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Querido Nickie, la fiesta por la que me preguntas se celebraba en un sótano, una de esas plantas bajas que tienen algunos restaurantes en Justicia. Creo que los eligen porque nunca hay cobertura y los asistentes no lo achacan a los inhibidores ... sino a la casualidad, así que, en vez de estar cerca del Supremo, creen estar cerca de la felicidad.
Yo fui solo, pero en los primeros minutos me encontré con cuatro conocidos. Y, respondiendo a tu curiosidad, he de decirte que en Madrid da igual si la fiesta es más bien de derechas o más bien de izquierdas porque lo importante es adaptarse. Así que, para no desentonar, en los ambientes de izquierdas, me suelo hacer el gilipollas y en los de derechas, el mediocre. He de decir que sin demasiado esfuerzo.
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El sótano era un agujero húmedo, oscuro y pringoso, al fondo del cual un grupo tocaba versiones acústicas de temas pasados de moda. Los camareros llenaban las copas con una frecuencia excesiva, una frecuencia como tus amigos de Sheffield antes de hacer 'balconing'. En apenas media hora todos estábamos bastante borrachos, pero fingíamos no estarlo, porque la fiesta era una cosa seria, era jueves y eran las ocho de la tarde, que es el estándar madrileño para estas cosas, ya te he dicho que los lunes son demasiado tristes y los viernes, demasiado alegres.
Yo conocía a cuatro, pero esos cuatro conocían a otros cuatro, a los que, a su vez, les presentaron a cuatro. Esto cubría toda la fiesta en dos movimientos, por lo que era posible hablar con quien quisieras. Y, lo que es peor, quien quisiera podía hablar contigo. Y opinar de todo. Pla dice que lo complicado no es opinar, sino describir y que, por eso, todo el mundo opina. Pero la opinión lleva dentro el germen de la destrucción, porque opinar de todo es criticarlo todo. Y eso es sencillo. Lo difícil es crear, claro.
El que busca ser el más afilado suele ser también el más gilipollas. Y yo buscaba huir de la dictadura de la brillantez y escapar
El columnista vive en el delirio de la creación, pero, en realidad, solo destruye lo creado por otros. Yo quería dejar de opinar para dejar de destruir y, como consecuencia, dejar de destruirme. O sea, dejar de hablar o hacerlo sin adornos, sin belleza impostada, sin buscar ser el portador del punto de vista más afilado. Porque el que busca ser el más afilado suele ser también el más gilipollas. Y yo buscaba huir de la dictadura de la brillantez y escapar. Pero me resultó imposible. Hablé con veinte personas, fui amable con veinte personas, bebí vino con veinte personas y di explicaciones a veinte personas. Al final me fui con Diego, sudando, borracho y con agujetas en los pómulos de tanto sonreír sin ganas.
En realidad, da igual cómo comiencen las noches con Diego porque todas terminan en el Picnic. Aún no sé por qué elige ese bar, supongo que serán reminiscencias de una juventud malasañera y de haber follado mucho en el 15M. Pero no deja de hacerme gracia: aquella noche salimos de la fiesta en Justicia, atravesamos Chueca, nos colamos en dos bares pijos de los que salimos inmediatamente -efectivamente, estaban llenos de pijos-, nos metimos a rezar en un oratorio llamado 'Cachito de cielo', donde dimos limosna a un yonqui que se parecía a mí, que es como darme limosna a mí mismo, y lo intentamos en un 'speakeasy' que creíamos clandestino hasta que un grupo de estudiantes californianas nos descubrieron que no hay clandestinidad en tiempos de Instagram.
Así que, como siempre, tras atravesar Madrid, llegamos al Picnic y le expliqué que todo estaba mal, que no soy capaz de escribir, que no tengo tema, ni ganas, ni nada que decir. Que no tengo disciplina, que no quiero dar mi opinión y que quiero escribir sin adjetivos. Porque calificar es opinar y yo quiero llegar a la pureza extrema del sustantivo. «Hay que huir del adjetivo. Y no sólo en la literatura», le decía, como un loco en el confesionario. Esto es una posición vital, Nickie. El adjetivo no completa. Al contrario, el adjetivo limita, coarta. La etiqueta simplifica y castra.
Diego coincidía conmigo en que mi nombre es apenas la visión de los demás acerca de mí, mientras que el pronombre es el nombre exacto
«Hay que volver al sustantivo, y óptimamente al pronombre. Porque el sustantivo no deja de ser otro límite. Decir 'yo' es mucho más completo que decir mi propio nombre, en cuanto a que mi nombre trae restos de pasado, de cascarón, de expectativas. Sin embargo, 'yo' es presente, es mi visión de mí mismo», añadí, muy pesado. Pero él asentía y pedía copas, coincidiendo conmigo en que mi nombre es apenas la visión de los demás acerca de mí, mientras que el pronombre es el nombre exacto.
«Si le dices a un niño que es bueno, crecerá creyendo que es bueno. Si le dices que es malo, creará una personalidad sobre la base de que es malo. Y además lo hará creyendo que siendo malo es él mismo. El adjetivo ya se ha incorporado al nombre y en el peor de los casos, al pronombre. Cuando diga 'yo', llevará el adjetivo adosado como una lapa a una roca. El adjetivo distorsiona todo. Hasta el recuerdo».
A la tercera copa llegamos a la conclusión de que el adverbio también confunde
La camarera nos miraba como a dos border collies. Pero nos daba igual y acabamos asumiendo que el pronombre también es limitador, que no puede existir un 'yo' sin la existencia de un 'tú'. Yo soy una dimensión física inexacta, como una célula reivindicando un nombre propio, ya que sólo existe 'nosotros', porque solo existe Dios. «Yo soy tu espejo, no lo que aparece en el espejo. Yo soy para que tú te veas reflejado en mí, no en mi opinión de ti. Te muestro lo que eres para que te entiendas. Me muestras lo que soy para que me reconozca. Y eso solo es posible desde el amor, a ti por ser y a ti por hacerme ser».
Brindamos para celebrarlo y a la tercera copa llegamos a la conclusión de que el adverbio también confunde. «No hay aquí, no hay allí, no hay ahora. El adverbio surge de la incomprensión. El adjetivo, del miedo. El sustantivo, de la arrogancia, de la imposibilidad de ser a secas. El adjetivo es caduco, está sujeto a modas. La pureza es aceptarse fuera del adjetivo. Y todo esto es lo mismo que asumir que la pureza es aceptarse fuera de la opinión. Es decir, fuera la escritura».
Algo así le dije. Seguramente peor, por el alcohol. Diego me miró con una mezcla de decepción y condescendencia, como si lo mío fuera un acto de humildad imperdonable. «Pero no es humildad», le dije. «Es soberbia, es vanidad, es la incapacidad de escribir algo al nivel que exijo, que es lo mismo que admitir que el resto de escritores son basura por publicar cosas que jamás pasarían mi filtro de idoneidad, mi filtro de excepcionalidad, mi filtro destructor y destructivo». Pagó las copas y nos despedimos, sudando como dos dictadorzuelos centroamericanos por el centro de Madrid en una noche llena de insectos y caimanes. No sé si esto te sirve como reporte, no sé si el orden es el correcto y ni siquiera sé si es del todo cierto. Pero exactamente así es como sucedieron las cosas. Y no sabes hasta qué punto lo lamento.
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