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Cómo aplicar el amor de Gaudí en la vida profesional

Cómo aplicar el amor de Gaudí en la vida profesional
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La obra y vida de Gaudí sostiene que la técnica sin pasión puede ser brillante, pero corre el riesgo de quedarse vacía. Es relevante dirigir la atención y trabajar con una perspectiva de cuidado, compromiso y respeto. Leer
Liderazgo de leyendaCómo aplicar el amor de Gaudí en la vida profesional
  • ADELA BALDERAS
Actualizado 7 JUL. 2026 - 01:39El 10 de junio, en el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, el Papa León XIV bendijo la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia.

La obra y vida de Gaudí sostiene que la técnica sin pasión puede ser brillante, pero corre el riesgo de quedarse vacía. Es relevante dirigir la atención y trabajar con una perspectiva de cuidado, compromiso y respeto.

La noche del 10 de junio de 2026, en el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, el Papa León XIV bendijo la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia. Después, Barcelona levantó la mirada. Entre luces, música, fuegos artificiales y drones, apareció en el cielo el rostro del arquitecto y, junto a él, su célebre frase: Primer l'amor, després la tècnica (Primero el amor, después la técnica). Esta declaración de principios es casi una advertencia. Para hacer bien las cosas, no basta con saber: hay que amar lo que se hace. Hay que cuidar.

Mi admirado compañero y amigo Luís Alonso Pastor, arquitecto, doctor en Arquitectura e investigador en City Science, admira a Gaudí con una devoción difícil de disimular. Parece que su voz se quiebra al hablar del maestro, con la emoción de quien no solo estudia una obra, sino que la venera. Le impacta todo: desde su manera de mirar a su forma de entender la arquitectura no como una disciplina aislada, sino como una fuerza capaz de transformar una ciudad, una cultura y una sociedad. Le conmueve su evolución vital y cómo pasó de iniciar una obra a vivir dentro de ella; cómo la Sagrada Familia dejó de ser solo un proyecto para convertirse en una vocación, en una entrega, en una transformación casi mística.

Porque Gaudí no fue solo un arquitecto. Fue un transformador, alguien capaz de convertir la piedra en lenguaje, la geometría en emoción y la técnica en experiencia espiritual. Comprendió que una obra verdaderamente grande no se construye únicamente con planos, cálculos y materiales, sino con una forma radical de atención y de cuidado.

José Manuel Almuzara, en Gaudí: el arquitecto del alma (Roca Editorial), lo expresa con profunda veneración: "Fue defensor del amor al trabajo individual y en equipo, fruto de la colaboración". En un mundo incierto, volátil y acelerado, hablar de amor en el entorno profesional suena sensiblero. Y precisamente por eso hay que hablar más de ello. Porque se nos ha olvidado lo esencial. Hemos dejado la palabra arrinconada en los libros de poesía, en las canciones, en las películas dulzonas o en esas conversaciones que uno mantiene cuando baja la guardia. Parece una palabra demasiado grande, íntima y vulnerable como para llevarla a una reunión de dirección, a un comité ejecutivo o a una estrategia empresarial. Y, sin embargo, en este tiempo atravesado por la inteligencia artificial, uno de los mensajes más repetidos tiene que ver precisamente con la humanidad, porque quizá no escuchamos lo suficiente en nuestro día a día individualista, urgente y lleno de ruido.

Humildad de genio

Gaudí nos obliga a mirar esa palabra de frente. La técnica sin amor puede ser brillante, pero corre el riesgo de quedarse vacía. Puede resolver problemas, pero no transformar vidas. Y eso ocurre en las organizaciones empresariales. Durante años hemos hablado de eficiencia, productividad, innovación, tecnología, indicadores, procesos, objetivos y resultados. Todo ello importa. Pero quizá hemos olvidado que detrás de cualquier gran proyecto hay siempre un hilo invisible que sostiene lo que no se ve: el cuidado, el compromiso, la confianza, la atención al detalle, el respeto por el oficio y por las personas que lo hacen posible. Ese hilo invisible se parece mucho al amor, entendido como una forma superior de atención, con decisión cotidiana de hacer las cosas bien incluso cuando nadie mira.

Gaudí aprendía de todo, con la humildad profunda de los genios de verdad. Como cuenta Almuzara, miraba la naturaleza no como un paisaje, sino como la gran escuela. "Este árbol cercano a mi obrador: este es mi maestro", decía. Y afirmaba que "el sol es el mejor pintor". Del mejor pintor aprendió el uso de la luz. Esa luz que Gaudí hace que sobrecoja el alma. El sonido también fue esencial. Como cuenta Gijs van Hensbergen en su biografía, Gaudí, incluso al final de su vida, asistía a clases para estudiar la cadencia hipnótica del canto gregoriano. La música fue una constante en su existencia, "desde el incesante zumbido de las cigarras hasta el lento monótono repicar de las campanas de la iglesia reverberando en los campos de Riudoms".

El arquitecto prestaba atención sagrada a todo lo que le rodeaba. Una atención que hoy resulta más necesaria que nunca en nuestras organizaciones. Y miraba desde una fe inmensa, que no separaba la vida de la obra, ni la belleza del servicio, ni la técnica del espíritu. La fe era una forma de comprender el mundo.

Por su aspecto humilde, lo confundieron con un mendigo. El hombre que había imaginado una de las grandes obras de la historia fue, a veces, alguien a quien casi nadie supo mirar. Y quizá ahí está una de las grandes lecciones: podemos tener delante la grandeza y no verla.

La obra de Gaudí es profundamente generosa. Como escribe Van Hensbergen, "es un arte para todo el mundo, es un arte generoso y humanitario". Quizá por eso su arquitectura humanística está hoy más vigente que nunca, porque nos recuerda que la técnica solo alcanza su plenitud cuando se pone al servicio de la belleza, del sentido y de las personas.

Y quizá una de las grandes preguntas del liderazgo contemporáneo no sea solamente qué hacemos, sino a qué prestamos atención, para poder poner toda nuestra energía para acabar construyendo nuestra vida.

Gaudí luchó siempre. Sus pérdidas, su austeridad y sus renuncias pusieron a prueba su fe. Ajeno a las opiniones, cuando se le reclamaba que acelerara los trabajos de la Sagrada Familia se le atribuye una respuesta: "Mi cliente no tiene prisa". La frase no habla solo de tiempo, también de confianza, de entrega y de serenidad.

Es posible que sea el momento de revisar y revisitar hacia dónde dirigimos nuestra mirada. De cuidar más el detalle. De mirar de verdad a las personas que nos rodean. De poner alma en cada proyecto. De recordar que la excelencia no nace solo de la técnica, sino de la atención que ponemos en aquello que hacemos. Al final, cuando se apaga el ruido de la prisa, solo queda lo que somos capaces de construir con calma, con mimo y con sentido.

Adela Balderas es doctora ADE, profesora investigadora en la Deusto Business School, investigadora en la Universidad de Oxford y profesora afiliada en City Science del MIT Media Lab.

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Fuente original: Leer en Expansión
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