A priori, la intención de Richard Vinen con 'Los últimos titanes' parecía forzada. ¿Una biografía conjunta sobre dos líderes antagónicos que transcurre casi siempre de forma paralela? El historiador inglés, sin embargo, no fue el primero que emprendió semejante aventura editorial. En 1981, el ... profesor François Kersaudy ya analizó la turbulenta y apasionada relación entre el primer ministro británico y el presidente francés durante la Segunda Guerra Mundial. El resultado fue 'De Gaulle y Churchill' –publicado en España por El Ateneo en 2004–, un ensayo considerado hoy un clásico entre los investigadores especializados en la Europa del siglo XX.
La diferencia entre Kersaudy y Vinen es que el primero se centra exclusivamente en esos días convulsos del conflicto, la etapa más crucial de la carrera de ambos, mientras que el segundo abarca el total de sus vidas. Esto no es necesariamente malo, puesto que nos permite adentrarnos en cómo De Gaulle manejó el mayo del 68 francés, pero lo cierto es que consigue que ese viaje conjunto, 'leitmotiv' de la obra, se diluya un poco.
Escrito con un lenguaje poco académico y, en ocasiones, con pulso de novela –«mi objetivo ha sido escribir un libro más bien corto» y que «tenga sentido para un lector con casi ningún conocimiento previo de estos dos hombres», advierte el autor–, este ensayo resulta más interesante cuando las vidas de estos dos 'popes' de la resistencia contra Hitler confluyen. En concreto, desde su primer encuentro en junio de 1940, poco después de que el general De Gaulle se refugiara en Londres como consecuencia de su rotunda oposición al armisticio con los nazis tras la ocupación de Francia.
El francés vivió en el exilio de la capital británica como líder de la Francia Libre en la época más crucial de la guerra. Era un hecho excepcional que dos líderes de su talla residieran tanto tiempo en la misma ciudad. Allí estaban los dos, lidiando con los mismos problemas y resistiendo al dictador nazi, preocupados por el destino de sus países. Ambos, con sus personalidades opuestas, en una relación de amor y odio en la que acabaron reconociendo la grandeza del otro y, al final, incluso, mostrándose afecto a pesar de sus diferencias.
Churchill era vanidoso, parlanchín y un poco payaso. No había un aspecto de su vida vedado a otras personas. En 1942, su secretario personal reveló que solía recibirle «en calzoncillos de camino al baño» en Downing Street mientras hacía bromas. De Gaulle nunca salía de su dormitorio sin chaqueta ni corbata y, por supuesto, jamás se comportaba como un niño. La idea de dirigir los asuntos de Estado desde la cama, como el inglés, le horrorizaba. «Su imagen pública era como una armadura de la Edad Media», asegura Vinen, en comparación con la vida teatralizada e histriónica del británico.
A Churchill, además, le gustaba gastar dinero, mientras que De Gaulle pedía la cuenta de los pasteles que consumían sus nietos en el Elíseo. La casa de campo del primero tenía piscina climatizada y la del segundo ni siquiera dispuso de agua caliente durante años. Dos maneras opuestas de comportarse en público y en privado que se reflejaban en su forma de gobernar. Pero en 1960, en uno de los momentos más difíciles de sus vidas, cuando el primero se moría y el segundo sobrevivía a numerosos atentados, hicieron un esfuerzo por encontrarse por última vez. «Como presidente de la República, aquel desconocido de 1940 vuelve a Londres por primera vez desde los días de la guerra», contaba ABC en 1960. Páginas estas que conforman los mejores pasajes del ensayo.
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Churchill y De Gaulle: entre el amor y el odio
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