El otro día tuve una revelación: debía deshacerme de mis libros. No de todos, por supuesto. Ni siquiera de la mitad. Pero sí de una buena parte de ellos. En especial los de narrativa, que son los que más abundan en mi biblioteca. El ... criterio fue la honestidad brutal: ¿en realidad vas a leer alguna vez este libro? O por lo menos, hojearlo. ¿No? «Pa' fuera». ¿Piensas releer este libro? No, ¿verdad? «Pa' fuera».
El problema es que no pocos de esos ejemplares estaban dedicados por sus autores. A algunos de ellos incluso los considero buenos amigos. Dudé. Sin embargo, me dije que, si iba a hacerlo, debía ser implacable. El afecto no podía interponerse en mi camino de perfección. También me dije que me estaba deshaciendo de muchos libros que me habían encantado. Es decir, que aquello no tenía que ver con la calidad, como esos samaritanos que solo donan la ropa cuando ya está vieja y rota. El asunto respondía a un verdadero deseo de desprendimiento. Estaba entregando libros que para mí seguían teniendo un valor.
Con la conciencia más tranquila, bajé donde los chinos y compré un exacto (no me acostumbro a llamarlo «cúter»). Con precisión quirúrgica, fui cortando y desprendiendo las numerosas dedicatorias. Las que más me llamaron la atención fueron las de autores que apenas conozco, rezumantes de afecto y admiración, agradeciendo la lectura, haciendo votos por el inicio de una larga amistad y otras efusiones parecidas. Las mismas tonterías que yo he escrito muchas veces en las primeras páginas de mis libros. Todo esto es un teatro de la cordialidad. Un teatro necesario, pero en ese momento se me reveló en su costado más superficial y absurdo.
Conversando al respecto, algunos amigos me dieron sus argumentos para no desprenderse de los libros. Algo parecido sucedió cuando dejé el alcohol
El lote fue de unos doscientos libros que rematé en apenas un par de días, a precios de entre uno y cinco euros, entre tres o cuatro personas que respondieron al anuncio que puse en una de mis historias de Instagram. Lo extraño de todo esto, al menos desde el punto de vista de alguien que no sea un lector asiduo, es que no he dejado de comprar nuevos libros. Estos últimos han sido todos sobre Borges, porque junto al desprendimiento me ha sobrevenido una necesidad de foco. Si estoy condenado a seguir comprando libros hasta el final de mis días, que al menos sean sobre las tres o cuatro obsesiones que me han acompañado desde hace mucho tiempo. Y si de vez en cuando recaigo en la manía de comprar libros que en el fondo no me interesan, ya sé que ahora tengo la fuerza de voluntad necesaria para regalarlos o rematarlos después de leerlos (o aun sin llegar a leerlos).
Conversando al respecto, algunos amigos me dieron sus argumentos para no desprenderse de los libros. Algo parecido sucedió cuando dejé el alcohol, hace ya más de tres años. Amigos que, sin que yo les haya exigido nada, me explicaban por qué seguían bebiendo. Quizás porque en el fondo estamos hablando de lo mismo: de adicciones. Algunas más altruistas que otras y con más abolengo, pero adicciones al fin. Una amiga me decía que estar rodeada de libros la hacía sentir protegida. Al día siguiente, en uno de los libritos recién comprados, encontré una entrevista donde Borges, ciego y octogenario, decía que los libros lo hacían sentir acompañado. Usando la metáfora que plantea en uno de sus famosos ensayos, podríamos decir que los libros serían los ladrillos o las piedras de esa muralla que levantamos (y, en mi caso, que cíclicamente derribamos y volvemos a levantar) contra la soledad, contra el tiempo, contra lo que no entendemos, contra lo que nos ha sido negado.
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