No sé si has visto 'El cazador', de Michael Cimino, aunque intuyo que sí. Yo la he vuelto a ver estos días y me ha dejado tocado como cuando una conversación se queda resonando por dentro, o como cuando uno vuelve al ... pueblo en vacaciones y descubre que los amigos siguen siendo los mismos, pero la conversación ya no puede seguir apoyándose en los mismos viejos muebles.
'El cazador' tiene algo terrible, Nickie: empieza como empiezan las vidas antes de estropearse: una boda, una fábrica, unas canciones, unas bromas de hombres, unas cervezas y una comunidad que aún no es consciente de su fragilidad. Lo tremendo de la cinta no es la guerra sino la inocencia anterior, esa manera que tiene Cimino de obligarte a mirarlos cuando aún están enteros. «Míralos bien», parece decirte.
«Mira cómo se sientan, cómo se interrumpen, cómo cantan, cómo uno quiere a otro sin decirle jamás 'te quiero'». Porque los hombres de entonces –y algunos de los de ahora– preferían quedarse cojos antes que ser vistos como sentimentales. Y tú los miras, claro, y piensas que eso es la vida. Pero luego llega Vietnam –la mera palabra ya entra como un cuchillo– y entiendes que la película no va de guerra, sino de la profanación de una amistad.
Esto me ha tocado especialmente porque España está en una situación complicada, Nickie, partida en dos y la razón parece haber abandonado a todos para dejar paso a los sentimientos tribales. Este verano muchos volverán a sus pueblos y se darán cuenta de que ellos también tenían una música antes de la catástrofe. Una música civil, modesta, quizá hasta vulgar, hecha de bares, tintos de veranos, motes, confidencias de madrugada y esa forma española de discutir sin romper del todo. Pero un día entró el populismo como entra la humedad en una casa vieja: primero no la ves, luego te mancha una esquina y, cuando quieres darte cuenta, se está cayendo el techo.
No sé cómo explicaros esto a vosotros, que sois ingleses. Allí uno puede votar una cosa, el cuñado otra, la vecina otra distinta y seguir comiendo roast beef con una hostilidad bien peinada, como quien acepta que la civilización solo consiste en odiarse con buenos modales. Pero aquí no, aquí la política ha dejado de ser una diferencia para convertirse en una identidad, que es mucho peor. Ya no se piensa una cosa: se es una cosa. Y cuando uno se convierte en su opinión, la opinión ya no se discute, se defiende como una linde, como una novia y como una herencia. Y entonces ya no se habla desde la inteligencia, sino desde la herida.
«Y ya no basta con que uno sea amigo. Ahora, además, tiene que comparecer ideológicamente. Y eso lo estropea todo»
Lo pensé viendo a De Niro mirar a Walken, o más bien a lo que queda de Walken. Esa es la mirada verdaderamente terrible de la película. No la mirada al miedo, no la mirada al ciervo y no la mirada de la ruleta rusa convertida en tótem. Lo que duele es mirar a un amigo y comprobar que ya no vive en el sitio en el que tú lo recuerdas. Que sigue ahí, sí, pero que no ha vuelto entero.
Y creo que en España estamos empezando a mirarnos así. Nos seguimos llamando, seguimos quedando y seguimos brindando, pero debajo de esa liturgia de afecto hay algo quebrado. Ya no entramos inocentemente en la conversación. Todos tanteamos primero el terreno, como zapadores sentimentales. Y ya no basta con que uno sea amigo. Ahora, además, tiene que comparecer ideológicamente. Y eso lo estropea todo. Porque las amistades se sostienen sobre una cantidad enorme de cosas no dichas; sobre el derecho a la torpeza, a la contradicción, al mal día, al comentario injusto y a la opinión inmadura dicha después del tercer vino. Cuando todo eso se judicializa moralmente, la amistad entra en una fase prebélica. Nadie rompe, pero todos movilizan tropas y retiran embajadores. Y así llevamos un tiempo, Nickie. Con los tanques en la frontera del aperitivo.
«Lo que antes servía para unir, ahora sirve para medir.; lo que antes era chiste, ahora es test; lo que una vez fue sobremesa, ahora es campo minado»
En 'El cazador' las canciones quedan contaminadas para siempre. Eso es quizá lo más fino, lo más cruel y lo más verdadero. 'Can't Take My Eyes Off You' o 'God Bless America' dejan de ser canciones para convertirse en restos, en reliquias, en pruebas de una vida anterior al hundimiento. A mí me está empezando a pasar algo parecido con ciertas frases, ciertos bares y ciertos nombres propios. No porque aquí haya habido una guerra, gracias a Dios, sino porque la polarización hace una cosa parecida a la guerra en pequeño: no mata cuerpos, pero va inutilizando los códigos de reconocimiento. Lo que antes servía para unir, ahora sirve para medir; lo que antes era chiste, ahora es test; lo que una vez fue sobremesa, ahora es campo minado. Y de pronto descubres que una canción, una broma o una referencia compartida ya no son casa común, sino el resto arqueológico de un país que discutía, pero que todavía no había decidido vivir instalado dentro de esa discusión.
A vosotros esto os sonará exagerado, porque habéis sobrevivido a Thatcher, al IRA, al Brexit, a Oasis y a Harry Kane sin dejar de tomar el té, que ya es una proeza histórica. Pero en España todo se vive de una manera más dramática, más inútil y por eso mismo más novelesca. Aquí nos gusta convertir cualquier discrepancia en episodio nacional y cualquier matiz en cisma. No sabemos ser moderados, que es una virtud muy seria. Tampoco sabemos envejecer las discusiones; preferimos que se pudran al sol, las alimentamos con tertulias, las empanamos con redes sociales y luego nos extrañamos de que huelan mal. El español lleva dentro un inquisidor con WiFi y un guerracivilista de bolsillo. Y eso no solo da mal columnismo sino también una convivencia triste.
«El español lleva dentro un inquisidor con WiFi y un guerracivilista de bolsillo»
Por eso me impresionó volver a ver la película ahora. Porque entendí que Cimino no está filmando la guerra, sino la imposibilidad de volver a la canción de antes. Uno puede sobrevivir a todo menos a la pérdida del tono compartido. Un país, una pandilla, una pareja o una familia duran mientras conservan una música de fondo, una manera reconocible de estar juntos en la discrepancia. Pero cuando esa música se rompe, todo se vuelve más costoso. Se sigue viviendo, pero con una especie de cojera interior, como si hubiéramos perdido algo que no sabemos nombrar. No quiero ponerme apocalíptico, entre otras cosas porque seguimos teniendo bares, y mientras existan bares existe posibilidad de redención. Pero sí creo que algo se nos ha roto por dentro. Quizá por eso me he quedado tan tocado. Porque 'El cazador' no es una película sobre Vietnam sino sobre lo irreparable; sobre ese momento en que uno comprende que hay cosas que no se restauran, que hay canciones que no pueden ser cantadas y que hay comunidades enteras que un día se creyeron sólidas pero que, vistas de cerca, estaban hechas de chapa fina.
En fin, querido Nickie, no quiero dejarte con un tono fúnebre, que bastante tenéis allí con el cielo de Sheffield y con esa costumbre vuestra de comer como si aún siguierais racionando por orden de Churchill. Te diré, para tranquilizarte, que seguimos viendo a los amigos, seguimos volviendo en verano a los mismos sitios y seguimos intentándolo. Y que quizá la esperanza sea exactamente eso: no recuperar la canción de antes sino aprender a cantar otra sin gritarnos demasiado. No será épico, no será hermoso, no dará una obra maestra como la de Cimino, pero a estas alturas me conformo con no tener que jugarnos la amistad a la ruleta rusa en una sobremesa.
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