Al filo del mediodía, un carrito de comida hace su aparición en el pasillo del Congreso. Lleva un par de platos de jamón. Las tripas hacen un llamamiento. Salivación. Pasa de largo. Todo en contra, porque, además, la hora de comer se retrasa, aunque no se dieron las cinco sin zampar. Jornada larga en la Cámara para abrir curso político. La crisis en Ceuta por la entrada masiva de más de 70.000 inmigrantes llevó a Pedro Sánchez a comparecer este jueves para ofrecer sus explicaciones, después de que haya pasado más de un mes de la entrada masiva y aún no se haya puesto fin a la situación crítica que vive la ciudad autónoma. El jefe del Ejecutivo protagonizó un giro en su posición al endurecer el discurso respecto a Marruecos: del eximir de responsabilidad a este país, a no cerrar la puerta a que pueda tener alguna y a avisar de que tomará medidas si aparecen «pruebas sólidas».
La exención de culpa que han hecho durante un mes casi todos los miembros del Gobierno - «No existe ninguna evidencia, ningún informe, ningún indicio de que Marruecos, participara»- no era compartida por todos en el PSOE, por los socios del Ejecutivo y por una parte de la sociedad. La idea de que Sánchez es tibio o blando con Marruecos por los motivos que cada uno considerase es un relato que miembros del Gobierno son conscientes de que está instalado en una parte del imaginario colectivo y de que es muy difícil de combatir. «Cada uno es dueño de sus palabras y de sus silencios», señalan fuentes socialistas respecto a la posición de La Moncloa en esta crisis. Dentro del Ejecutivo hay miembros que consideran vital hacer «pedagogía», «hay que explicar bien la situación y lo que hemos hecho y podemos y no podemos hacer». Una materia en la que fuentes gubernamentales objetan que ha sido una asignatura a mejorar. Hay voces que lo tienen claro: «No podemos tratar a la gente como tonta», en alusión a que era una sinrazón exculpar por completo de responsabilidad a Marruecos cuando no se contaba con toda la información o lo sucedido invitaba a tener, cuanto menos, dudas al respecto.
Aunque en La Moncloa defienden que no hay cambio de posición, el presidente del Gobierno no cierra ahora la puerta a que las investigaciones en marcha -tanto de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad como de la Justicia- puedan determinar la implicación del gobierno marroquí en la entrada masiva. No se señala al país vecino «a día de hoy», «de momento», pendientes de si hay novedades o aparecen «pruebas sólidas». Y en un paso de pantalla, Sánchez avisa de que si éstas aparecen «actuaríamos con total contundencia», verbalizó por primera vez. «Este gobierno no tiene miedo a enfrentarse a otros poderes extranjeros».
Más contundencia, en una cita y escenario clave, con el objetivo de combatir una idea: «Hay un imaginario colectivo falsario impulsado por el PP de que somos unos vendidos a Marruecos. Pensar eso es una locura. Hemos hecho lo que hemos considerado porque en la última semana se nos ha acusado de estar atrapados con Marruecos», explican en el núcleo duro de Sánchez. En la pretensión de sacudirse esa imagen, el jefe del Ejecutivo cerró las seis horas de comparecencia mostrando su compromiso de que «lo sucedido estos días tenga unas consecuencias y se pague por ello». Y en su intervención un aviso también nuevo en esta crisis dirigido a Marruecos: después de lo ocurrido, «la cooperación tiene que ser diferente». Eso sí, sin dar más detalles de cómo tiene que cambiar, aunque fuentes gubernamentales aluden a los controles en la frontera, el intercambio de información...
Un ejemplo de ese giro es que Sánchez decidió hacer público que el pasado 21 de agosto se convocó a la embajadora de Marruecos, algo que se había mantenido en secreto, para rechazar las declaraciones de un ministro marroquí sobre Ceuta y Melilla. «No se contó por prudencia y responsabilidad», señalan fuentes del Gobierno. Finalmente el ministro José Manuel Albares habló con la embajadora por teléfono y se reunió con el encargado de negocios de la embajada, al estar ésta fuera de España.
El Gobierno es consciente de que tiene que «medir muy bien las decisiones y sus consecuencias», de ahí que trabaje para evitar un «conflicto diplomático» con Marruecos, pero, a la vez, esté obligado a trasladar un mensaje en clave interna para sacudirse la presión de sus socios que de manera unánime le demandan más firmeza con el reino alauí. «No tenemos una política de apaciguamiento con Marruecos, sino de una vecindad con líneas rojas».
Porque la presencia de Sánchez en el Congreso esbozó la fotografía de un líder en soledad en esta materia. Los partidos políticos apretaron y exigieron más al presidente del Gobierno. «Es la soledad del capitán del barco. Tenemos que ser serios y responsables», dicen en La Moncloa.
El jefe del Ejecutivo promete hacer públicos todos los informes de situación y alerta elaborados por los organismos competentes -CNI, Policía Nacional, Inteligencia Militar...- entre el 1 de julio y el 1 de agosto. Está decidido a desclasificar los que así lo precisen. Sigue negando que recibieran aviso alguno que anticipara «la escala ni la probabilidad de lo que se produjo. Ninguno iba más allá de la descripción de datos o aviso rutinario».