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No sabemos si la religión, o mejor dicho la espiritualidad, están de vuelta. O quizá sería mejor decir que, en realidad, la búsqueda de un sentido último es inherente al ser humano, porque nos resulta difícilmente tolerable la idea de que nuestra existencia ... no tenga, como mínimo, un porqué y un para qué.
A principios del siglo XX la ciencia se adentró en terrenos que, a ojos de un neófito, parecen tener más que ver con la metafísica que con la pulcra descripción de la realidad a la que estábamos acostumbrados, como poco, desde Newton.
La revolución cuántica, que aún está desplegándose, parece tocar puntos y elementos que tienen más que ver no ya con el lugar que ocupamos en el universo, sino con la propia esencia de ese universo. Algo que, en definitiva, se convierte en la gran cuestión existencial.
Antonio Ayuso, ingeniero aeroespacial con una sólida trayectoria en primera línea del diseño y construcción de esas máquinas maravillosas que encienden nuestra imaginación mientras exploran el sistema solar, acepta ese reto. Y nos trae un libro que es solo breve en su extensión porque su contenido, literalmente, no solo llega hasta el límite del universo conocido y más allá, sino que lo hace sin abandonar la escala de la conciencia humana y las respuestas que filósofos y pensadores de todos los tiempos, especialmente los griegos, fueron ensayando sobre preguntas que, en realidad, apenas han variado.
El título del libro hace referencia a las turbulencias que, inevitablemente, todo cuerpo produce al moverse a través de un fluido. Algo que es esencial en quien trabaja diseñando aparatos que deben funcionar en condiciones extremas pero que, en definitiva, también nos sucede a nosotros, que vivimos permanentemente rodeados por el fluido del aire o el del agua, y cuya mayor prueba de vida son, precisamente, esas turbulencias que vamos dejando tras nosotros.
A partir del cuestionamiento que su hijo hace de la muerte, Ayuso inicia un viaje que, más que un trayecto en línea recta, de progreso, va dando aparentes vueltas en las que pasa una y otra vez de la tierra al cielo. Pero en cada uno de esos saltos, como hacen esas piedras planas que van rebotando cuando se lanzan de manera adecuada sobre el agua —la misma táctica de las naves espaciales para disminuir la enorme velocidad que traen al volver de la Luna, y así evitar su destrucción al impactar contra la atmósfera—, agarra una idea que sirve para construir el apunte siguiente, y así tejer el tapiz completo.
Su contenido no solo llega hasta el límite del universo conocido y más allá, sino que lo hace sin abandonar la escala de la conciencia humana
El resultado es el esbozo de una idea de sentido que nos pone en el centro. Una idea a la que la ciencia y sus principios, esas 'gafas' que nos ponemos para interpretar el mundo, contribuyen con una sorprendente coherencia con las preguntas que, desde hace más de dos mil años, han guiado a filósofos y pensadores.
Más que un libro de divulgación —que lo es—, más que un ensayo filosófico —que también lo es—, 'Una apacible turbulencia' es una estimulante aportación a esa búsqueda, más necesaria que nunca, de un terreno común entre ciencia y humanidades.
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