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El último diálogo entre Polifemo y Penélope

El último diálogo entre Polifemo y Penélope
Artículo Completo 776 palabras
INT. ALCOBA DE PENÉLOPE. (SIN FECHA) - DÍANadie sabe en qué año de la espera estamos.Una araña crea uno de los hilos transparentes de su telar. Sus patas se mueven sin urgencia. Con la cadencia exacta de algo que se ha hecho mil veces.Unas manos tejen, exactamente con la misma cadencia: clac, clac, clac... Es ese ritmo de las cosas que se hacen sin pensar; como respirar, como recordar, como esperar... Cuando todas las razones para esperar se han agotado hace tiempo.'La Odisea' hoy Mujeres en pie de guerra María José Solano ensaya una nueva mirada de 'La Odisea' a través de las mujeres del poema Sangre en las uñas y en la memoria Arturo Pérez-Reverte nos muestra al ser humano tras el héroe. Ulises en el altar de los remordimientos Nosotros, los hijos de Odiseo. Alberto Conejero recorre las profundas huellas del poema homérico en la cultura contemporánea El eterno retorno Georgi Gospodínov trenza los mitos con su memoria familiar de Bulgaria y hace suya 'La Odisea'La luz atraviesa el hilo. Este hilo es diferente. Es de ese color blancuzco que tienen las cosas que han sido lavadas demasiadas veces y guardan algo de la memoria de los colores que fueron.Clac. Clac. Clac.EXT. COSTA ROCOSA - AMANECER IMPOSIBLEAvanzamos a ras del agua. Una ola nos deja en la arena. Hay algo de viento. Nadie en la playa. Solo una cueva a lo lejos. Y una respiración. Lenta. Profunda. Con una resonancia extraña, una exhalación impropia de los hombres, y una inhalación imposible para los dioses.INT. ALCOBA DE PENÉLOPE - DÍALa mano teje, el hilo entra, el hilo sale, la boca exhala, los ojos miran atentos sin despegar la mirada del telar.Clac. Clac. Clac.INT/ EXT. CUEVA - DÍAEn el umbral de la cueva no hay nada. Sólo oscuridad. Sólo la respiración.Desde esa oscuridad emerge la mano. Solo la mano. Enorme. Con la lentitud de algo geológico. La piel tiene textura de piedra. La piedra siempre fue antes que la piel.INT. ALCOBA DE PENÉLOPE - DÍALa mano tosca y ruda de un hombre deshace con un gesto la tela de araña. Los hilos transparentes se rompen y quedan balánceándose a la luz del sol.Las manos de Penélope se detienen, como si también a su telar le hubiesen cortado los hilos.El rostro completo de ella, por fin, mira con un nudo en la garganta a los hombres que ríen y beben su vino. Penélope no es joven ni vieja. Es una mujer en el momento exacto en que la belleza deja de necesitar justificarse y se convierte en la clase de gravedad que da haber sobrevivido a lo que debería haberte secado para siempre.No llora. Importa que no llore.Penélope vuelve a tejer. Clac. Clac. Clac.Nos alejamos hasta mostrar el telar entero. Es grande, arquitectónico, más alto que ella, ha crecido en estos años. El hilo y la ausencia son un alimento ávido y proteico. El dibujo forma un ojo enorme. Sólo uno.EXT. CUEVA. DÍAEl ojo. Un ojo único incrustado en una frente. Nos mira. A cámara. El ojo de alguien que ha llorado. La respiración habla:POLIFEMO¿Quién eres?INT. ALCOBA DE PENÉLOPE - NOCHEPenélope levanta la mirada y contesta a la nada: PENÉLOPENadie.La misma habitación, la misma piedra fría, pero las antorchas han bajado. Esta sola. Es de noche. Todos duermen.Penélope se gira despacio. Coge el hilo con las dos manos. Y tira de él.Clac. Clac. Clac.El sonido es idéntico. El telar no distingue entre construir y destruir. Acepta las dos direcciones con la misma indiferencia sagrada.Pero las manos sí distinguen.Las manos que deshacen no son iguales a las que tejían. Tienen algo distinto en los nudillos. Una tensión pequeña de algo anterior a la rabia cuando se junta con el cansancio. Su rostro tiene también un milímetro de tensión en la mandíbula pero mantiene intacta la hermosura y la gravedad de quien tiene la determinación de destruir lo propio con tal de seguir siendo libre.El hilo no sabe que corre hacia atrás.El ojo del telar se deshace mientras se escucha la respiración de Polifemo. Y, de pronto, un aspaviento, un grito gutural, geológico... El llanto de un cíclope al quedarse ciego.Penélope deja de tirar del hilo. La soledad es tener un solo ojo.Paula Ortiz Directora y guionista española

Nadie sabe en qué año de la espera estamos.

Una araña crea uno de los hilos transparentes de su telar. Sus patas se mueven sin urgencia. Con la cadencia exacta de algo que se ha hecho mil veces.

Unas manos tejen, exactamente con la misma ... cadencia: clac, clac, clac... Es ese ritmo de las cosas que se hacen sin pensar; como respirar, como recordar, como esperar... Cuando todas las razones para esperar se han agotado hace tiempo.

La luz atraviesa el hilo. Este hilo es diferente. Es de ese color blancuzco que tienen las cosas que han sido lavadas demasiadas veces y guardan algo de la memoria de los colores que fueron.

Avanzamos a ras del agua. Una ola nos deja en la arena. Hay algo de viento. Nadie en la playa. Solo una cueva a lo lejos. Y una respiración. Lenta. Profunda. Con una resonancia extraña, una exhalación impropia de los hombres, y una inhalación imposible para los dioses.

La mano teje, el hilo entra, el hilo sale, la boca exhala, los ojos miran atentos sin despegar la mirada del telar.

En el umbral de la cueva no hay nada. Sólo oscuridad. Sólo la respiración.

Desde esa oscuridad emerge la mano. Solo la mano. Enorme. Con la lentitud de algo geológico. La piel tiene textura de piedra. La piedra siempre fue antes que la piel.

La mano tosca y ruda de un hombre deshace con un gesto la tela de araña. Los hilos transparentes se rompen y quedan balánceándose a la luz del sol.

Las manos de Penélope se detienen, como si también a su telar le hubiesen cortado los hilos.

El rostro completo de ella, por fin, mira con un nudo en la garganta a los hombres que ríen y beben su vino. Penélope no es joven ni vieja. Es una mujer en el momento exacto en que la belleza deja de necesitar justificarse y se convierte en la clase de gravedad que da haber sobrevivido a lo que debería haberte secado para siempre.

Penélope vuelve a tejer. Clac. Clac. Clac.

Nos alejamos hasta mostrar el telar entero. Es grande, arquitectónico, más alto que ella, ha crecido en estos años. El hilo y la ausencia son un alimento ávido y proteico. El dibujo forma un ojo enorme. Sólo uno.

El ojo. Un ojo único incrustado en una frente. Nos mira. A cámara. El ojo de alguien que ha llorado. La respiración habla:

Penélope levanta la mirada y contesta a la nada:

La misma habitación, la misma piedra fría, pero las antorchas han bajado. Esta sola. Es de noche. Todos duermen.

El sonido es idéntico. El telar no distingue entre construir y destruir. Acepta las dos direcciones con la misma indiferencia sagrada.

Las manos que deshacen no son iguales a las que tejían. Tienen algo distinto en los nudillos. Una tensión pequeña de algo anterior a la rabia cuando se junta con el cansancio. Su rostro tiene también un milímetro de tensión en la mandíbula pero mantiene intacta la hermosura y la gravedad de quien tiene la determinación de destruir lo propio con tal de seguir siendo libre.

El ojo del telar se deshace mientras se escucha la respiración de Polifemo. Y, de pronto, un aspaviento, un grito gutural, geológico... El llanto de un cíclope al quedarse ciego.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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