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El matrimonio Arnolfini

El matrimonio Arnolfini
Artículo Completo 630 palabras
Siempre me pierdo en Venecia . No es un accidente, sino más bien un método. Frente al laberinto, como Ariadna, prefiero sostener con fuerza el hilo imperdible que me une al héroe y dejar que mi camino se enrede solo. Aquella mañana buscaba la librería Feltrinelli , pero el azar decidió otra cosa. Giré una esquina, crucé un puente estrecho y terminé en uno de esos callejones desiertos donde la ciudad parece detenida en el tiempo. Una pequeña tienda llamó mi atención con su escaparate lleno de objetos improbables: camisetas con el verdadero rostro de Casanova , sombreros, capas y, para colmo de felicidad, un ejemplar de 'La Ilíada'. Una placa metálica en la pared anunciaba que allí había estado la Bottega del Caffè donde, en abril de 1746, Casanova acudió a buscar a un cirujano para socorrer al noble Matteo Bragadin, el hombre que acabaría convirtiéndose en su mecenas. Entré como una flecha.Noticia relacionada No No Lo moderno Sexo, política y Europa María José SolanoDentro me esperaba el verdadero hallazgo del lugar: el matrimonio que lo regenta, Albert Gardin y Mónica Daniele. Dos guardianes de un pequeño santuario donde el siglo XVIII sigue respirando con naturalidad. La 'signora' Mónica me señalaba los sombreros como quien enumera personajes de una comedia veneciana: el 'cappellaccio', ancho y teatral; la 'cappellina', más discreta; el 'tricorno', que parece salido de un retrato de Goldoni ; o los sombreros de paja -el gondoliere, el panamá- con ese aire luminoso del Adriático. También las capas. El tabarro, me explicó, es una capa circular que se cierra bajo la barbilla y se envuelve sobre el cuerpo como si abrazara al que la lleva. Una prenda antigua, usada durante siglos por venecianos de toda condición y que todavía hoy aparece en invierno por las calles de la ciudad.«Me habría gustado salir de aquel callejón como Salieri cuando se disfrazó del padre de Mozart para encargarle el 'Réquiem'»Su marido Albert -tocado con lo que él llamaba, con orgullo, el sombrero de Goethe -, me llevó a otro territorio: el de Casanova lector. Porque Casanova, me dijo, sosteniendo, emocionado, el libro que él mismo había editado, no fue sólo un seductor. Fue también un bibliófilo. El hombre que tradujo 'La Ilíada' al toscano, que escribió memorias prodigiosas y recorrió Europa como un intelectual errante. Abandoné el lugar con la camiseta de Casanova y 'La Ilíada' , por supuesto. Reconozco que me habría gustado salir de aquel callejón como Salieri cuando se disfrazó del padre de Mozart para encargarle el 'Réquiem': con tabarro negro, tricornio y ese aire conspirador que esta ciudad sabe dar a las historias. La imaginación, en Venecia, no tiene límites. El presupuesto, sí.

Siempre me pierdo en Venecia. No es un accidente, sino más bien un método. Frente al laberinto, como Ariadna, prefiero sostener con fuerza el hilo imperdible que me une al héroe y dejar que mi camino se enrede solo. Aquella mañana buscaba la librería ... Feltrinelli, pero el azar decidió otra cosa. Giré una esquina, crucé un puente estrecho y terminé en uno de esos callejones desiertos donde la ciudad parece detenida en el tiempo.

Una pequeña tienda llamó mi atención con su escaparate lleno de objetos improbables: camisetas con el verdadero rostro de Casanova, sombreros, capas y, para colmo de felicidad, un ejemplar de 'La Ilíada'. Una placa metálica en la pared anunciaba que allí había estado la Bottega del Caffè donde, en abril de 1746, Casanova acudió a buscar a un cirujano para socorrer al noble Matteo Bragadin, el hombre que acabaría convirtiéndose en su mecenas. Entré como una flecha.

Dentro me esperaba el verdadero hallazgo del lugar: el matrimonio que lo regenta, Albert Gardin y Mónica Daniele. Dos guardianes de un pequeño santuario donde el siglo XVIII sigue respirando con naturalidad. La 'signora' Mónica me señalaba los sombreros como quien enumera personajes de una comedia veneciana: el 'cappellaccio', ancho y teatral; la 'cappellina', más discreta; el 'tricorno', que parece salido de un retrato de Goldoni; o los sombreros de paja -el gondoliere, el panamá- con ese aire luminoso del Adriático.

También las capas. El tabarro, me explicó, es una capa circular que se cierra bajo la barbilla y se envuelve sobre el cuerpo como si abrazara al que la lleva. Una prenda antigua, usada durante siglos por venecianos de toda condición y que todavía hoy aparece en invierno por las calles de la ciudad.

«Me habría gustado salir de aquel callejón como Salieri cuando se disfrazó del padre de Mozart para encargarle el 'Réquiem'»

Su marido Albert -tocado con lo que él llamaba, con orgullo, el sombrero de Goethe-, me llevó a otro territorio: el de Casanova lector. Porque Casanova, me dijo, sosteniendo, emocionado, el libro que él mismo había editado, no fue sólo un seductor. Fue también un bibliófilo. El hombre que tradujo 'La Ilíada' al toscano, que escribió memorias prodigiosas y recorrió Europa como un intelectual errante.

Abandoné el lugar con la camiseta de Casanova y 'La Ilíada', por supuesto. Reconozco que me habría gustado salir de aquel callejón como Salieri cuando se disfrazó del padre de Mozart para encargarle el 'Réquiem': con tabarro negro, tricornio y ese aire conspirador que esta ciudad sabe dar a las historias. La imaginación, en Venecia, no tiene límites. El presupuesto, sí.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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