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Cuando la madre de Lezama Lima murió 'a la española'

Cuando la madre de Lezama Lima murió 'a la española'
Artículo Completo 2,204 palabras
Morir a la españolaEn el verano de 1964, consumidas las reservas con que resistía «la falta espiritual de toda mi familia, que era nuestro vivir», Lezama entra en un periodo de agotamiento. No se alimenta como antes y su hipertensión lo obliga a tomar una serie de pastillas que contribuyen a deprimirlo . Pero la verdadera causa de sus males son esos tres años en los que ha visto a su madre sufrir, desesperarse y disimular para que su hijo no se entristezca más. Después de tantas décadas de culto a una familia que parecía indestructible, la ausencia de las hermanas los ha condenado a vivir, lamenta, «como unos infelices».Se envuelve en oscuras premoniciones : si a él o a su madre les pasara algo, el otro quedaría en «la soledad más aterradora». Tras los fallecimientos de la suegra de Orbón y de los padres de Gaztelu, la idea de la muerte empezó a rondar por Trocadero . Rosa no paraba de repetir, a propósito de la familia ausente, «yo ya no los vuelvo a ver», y Lezama le dijo a Parajón: «Veo que se me acerca el día de los dientes amarillos», imagen que usó también en alguna carta para referirse a la muerte de su madre.El viernes 28 de agosto, Rosa Lima salió de paseo con María Luisa Bautista , que se había convertido en una especie de sustituta sentimental de las hijas emigradas. Regresó cansada y se dio, como era su costumbre, unas fricciones con benjuí, resina vegetal que ocupa desde el siglo XIX un puesto de honor en la farmacopea cubana. Al día siguiente, amaneció con los síntomas de una gastroenteritis . Luego de esa semana, en la que padeció saltos bruscos de la presión arterial, se le declaró una cistitis y una pequeña parálisis de la mano derecha. Cuando notaron lo de la mano, Baldomera y María Luisa, preocupadas, llamaron a Lezama al trabajo y este acudió de inmediato. Unos análisis de urea revelaron una infección renal . Los dos doctores que trataban a Rosa recomendaron ingresarla en una clínica para someterla a un tratamiento adecuado. Allí estuvo nueve días, en los que ni su hijo ni Baldomera se separaron de ella un momento. Todos sabían lo que aquella muerte representaba para Lezama, el profundo desamparo en que ahora quedabaLezama comenzó a hundirse, temiendo lo peor. Parajón, al ver que su amigo faltaba al trabajo fue hasta su casa. Allí trató de tranquilizarlo, pero este le respondió: «Cuando alguien de mi familia cae en cama es para morirse». «Aquello me supo a pesimismo de poeta y a depresión nerviosa » —cuenta Mario. «Me acerqué a la cama de Rosa. Me dijo: «Yo no odio a nadie» […] Dos días después, al consolarla de nuevo me respondió: «Ya yo estoy cumplida». Delante del hijo afirmó que había hecho su obra, y al recibir la extremaunción no se asustó, para sorpresa de todos». Poco después, Rosa cayó en un extraño sopor hasta que el 12 de septiembre, sobre las 7 y media de la mañana, falleció. Tenía 76 años.En carta a sus hermanas, Lezama hace un detallado recuento de todas las personas que durante esos días difíciles se acercaron a él, ayudándolo en cosas prácticas para las que parecía incapacitado: María Luisa, en primer lugar; Parajón; Queta Meoqui; Hilda Socorro Méndez; el fiel Gaztelu; Ramona, la madre de Lorenzo García Vega, que le había enviado todos los días el almuerzo a la clínica. También da detalles del velorio de su madre , que tuvo lugar en la funeraria Caballero con un responso del entonces arzobispo de La Habana, monseñor Evelio Díaz. A la ceremonia y al posterior entierro asistieron los origenistas, claro, pero también Vicentina Antuña y su esposo Francisco Carone, Nicolás Guillén, Jorge Fernández de Castro, el doctor Carnostich, las amigas de la difunta y los pocos amigos del coronel que quedaban vivos: José María Guerrero, Fernando Aguado… Todos sabían lo que aquella muerte representaba para Lezama, el profundo desamparo en que ahora quedaba. Se cuenta que en el velorio, mientras el poeta sollozaba sin recato , se le acercó Eliseo Diego (Carpentier, según otras versiones de la misma anécdota) y le susurró: «Lezama, contrólate, tienes que ser fuerte, la gente está mirando». Este le reviró, entre lágrimas, uno de sus famosos latigazos verbales: «Nunca he posado de británico» .En un manuscrito que apareció entre sus carpetas, Lezama otorga a la muerte de su madre una dimensión casi metafísica. Compara a Rosa con las mujeres del Antiguo TestamentoEn un breve texto manuscrito que apareció entre sus carpetas, Lezama otorga a la muerte de su madre una dimensión casi metafísica. Compara a Rosa con las mujeres del Antiguo Testamento , y transforma su estadía en la clínica en un «viaje al centro de la tierra». «Después comprendí —escribe— que ya ella quería, como en La Odisea, que yo ascendiese de nuevo a la luz . Hijo, ve otra vez con la luz. Todavía este no es tu reino, aunque bien sé yo que tú para estar conmigo serías capaz de escaparte de la pradera donde pace el antílope y el águila traza círculos dentro de la Naturaleza». La simbiosis edípica de Lezama llegó al paroxismo mientras veía morir a su madre «instante por instante, la eternidad que se expresaba en goterones de sufrimiento ». «La llevé a su morada de reposo —se queja— sin ver en torno a uno de mi sangre, a uno de mi sangre que me oyera hablar interminablemente de nuestra sangre. Pero sí vi la delicadeza cubana que me acompañaba, que me resguardaba de ese contacto demasiado brusco con la noche pegada a mi pellejo». Según Eloísa, mientras Rosa estuvo ingresada Lezama tuvo que prometerle que si ella sobrevivía a aquel trance, ambos emigrarían para reunirse con el resto de la familia. Pero dos días antes de morir, la madre, siempre previsora, tuvo una solemne conversación con su hijo para darle sus últimas indicaciones . Tras lamentar la soledad en que lo dejaba, le pidió que cuidara a Baldomera y se reuniera con sus hermanas; le indicó, además, dónde estaban las bóvedas del cementerio y pidió que la enterraran junto con su esposo, el coronel Lezama. «Me dijo también —cuenta su hijo— con una voz de infinita tristeza, mándenme florecitas, pónme una esquela , pon el nombre de María Luisa entre los hijos; después de haber hecho una familia me muero sin ella a mi lado, qué agonía más larga, me muero a la española». Esa última frase remite a una muerte en aislamiento, una forma de heroísmo privado.Lorenzo García Vega, cuya madre estuvo yendo a la clínica esos días, cuenta que poco antes de morir Rosa Lima y su hijo maldijeron a Fidel Castro y lo culparon de su familia rota, mientras Gaztelu les pedía que se callaran no fueran a oírlos sus vecinos de cuarto.La bodaEntre los consejos últimos para evitar la «soledad desesperada» en que dejaba a su hijo, la matriarca también pidió a Lezama que se casara con María Luisa , enamorada de él desde hacía años, cuando era compañera de estudios y amiga de Eloísa. Menos de tres meses después, el sábado 5 de diciembre a las 6 de la tarde, la pareja contrajo matrimonio en la Iglesia del Espíritu Santo, bajo la guía espiritual de Gaztelu. Imagen de la boda de Lezama con María Luisa, en 1964No fue una ceremonia alegre : el novio estaba tristón, hosco, y no quiso invitar a mucha gente; la tarde era lluviosa, los testigos y el notario (Octavio Smith) amenazaban con retrasarse. Aún así, al final asistieron unas 40 personas.Tanto por el ambiente como por la lista de invitados, la boda de Lezama fue una prolongación del velorio de su madre. Pesaba, por supuesto, la marcha de varios amigos cercanos: «la ausencia de ustedes y de Julián y Tangui —escribe Vitier a Carlos M. Luis—, también se hizo sentir; y no sólo en ese momento, sino en todo el doloroso proceso que condujo a la boda». Una foto de la ceremonia muestra al novio sentado y cabizbajo entre testigos circunspectos: Carpentier y su esposa Lilia Esteban Hierro, Armando Álvarez Bravo y su esposa Tania, Parajón, Lozano, Cleva Solís, García Vega, Gisela Hernández, Cintio y Fina, Agustín Pi, Luis Antonio Ladra, más varios familiares y amigos de María Luisa. Uno de sus testigos fue Eduviges, la cocinera negra de Gaztelu, que había sido visita diaria en la clínica, con su rosario y sus misas para Rosa, y luego se había ocupado de alimentar al hijo los domingos. Su madrina de boda fue Fina García Marruz. Arropado por la bondad de sus amigos católicos, Lezama capeó como pudo el difícil trance. Con sus hermanas apenas podía hablar por teléfono: el llanto no los dejaba y cada uno apenas entendía lo que decía el otro.«Me he casado en un momento de vida en que arrastro una tristeza que casi no puedo soportar», le escribe a su hermana Eloísa. «Creo que la muerte de Mamá me ha herido para siempre».«Me he casado en un momento de vida en que arrastro una tristeza que casi no puedo soportar», le escribe a Eloísa. «Creo que la muerte de Mamá me ha herido para siempre». Poco después, informa a sus hermanas de que «los primeros días de casado han transcurrido muy bien, María Luisa me atiende mucho y se muestra muy solícita y cariñosa. Quiera Dios, yo así lo creo pues me lo aconsejó mi madre, que todo resulte bien y feliz». Aquel consejo materno en el lecho de muerte equivalía a una orden inapelable, pero Lezama también se dio cuenta de que en completa soledad su vida se hundiría. Un hombre herido y entristecido había encontrado alguien dispuesto a hacerse cargo de él. En los años siguientes, María Luisa se convertirá, como dice el poeta en una carta, en la «esposa madre, que me ha hecho sublimar la cotidianidad y poder seguir trabajando la escritura». La súbita boda fue también ocasión para chismes y maledicencias. Alvar González-Palacios asegura que aquel mariage blanc «sorprendió a todo el mundo» y se pregunta si el escritor «no se casaría porque, a pesar de su vida retirada, temía posibles persecuciones a los homosexuales , frecuentes en esa época». A González-Palacios le envió Virgilio Piñera una de sus divertidas cartas «parodiando a la ilustre Mme. de Sevigné», en las que se refiere a la boda con el típico sarcasmo de la claque gay: «Te voy a dar la noticia más insólita, la más maravillosa, la más sorprendente, la más descomunal. ¿No lo adivinas? Imposible. Pues a la una, a las dos, a las tres… Lezama se casó. Se casó ayer (boda civil y religiosa), casado por el padre presbítero Gaztelu, con testigos de excepción como Carpentier, Mario Parajón, Vitier, etc. etc. Se casó con su prima cuarta , una solterona de cuarenta y ocho bien sonnés, profesora de la Universidad. Después de la ceremonia religiosa la «feliz pareja» se fue por tres [días] en honey moon a Guanabo. De vuelta a su Hogar, recibirán todos los viernes de cinco a siete. Tu vois, mon cher, le poète est la risée de l'Havane. Il faut voir. Todo eso se produjo por la muerte de la madre. Figúrate, el poeta se quedaba sin bañero y ahora lo tiene. Mundus Vultus Decipit». Fragmento del capítulo 1 del tercer tomo de la biografía de José Lezama Lima, 'Años de revolución', que saldrá este 2026, cuando se cumplen 50 años de su muerte. El tomo 1 del volumen, 'Años de formación', ya se encuentra en librerías.SOBRE EL AUTOR Ernesto Hernández Busto Periodista, escritor y traductor exiliado de Cuba en 1991, escribe la biografía de Lezama Lima coincidiendo con los cincuenta años del fallecimiento del autor. Se divide en tres tomos: 'Años de formación', ya en librerías; 'Años de fundación' y 'Años de revolución'

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En el verano de 1964, consumidas las reservas con que resistía «la falta espiritual de toda mi familia, que era nuestro vivir», Lezama entra en un periodo de agotamiento. No se alimenta como antes y su hipertensión lo obliga a ... tomar una serie de pastillas que contribuyen a deprimirlo. Pero la verdadera causa de sus males son esos tres años en los que ha visto a su madre sufrir, desesperarse y disimular para que su hijo no se entristezca más. Después de tantas décadas de culto a una familia que parecía indestructible, la ausencia de las hermanas los ha condenado a vivir, lamenta, «como unos infelices».

Se envuelve en oscuras premoniciones: si a él o a su madre les pasara algo, el otro quedaría en «la soledad más aterradora». Tras los fallecimientos de la suegra de Orbón y de los padres de Gaztelu, la idea de la muerte empezó a rondar por Trocadero. Rosa no paraba de repetir, a propósito de la familia ausente, «yo ya no los vuelvo a ver», y Lezama le dijo a Parajón: «Veo que se me acerca el día de los dientes amarillos», imagen que usó también en alguna carta para referirse a la muerte de su madre.

El viernes 28 de agosto, Rosa Lima salió de paseo con María Luisa Bautista, que se había convertido en una especie de sustituta sentimental de las hijas emigradas. Regresó cansada y se dio, como era su costumbre, unas fricciones con benjuí, resina vegetal que ocupa desde el siglo XIX un puesto de honor en la farmacopea cubana. Al día siguiente, amaneció con los síntomas de una gastroenteritis. Luego de esa semana, en la que padeció saltos bruscos de la presión arterial, se le declaró una cistitis y una pequeña parálisis de la mano derecha. Cuando notaron lo de la mano, Baldomera y María Luisa, preocupadas, llamaron a Lezama al trabajo y este acudió de inmediato. Unos análisis de urea revelaron una infección renal. Los dos doctores que trataban a Rosa recomendaron ingresarla en una clínica para someterla a un tratamiento adecuado. Allí estuvo nueve días, en los que ni su hijo ni Baldomera se separaron de ella un momento.

Todos sabían lo que aquella muerte representaba para Lezama, el profundo desamparo en que ahora quedaba

Lezama comenzó a hundirse, temiendo lo peor. Parajón, al ver que su amigo faltaba al trabajo fue hasta su casa. Allí trató de tranquilizarlo, pero este le respondió: «Cuando alguien de mi familia cae en cama es para morirse». «Aquello me supo a pesimismo de poeta y a depresión nerviosa» —cuenta Mario. «Me acerqué a la cama de Rosa. Me dijo: «Yo no odio a nadie» […] Dos días después, al consolarla de nuevo me respondió: «Ya yo estoy cumplida». Delante del hijo afirmó que había hecho su obra, y al recibir la extremaunción no se asustó, para sorpresa de todos». Poco después, Rosa cayó en un extraño sopor hasta que el 12 de septiembre, sobre las 7 y media de la mañana, falleció. Tenía 76 años.

En carta a sus hermanas, Lezama hace un detallado recuento de todas las personas que durante esos días difíciles se acercaron a él, ayudándolo en cosas prácticas para las que parecía incapacitado: María Luisa, en primer lugar; Parajón; Queta Meoqui; Hilda Socorro Méndez; el fiel Gaztelu; Ramona, la madre de Lorenzo García Vega, que le había enviado todos los días el almuerzo a la clínica. También da detalles del velorio de su madre, que tuvo lugar en la funeraria Caballero con un responso del entonces arzobispo de La Habana, monseñor Evelio Díaz.

A la ceremonia y al posterior entierro asistieron los origenistas, claro, pero también Vicentina Antuña y su esposo Francisco Carone, Nicolás Guillén, Jorge Fernández de Castro, el doctor Carnostich, las amigas de la difunta y los pocos amigos del coronel que quedaban vivos: José María Guerrero, Fernando Aguado… Todos sabían lo que aquella muerte representaba para Lezama, el profundo desamparo en que ahora quedaba. Se cuenta que en el velorio, mientras el poeta sollozaba sin recato, se le acercó Eliseo Diego (Carpentier, según otras versiones de la misma anécdota) y le susurró: «Lezama, contrólate, tienes que ser fuerte, la gente está mirando». Este le reviró, entre lágrimas, uno de sus famosos latigazos verbales: «Nunca he posado de británico».

En un manuscrito que apareció entre sus carpetas, Lezama otorga a la muerte de su madre una dimensión casi metafísica. Compara a Rosa con las mujeres del Antiguo Testamento

En un breve texto manuscrito que apareció entre sus carpetas, Lezama otorga a la muerte de su madre una dimensión casi metafísica. Compara a Rosa con las mujeres del Antiguo Testamento, y transforma su estadía en la clínica en un «viaje al centro de la tierra». «Después comprendí —escribe— que ya ella quería, como en La Odisea, que yo ascendiese de nuevo a la luz. Hijo, ve otra vez con la luz. Todavía este no es tu reino, aunque bien sé yo que tú para estar conmigo serías capaz de escaparte de la pradera donde pace el antílope y el águila traza círculos dentro de la Naturaleza».

La simbiosis edípica de Lezama llegó al paroxismo mientras veía morir a su madre «instante por instante, la eternidad que se expresaba en goterones de sufrimiento». «La llevé a su morada de reposo —se queja— sin ver en torno a uno de mi sangre, a uno de mi sangre que me oyera hablar interminablemente de nuestra sangre. Pero sí vi la delicadeza cubana que me acompañaba, que me resguardaba de ese contacto demasiado brusco con la noche pegada a mi pellejo».

Según Eloísa, mientras Rosa estuvo ingresada Lezama tuvo que prometerle que si ella sobrevivía a aquel trance, ambos emigrarían para reunirse con el resto de la familia. Pero dos días antes de morir, la madre, siempre previsora, tuvo una solemne conversación con su hijo para darle sus últimas indicaciones. Tras lamentar la soledad en que lo dejaba, le pidió que cuidara a Baldomera y se reuniera con sus hermanas; le indicó, además, dónde estaban las bóvedas del cementerio y pidió que la enterraran junto con su esposo, el coronel Lezama. «Me dijo también —cuenta su hijo— con una voz de infinita tristeza, mándenme florecitas, pónme una esquela, pon el nombre de María Luisa entre los hijos; después de haber hecho una familia me muero sin ella a mi lado, qué agonía más larga, me muero a la española». Esa última frase remite a una muerte en aislamiento, una forma de heroísmo privado.

Lorenzo García Vega, cuya madre estuvo yendo a la clínica esos días, cuenta que poco antes de morir Rosa Lima y su hijo maldijeron a Fidel Castro y lo culparon de su familia rota, mientras Gaztelu les pedía que se callaran no fueran a oírlos sus vecinos de cuarto.

Entre los consejos últimos para evitar la «soledad desesperada» en que dejaba a su hijo, la matriarca también pidió a Lezama que se casara con María Luisa, enamorada de él desde hacía años, cuando era compañera de estudios y amiga de Eloísa. Menos de tres meses después, el sábado 5 de diciembre a las 6 de la tarde, la pareja contrajo matrimonio en la Iglesia del Espíritu Santo, bajo la guía espiritual de Gaztelu.

No fue una ceremonia alegre: el novio estaba tristón, hosco, y no quiso invitar a mucha gente; la tarde era lluviosa, los testigos y el notario (Octavio Smith) amenazaban con retrasarse. Aún así, al final asistieron unas 40 personas.

Tanto por el ambiente como por la lista de invitados, la boda de Lezama fue una prolongación del velorio de su madre. Pesaba, por supuesto, la marcha de varios amigos cercanos: «la ausencia de ustedes y de Julián y Tangui —escribe Vitier a Carlos M. Luis—, también se hizo sentir; y no sólo en ese momento, sino en todo el doloroso proceso que condujo a la boda». Una foto de la ceremonia muestra al novio sentado y cabizbajo entre testigos circunspectos: Carpentier y su esposa Lilia Esteban Hierro, Armando Álvarez Bravo y su esposa Tania, Parajón, Lozano, Cleva Solís, García Vega, Gisela Hernández, Cintio y Fina, Agustín Pi, Luis Antonio Ladra, más varios familiares y amigos de María Luisa.

Uno de sus testigos fue Eduviges, la cocinera negra de Gaztelu, que había sido visita diaria en la clínica, con su rosario y sus misas para Rosa, y luego se había ocupado de alimentar al hijo los domingos. Su madrina de boda fue Fina García Marruz. Arropado por la bondad de sus amigos católicos, Lezama capeó como pudo el difícil trance. Con sus hermanas apenas podía hablar por teléfono: el llanto no los dejaba y cada uno apenas entendía lo que decía el otro.

«Me he casado en un momento de vida en que arrastro una tristeza que casi no puedo soportar», le escribe a su hermana Eloísa. «Creo que la muerte de Mamá me ha herido para siempre».

«Me he casado en un momento de vida en que arrastro una tristeza que casi no puedo soportar», le escribe a Eloísa. «Creo que la muerte de Mamá me ha herido para siempre». Poco después, informa a sus hermanas de que «los primeros días de casado han transcurrido muy bien, María Luisa me atiende mucho y se muestra muy solícita y cariñosa. Quiera Dios, yo así lo creo pues me lo aconsejó mi madre, que todo resulte bien y feliz». Aquel consejo materno en el lecho de muerte equivalía a una orden inapelable, pero Lezama también se dio cuenta de que en completa soledad su vida se hundiría. Un hombre herido y entristecido había encontrado alguien dispuesto a hacerse cargo de él. En los años siguientes, María Luisa se convertirá, como dice el poeta en una carta, en la «esposa madre, que me ha hecho sublimar la cotidianidad y poder seguir trabajando la escritura».

La súbita boda fue también ocasión para chismes y maledicencias. Alvar González-Palacios asegura que aquel mariage blanc «sorprendió a todo el mundo» y se pregunta si el escritor «no se casaría porque, a pesar de su vida retirada, temía posibles persecuciones a los homosexuales, frecuentes en esa época». A González-Palacios le envió Virgilio Piñera una de sus divertidas cartas «parodiando a la ilustre Mme. de Sevigné», en las que se refiere a la boda con el típico sarcasmo de la claque gay:

«Te voy a dar la noticia más insólita, la más maravillosa, la más sorprendente, la más descomunal. ¿No lo adivinas? Imposible. Pues a la una, a las dos, a las tres… Lezama se casó. Se casó ayer (boda civil y religiosa), casado por el padre presbítero Gaztelu, con testigos de excepción como Carpentier, Mario Parajón, Vitier, etc. etc. Se casó con su prima cuarta, una solterona de cuarenta y ocho bien sonnés, profesora de la Universidad. Después de la ceremonia religiosa la «feliz pareja» se fue por tres [días] en honey moon a Guanabo. De vuelta a su Hogar, recibirán todos los viernes de cinco a siete. Tu vois, mon cher, le poète est la risée de l'Havane. Il faut voir. Todo eso se produjo por la muerte de la madre. Figúrate, el poeta se quedaba sin bañero y ahora lo tiene. Mundus Vultus Decipit».

Fragmento del capítulo 1 del tercer tomo de la biografía de José Lezama Lima, 'Años de revolución', que saldrá este 2026, cuando se cumplen 50 años de su muerte. El tomo 1 del volumen, 'Años de formación', ya se encuentra en librerías.

Periodista, escritor y traductor exiliado de Cuba en 1991, escribe la biografía de Lezama Lima coincidiendo con los cincuenta años del fallecimiento del autor. Se divide en tres tomos: 'Años de formación', ya en librerías; 'Años de fundación' y 'Años de revolución'

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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