Uno nunca sabe dónde o cómo nacen los libros. En las entrevistas, los autores nos vemos obligados a pretender alguna clase de respuesta, la que sea. Decimos, por ejemplo, que queríamos comunicar determinado mensaje, o investigar cierto tema, o purgar cierta culpa. Pero muchos ... escritores coincidirán conmigo en que son casi siempre respuestas a posteriori. Es el propio proceso de escribir el que nos lleva a determinadas conclusiones, como si nuestra voluntad fuera una consecuencia antes que una causa.
Porque las novelas, como los auténticos hijos, no nacen cuando se les espera ni mucho menos como se les espera. Son una sorpresa para sus propios padres. Es difícil, tal vez imposible, dar con esa semilla que fue el principio de todo. Uno no se cae un día del caballo y ve su libro frente a sí, de principio a fin. Más bien cabalgamos meses o años sobre una nebulosa que, con un poco de suerte, acaba siendo un caballo.
Por eso, cuando me preguntan por la semilla de mi última novela, por la chispa que acabaría encendiendo el fuego, no sé muy bien qué contestar. Podría decir que 'Abril o nunca' comenzó, precisamente, por su título: porque supe que escribiría un libro titulado 'Abril o nunca' mucho antes de saber sobre qué trataría. Pero también podría decir, sin faltar demasiado a la verdad, que el comienzo de todo fue una frase de Denise Riley: «Podemos perdonarnos por la muerte de nuestros hijos. Puede que ese perdón tenga que repetirse una y otra vez. No lo sé». O en una película que siempre me ha fascinado, 'Somewhere in time', donde los viajes en el tiempo no son operados por complejas máquinas sino sólo con el poder de la autosugestión.
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O quizás el principio está en cierta imagen extraña que me visitó cierta tarde de 2022, en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires. De pronto, cerré los ojos y vi una cala desierta y a un hombre y a su hija en bañador. Están felices, ese padre y esa hija, pero yo sé que algo horrible está a punto de suceder. Y así, de la conjunción de un título misterioso, una frase, una película y una imagen, y seguramente de otros muchos indicios que he olvidado, surge 'Abril o nunca', la historia de un hombre que pierde a su hija en un accidente en el mar y está dispuesto a hacer todo lo posible para recuperarla. Incluso a emprender un regreso al pasado que nunca tenemos muy claro si es real o simbólico.
'Abril o nunca' es pues un viaje en el tiempo. Confío en que sea también un viaje para los lectores, a través de esa frontera difusa que delimita la realidad y la fantasía, el mundo y su simulacro. Pero ha sido sobre todo un viaje para mí mismo como autor, en el que me he encontrado pisando territorios que nunca antes había recorrido, por ignorancia o por miedo o por costumbre. Es pues mi libro más importante, no en el sentido de que sea mi mejor libro –qué quiere decir eso, mejor, cuando hablamos de las partes que componen el organismo vivo que es una carrera–, sino en el sentido de que es el libro que más me ha enseñado: el que me ha permitido llegar más cerca y más lejos de mí mismo.
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No sólo mis temas se han abierto a lo inexplorado, sino que mis propias técnicas de trabajo, que yo consideraba ya inalterables, han evolucionado hasta volverse irreconocibles. Todo cuanto he explicado a mis alumnos de escritura creativa a lo largo de estos años –el modo en que abordo las novelas tras un intenso trabajo de documentación, auxiliado por diagramas, esquemas de puntos de giro, fichas de cartulina para cada episodio planificado; todo aquello que, en suma, identifica al escritor-mapa– se ha convertido en un proceso de escritura mucho más flexible y espontáneo, sin investigación previa, orientándome a través de esa sabiduría inconsciente que llamamos intuición –es decir, lo que llamamos escritor brújula–.
Podría decirse que el cerebro ha dado paso al corazón. No tengo ni idea de si ese procedimiento ha venido para quedarse. Sólo sé que, cuando uno visita ciertos lugares, ya no puede fingir que nunca ha estado allí.
Últimamente, mientras comenzaba la gira de presentaciones y entrevistas que rodea al lanzamiento de 'Abril o nunca', he pensado mucho en cómo nacen los libros. En por qué se escriben. Incluso en por qué los leemos, y tal vez sea ésa la pregunta más importante de todas. ¿Qué echamos a faltar en la realidad, qué hueco procuramos llenar a través de ficciones? Escribo para que me quieran más, decía Gabriel García Márquez. Escribo para descubrir qué escribiría si escribiese, decía Marguerite Duras. Escribo para conocer versiones posibles de mí mismo, decía Milan Kundera. Escribo para dar sentido a mi soledad, decía Kafka.
"Y tal vez lo que más nos satisface de leer es que todo texto parece repetirnos una y otra vez: cambiar es posible. Tu propia metamorfosis está por llegar"
Por un tiempo, esas respuestas me satisficieron: las hice mías. Ahora, mientras acompaño a Daniel a través de su duelo y su crisis de mediana edad –una crisis que tal vez se parece un poco a la mía–; mientras visito esos nuevos territorios a los que esta vez me acompaña una brújula y no un mapa, he pensado que tal vez escribimos también para esto: para aprender a cambiar. Que leemos, también, para cambiar. Para convencernos de que cambiar es acaso posible. Porque qué es una novela sino un artefacto que puede ser largo o corto, sencillo o complejo, tener muchas tramas o una sola, un final abierto o cerrado o circular, pero donde siempre se da un mismo ingrediente: un protagonista que al principio es de un modo y tras su viaje es ya otro. Alguien, en suma, que cambia. Que va a mejor, como San Agustín en sus 'Confesiones', o a peor, como Alekséi en 'El jugador', de Dostoievski, pero que nunca es el mismo que conocimos en las primeras páginas.
Últimamente tengo la sensación de que si hay algo en lo que la literatura y la vida no se parecen en absoluto, es en esto: los protagonistas de las novelas están abocados casi forzosamente al cambio. Pero las personas que somos, muy lejos de los personajes con los que nos identificamos, tenemos miedo de esos mismos cambios, o los deseamos sin resultado. No sabemos, o quizás no queremos de veras cambiar. Año nuevo, vida nueva, decimos, pero la vida es para nosotros casi siempre la misma. Nos estrellamos una y otra vez con los mismos patrones, tropezamos en las mismas piedras, incluso nos enamoramos, a veces, de las mismas personas. Proyectamos imágenes de lo que deseamos ser en celebridades, en personajes de películas, en perfiles de Instagram. Y tal vez lo que más nos satisface de leer es que todo texto parece repetirnos una y otra vez: cambiar es posible. Tu propia metamorfosis está por llegar.
"Estoy convencido de que hay partes de la vida que sólo pueden aprenderse a través de ese sueño controlado que es la ficción"
Vivimos en un tiempo en que las coordenadas vitales son cada vez más confusas. Ya no tenemos ritos de paso que nos conviertan de niño en adulto, de adulto en viejo, de viejo en eterno. Ninguna religión nos dice qué está bien y qué está mal: a qué deberíamos parecernos. No creemos, como los antiguos, que determinada droga nos convertirá en león, en águila, en lobo totémico. Y en ese mundo que se mueve en la ilusión de la permanencia, sólo la literatura puede devolvernos la ilusión de la transformación. Porque la literatura no es sólo un entretenimiento o una evasión: estoy convencido de que hay partes de la vida que sólo pueden aprenderse a través de ese sueño controlado que es la ficción. Si un extraterrestre aparcara su platillo volante en nuestro planeta y nos preguntara qué es el amor, lo más sensato que podríamos hacer es esto: señalarle a un enamorado.
Y si eso no fuera posible, entonces deberíamos prestarle una novela que hable del amor o de la posibilidad del amor. En ella, en la experiencia de esos personajes que no existen, aprendería mucho más que en cualquier manual que analizara el amor con todo el rigor posible. Porque tiene algo la literatura de la experiencia de montar en bicicleta: podríamos pasarnos toda la vida escuchando a expertos en ciclismo orientarnos sobre el modo correcto de pedalear, y aun así caernos en el primer intento. La ficción es lo más parecido a montar en bicicleta sin haber montado nunca en bicicleta.
En 'Abril o nunca' he aprendido muchas cosas. He aprendido a escribir de otro modo, es decir, a vivir distinto. He aprendido también a ser padre, sin tener hijos. He aprendido, más tarde, a perder esos hijos. He aprendido a recuperarlos. He vivido en Benidorm y he sido abogado y submarinista –yo, que tanto miedo tengo al agua– y he viajado en el tiempo y he sabido que después de todo viajar en el tiempo no es para tanto. He encontrado la respuesta a muchas preguntas que nunca me había hecho y he encontrado también preguntas que sospecho no responderé jamás.
He vuelto a creer en el cambio. He cambiado. La escritura de la novela es de hecho la huella de ese cambio, como deja el caracol en la piedra una estela plateada que es quizás más bella que el propio caracol. Y me gustaría pensar que los lectores encontrarán en mi libro algo similar, es decir, algo radicalmente distinto: una promesa de su propia posibilidad de transformación. Porque si algo especial tienen las novelas, al menos determinadas novelas, es que saben hablar a cada lector en su propio lenguaje. Que son un espejo en el que cabe tu rostro, y también el mío.
Esto es lo que he aprendido. Que cambiar es lo más bello y lo más aterrador que puede hacer un hombre. Lo que convierte a la ficción en la herramienta más poderosa que existe.
Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, en Historia y en Filosofía, imparte talleres de escritura creativa. 'Abril o nunca' es el último libro que ha publicado.
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El arte de cambiar, la historia detrás de 'Abril o Nunca', de Juan Gómez Bárcena
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