo récord, y que acudió a las urnas con la fotografía de la vicepresidenta en la papeleta. Como ya hiciera Pablo Iglesias.

El Gobierno de coalición se reeditó. Ella, teóricamente, era la coordinadora de los ministros de Sumar y los partidos que formaron parte de aquella coalición esperaron, y esperaron, y esperaron a que ella decidiera si aparte de ministra quería liderar algo. Así, esperando, se iban deshilachando las esperanzas de los partidos de Sumar al tiempo que los votantes les abandonaban sin que ellos aún sepan por qué.

La figura de Yolanda Díaz ha ido perdiendo brillo a la misma velocidad que alcanzó el máximo esplendor. Los partidos de Sumar ya no sabían en qué idioma decirle que ella no podía ser el futuro. «Vive fuera de la realidad», diagnosticaban. De pronto, aquella gloria, lozanía, notoriedad y prestigio de Magariños había desaparecido. A pesar de que todo el mundo alaba su buena gestión como ministra de Trabajo.

La política española ha sido pródiga en estrellas fugaces desde el año 2015. Hombres y mujeres muy populares y con mucho tirón mediático han desaparecido del mapa. Yolanda Díaz ahora seguirá siendo lo que a ella le gusta: ministra. Para subir el salario mínimo, tener una agenda apretada, hacer viajes para ver a personas interesantes, y codearse con el presidente del Gobierno.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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