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El ejemplo de Simone Biles

El ejemplo de Simone Biles
Artículo Completo 1,083 palabras
Fue una de las primeras figuras relevantes en verbalizar el problema de la salud mental en el deporte. Leer
Espíritu de superaciónEl ejemplo de Simone Biles
  • MAR GONZÁLEZ-NORIEGA
Actualizado 15 JUL. 2026 - 23:46Simone Biles volvió a competir y ganar medallas, tras retirarse en los Juegos Olímpicos de Tokio.

La atleta norteamericana Simone Biles fue una de las primeras figuras relevantes en verbalizar el problema de la salud mental en el deporte.

Durante décadas hemos asumido una idea aparentemente incuestionable: si queremos mejorar el rendimiento de una persona, debemos desarrollar su potencial. La premisa ha guiado la educación, la empresa y el deporte de alto nivel. Cuanto mejor preparada esté una persona, mejores serán sus resultados. Esta lógica llevó a incorporar la dimensión psicológica al entrenamiento. Ya no bastaba con desarrollar la fuerza, la resistencia o la técnica. Era necesario entrenar la atención, la concentración, el control de la activación, la gestión emocional o la autoconfianza. El objetivo: optimizar el rendimiento.

Sin embargo, esta evolución se construyó sobre una creencia que hoy sabemos que merece ser revisada: la idea de que el deporte es, por definición, sinónimo de salud, incluida la salud mental. Nada más lejos de la realidad. Aunque el deporte aporta innumerables beneficios, el de competición introduce también factores de riesgo. Presión constante, exposición pública, miedo al fracaso, incertidumbre profesional, lesiones, renuncias personales y exigencias extremas forman parte de la vida de muchos deportistas de élite.

Cuando en 2019 el Comité Olímpico Internacional reunió a un grupo internacional de expertos para analizar la salud mental en deportistas de alto rendimiento, las conclusiones fueron contundentes. Los problemas psicológicos no son una excepción en este colectivo. Al contrario, aparecen con una frecuencia significativa. Ansiedad, depresión, trastornos del sueño, de alimentarios o burnout forman parte de una realidad que durante años permaneció oculta bajo el brillo de las medallas.

Quizá ningún caso ilustre mejor esta realidad que el de Simone Biles. Considerada una de las mejores deportistas de todos los tiempos, su palmarés es extraordinario y su impacto en la gimnasia artística difícilmente tiene precedentes. Sin embargo, detrás de ese historial de éxitos existe una historia personal compleja. Desde muy pequeña tuvo que enfrentarse a circunstancias familiares adversas. Después llegarían otros desafíos habituales en los deportistas de élite: largas temporadas lejos de casa, una dedicación absorbente, lesiones, renuncias propias de la adolescencia y una presión competitiva cada vez mayor. A todo ello se añadieron los abusos sexuales a los que le sometió Larry Nassar, médico del equipo nacional estadounidense.

La historia de Biles nos recuerda algo que con frecuencia olvidamos: el talento no inmuniza frente al sufrimiento psicológico. De hecho, el éxito puede amplificarlo. A medida que aumentan los logros, también lo hacen las expectativas. La presión deja de provenir únicamente del entrenador o de la competición y pasa a formar parte de un ecosistema mucho más amplio: patrocinadores, medios de comunicación, aficionados, federaciones, familiares e incluso la propia autoexigencia de la persona. Cuando alguien lleva años siendo definido por su capacidad para ganar, cada competición deja de ser únicamente una prueba deportiva para convertirse en una evaluación de su propia valía.

Las redes sociales han multiplicado este fenómeno. La opinión pública ya no aparece una vez al día en los periódicos ni una vez a la semana en una revista. Acompaña al deportista las veinticuatro horas del día desde la pantalla de su teléfono. Simone Biles cuenta con casi 12 millones de seguidores en Instagram. Cada actuación, cada error y cada decisión son juzgados en tiempo real.

En ese contexto llegaron los Juegos Olímpicos de Tokio. El mundo esperaba que Biles ampliara su leyenda. Sin embargo, sucedió algo completamente distinto. En una decisión que sorprendió al planeta, se retiró de varias competiciones para proteger su salud mental.

Aquella renuncia fue interpretada por algunos como una señal de debilidad. Hoy sabemos que fue una de las mayores demostraciones de fortaleza de su carrera. Mientras millones de personas observaban, Biles verbalizó algo que muy pocas figuras públicas se habían atrevido a decir: "Tengo que concentrarme en mi salud mental. Simplemente creo que la salud mental es más importante en el deporte ahora mismo". Su decisión supuso un punto de inflexión en la conversación global sobre rendimiento y bienestar psicológico. Porque el problema no era que una campeona tuviera dificultades psicológicas. El problema era pensar que una campeona no podía o debía tenerlas.

Tras Tokio comenzó un proceso de reconstrucción. Psicoterapia para abordar las consecuencias del trauma. Trabajo específico sobre la regulación emocional. Aprendizaje de estrategias para gestionar el estrés, el miedo y la presión. Revisión de hábitos personales. Una relación más saludable con las redes. Los resultados fueron evidentes. Su regreso a la competición se convirtió en uno de los más exitosos de la historia reciente del deporte. Volvió a conquistar títulos y demostró que cuidar la salud mental no supone renunciar a la excelencia. Más bien al contrario.

Durante mucho tiempo se planteó una falsa dicotomía entre bienestar y resultados. Como si proteger a las personas implicara necesariamente sacrificar el rendimiento. Como si la exigencia y el cuidado fueran conceptos incompatibles. La experiencia nos muestra justamente lo contrario. Las personas rinden mejor cuando disponen de los recursos psicológicos necesarios para afrontar la presión, la incertidumbre y el cambio. El bienestar psicológico y la salud mental no son el enemigo del rendimiento. Son uno de sus principales facilitadores.

Simone Biles nos ha recordado algo tan sencillo como revolucionario: detrás de cada resultado hay una persona. Y cuando ésta se rompe, tarde o temprano también lo hace el rendimiento. Por eso, bienestar psicológico y desempeño no son objetivos enfrentados. Son, efectivamente, dos caras de la misma moneda.

Mar González-Noriega es directora del Grado Universitario en Psicología de ESIC University.

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Fuente original: Leer en Expansión
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