Álvaro Cerezo dirige desde hace 16 años una empresa en la que sus clientes contratan experiencias extremas en enclaves remotos para poner a prueba su fortaleza mental y física
Regala esta noticia Añádenos en Google Álvaro Cerezo trabaja en islas desiertas para que sus clientes vivan en aislamiento. (SUR) 11/07/2026 a las 00:04h.A unos metros de la orilla no hay hoteles, ni chiringuitos, ni el ruido de las notificaciones que acompaña la vida diaria. Solo arena, un ... horizonte infinito y una persona que acaba de quedarse sola en una isla.
La propuesta nació mucho antes de que los creadores de contenido llenaran Internet de retos extremos y vídeos de supervivencia. Entonces, quienes llegaban hasta Docastaway buscaban otra cosa. Querían probarse a sí mismos, alejarse del ruido cotidiano, sentirse absolutamente libres o cumplir un sueño alimentado durante años por lecturas de aventuras y relatos de náufragos.
Sin embargo, la historia del proyecto se remonta incluso antes de la empresa. Cerezo, licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Granada, creció con una fascinación por las islas. De niño, en La Herradura, aprovechaba cualquier descuido de sus padres para alejarse de la playa y remar en una colchoneta hasta una cala apartada donde imaginaba que todo era suyo. Años después, ya con 19 años, empezó a viajar gracias a su hermano, auxiliar de vuelo, y en el archipiélago de Andamán, en India, tuvo su primer contacto con el aislamiento real. Allí intuyó que aquello que para él era una búsqueda personal podía convertirse también en una experiencia buscada por otros. No se equivocó.
Desde entonces, Docastaway ha organizado más de mil experiencias. La mayoría de los participantes viajan en solitario, aunque también hay parejas y pequeños grupos. Algunos buscan desconexión. Otros, un reto. También hay quien llega con motivaciones más particulares: desde clientes que quieren desaparecer del mundo durante unos días hasta experiencias diseñadas en islas concretas del sudeste asiático o el Caribe donde el aislamiento es extremo, pero cuidadosamente controlado.
La empresa trabaja con un conjunto de islas repartidas principalmente en Indonesia, Filipinas, Tailandia o el Pacífico, entre las que destacan enclaves como la isla Juanito (Indonesia), una de las más conocidas por su accesibilidad y equilibrio entre aislamiento y logística, o la remota isla Siroktabe (Indonesia), donde el nivel de soledad es mucho más intenso y la presencia humana prácticamente inexistente. También se utilizan localizaciones en archipiélagos menos conocidos de Filipinas o pequeñas islas privadas del sudeste asiático donde el acceso se limita estrictamente a los clientes. Son territorios donde el viajero puede sentir que el mundo se reduce a una línea de costa.
Modo aventura o confort
A través de su web, la empresa ofrece dos modalidades. El Modo Aventura plantea una experiencia extrema: pescar lo que se come, dormir en la arena entre palmeras y hacer fuego con técnicas básicas. El Modo Confort, en cambio, ofrece alojamientos ecológicos sin electricidad, con comida y logística resueltas, pensado para quienes buscan aislamiento sin renunciar a unas comodidades mínimas y sin tener que preocuparse por el agua o la comida.
Algunos clientes buscan vivir su propia versión del Náufrago de Tom Hanks, aunque la empresa mantiene siempre comunicación mediante walkie-talkie o teléfono satelital. La seguridad es permanente y cualquier emergencia activa un rescate inmediato. En la práctica, el aislamiento es real, pero nunca absoluto en términos operativos: siempre hay un equipo pendiente desde tierra o embarcación cercana.
Las tarifas parten en torno a los 1.500 o 2.000 euros en el caso de una experiencia en solitario, variando según destino, duración y nivel de servicios. El precio incluye toda la logística: traslados en barco, preparación de la isla, provisiones cuando corresponde y la coordinación de un equipo que supervisa cada estancia desde tierra o mar cercano. En estancias más largas o en islas especialmente remotas, el coste puede aumentar por la complejidad de los desplazamientos o por la necesidad de reforzar la asistencia local.
«Si una isla deja de ser tranquila, tenemos que buscar otra; esta empresa depende del aislamiento»
Detrás de la aparente sencillez del concepto hay una estructura compleja. Embarcaciones alquiladas, equipos locales, permisos administrativos, acuerdos con comunidades y pescadores, y entre cinco y seis personas implicadas en cada operación. Nada queda al azar en una experiencia cuyo valor depende precisamente de que nadie interrumpa el aislamiento. En algunos destinos incluso se coordinan horarios con poblaciones locales para evitar cualquier presencia humana accidental en la zona durante la estancia del cliente. «Esta empresa depende del aislamiento», explica Cerezo. «Si una isla deja de ser tranquila, tenemos que buscar otra».
Álvaro muestra una de las cabañas usadas en el 'Modo confort'. (SUR)La pandemia supuso un punto de inflexión. Durante tres años, la actividad quedó prácticamente paralizada. Muchas islas dejaron de ser viables, otras cambiaron sus condiciones y las rutas aéreas hacia destinos remotos desaparecieron. Cuando el proyecto volvió a ponerse en marcha, el escenario ya no era el mismo. «No tenía la misma energía que cuando empecé, pero sí tenía la experiencia».
Hoy trabajan con unas islas principales, aunque mantienen una red más amplia en reserva, adaptándose a un entorno turístico mucho más inestable. Algunas localizaciones que antes eran habituales quedaron descartadas por cambios en permisos o por el aumento de actividad pesquera en zonas que antes eran completamente vírgenes.
En el Modo Aventura el viajero se enfrenta a la naturaleza con recursos limitados. En el Modo Confort, todo está previsto. Pero en ambos casos lo importante es estar solo. «La supervivencia es secundaria», aclara.
Las reacciones son muy diversas. Aproximadamente tres de cada diez participantes acortan su estancia y algunos llaman al día siguiente de llegar. Otros descubren una calma inesperada que no habían experimentado antes, incluso después de años viviendo en entornos urbanos saturados.
Entre las historias más llamativas, Cerezo recuerda a una pareja italiana que quiso alquilar una isla con el objetivo de buscar un embarazo en aislamiento absoluto. La planificación exigía coordinar tiempos, privacidad y condiciones muy concretas, incluyendo seguimiento del ciclo mestrual y preparación previa del entorno. Pese al dispositivo, la aventura acabó sin descendencia.
Propuestas imposibles
También quedó en el terreno de lo imposible el caso de un creador de contenido estadounidense que pretendía llevar un avión desmontado en cajas, montarlo pieza a pieza en la isla y despegar desde la playa como parte de su proyecto audiovisual. «La propuesta fue descartada por completo por su inviabilidad técnica, legal y de seguridad, ya que habría requerido permisos aeronáuticos internacionales imposibles de obtener en ese contexto», explica Cerezo.
Más allá de estas anécdotas, cada cliente tiene su propia motivación. El malagueño recuerda a una joven japonesa que pasó veinte días sola en una isla. Venía de una vida extremadamente aislada y regresó con una relación distinta consigo misma y con su entorno. No todos los casos son transformadores, pero sí revelan un fenómeno que resulta paradójico: en la era de la hiperconexión, hay quienes pagan por desaparecer.
Muchos clientes jóvenes buscan además registrar la experiencia. Los más mayores, sin embargo, persiguen experimentar «el sueño de su vida», resume Cerezo. Hace 16 años, su proyecto parecía una rareza. Hoy sigue siéndolo, porque todavía hay quien cruza medio planeta para escuchar el único ruido que no puede apagarse: el de uno mismo.
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