Un dron DJI Mavic 3 Pro equipado con una cámara Hasselblad ha logrado capturar algo que hasta hace poco parecía imposible: el ascenso completo al monte Everest desde el campo base hasta la cumbre en un único vuelo continuo. Durante 43 minutos, la aeronave recorrió 3.500 metros de desnivel atravesando la cascada de hielo del Khumbu, el collado Sur y las paredes finales hasta alcanzar los 8.848 metros de altitud. Las imágenes revelan la ruta normal de ascenso en toda su magnitud, incluyendo las características colas de alpinistas que cada temporada intentan coronar el techo del mundo.
El desafío. A esa altitud, el aire contiene apenas un tercio del oxígeno disponible al nivel del mar, las temperaturas pueden descender hasta -30 °C y los vientos alcanzan velocidades que harían imposible el vuelo de cualquier dron convencional. El equipo utilizó el Mavic 3 Pro con sensor CMOS de cuatro tercios, una combinación que permitió mantener la estabilidad y la calidad de imagen en condiciones extremas. Más allá del espectáculo visual, este vuelo forma parte de un proyecto más ambicioso de DJI: demostrar que los drones pueden salvar vidas en la montaña más alta del planeta.
Drones en alta montaña. Las pruebas de DJI en el Everest responden a una estrategia comercial clara: convertir sus drones en herramientas de rescate y logística en entornos extremos. La compañía china busca demostrar que estas aeronaves pueden transportar medicamentos, localizar montañeros desaparecidos y facilitar operaciones de emergencia en altitudes donde el aire enrarecido complica cualquier intervención humana.
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El antecedente más conocido ocurrió en 2018, cuando el alpinista escocés Rick Allen fue localizado en el Broad Peak después de 36 horas perdido a más de 7.000 metros de altitud gracias a un dron DJI Mavic. Aquel rescate, coordinado por Bartek Bargiel, hermano del esquiador Andrzej Bargiel, de quien ahora volveremos a hablar, marcó un punto de inflexión en la percepción de los drones como instrumentos de seguridad en alta montaña.
Salto cualitativo. En 2025, la empresa nepalí Airlift Technology comenzó a prestar servicios logísticos con drones entre el campamento base del Everest y el campamento uno, separados por aproximadamente 2,9 kilómetros en línea recta pero por un desnivel de 700 metros y la peligrosa cascada de hielo del Khumbu. Lo que a los sherpas les lleva entre seis y siete horas de travesía, un dron lo completa en seis o siete minutos. Milan Pandey, piloto de drones de la compañía, explica que durante la temporada de escalada de 2025 transportaron escaleras, cuerdas y cilindros de oxígeno siguiendo las indicaciones por radio de los sherpas que instalan las rutas fijas.
Más seguro. El impacto en la seguridad laboral de estos trabajadores de alta montaña es significativo. Los llamados "médicos de la cascada de hielo" (sherpas especializados en preparar y mantener el paso por el glaciar Khumbu) tradicionalmente debían subir y bajar decenas de veces cada temporada cargando equipamiento pesado por un terreno inestable donde han muerto casi 50 personas desde 1953. Ahora pueden solicitar material adicional sin necesidad de descender hasta el campo base, lo que reduce drásticamente el riesgo.
El caso clave. El 22 de septiembre de 2025, el esquiador de montaña polaco Andrzej Bargiel completó una hazaña que combina alpinismo extremo con innovación tecnológica: ascendió el Everest sin oxígeno suplementario y descendió esquiando hasta el campo base sin quitarse los esquís. Tras casi 16 horas escalando en la llamada "zona de la muerte" por encima de los 8.000 metros, Bargiel inició el descenso por la ruta del Collado Sur. Lo innovador fue el papel de los drones en esta expedición: su hermano Bartek pilotó uno desde el campo base para guiarle a través de la cascada de hielo del Khumbu, el tramo más peligroso del descenso.
Todo ello se ve en el documental completo de 31 minutos que registra la aventura mediante cámaras montadas en el casco de Bargiel y tomas aéreas capturadas por drones. El metraje revela un descenso extremadamente técnico: hielo, paredes casi verticales, travesías por cornisas expuestas y, en el tramo final de la cascada del Khumbu, maniobras lentas esquivando grietas profundas y bloques de hielo del tamaño de edificios. La asistencia del dron fue crítica precisamente en este sector: Bartek volaba en tiempo real sobre el glaciar identificando puentes de nieve estables, señalizando callejones sin salida y eligiendo pendientes seguras.
La democratización visual. Vídeos como estos forman parte de un fenómeno más amplio. YouTube alberga miles de grabaciones que documentan ascensos a montañas, exploraciones de cuevas, travesías por glaciares y sobrevuelos de acantilados que hasta hace una década solo podían capturarse mediante helicópteros o producciones millonarias. Un ejemplo es el del fotógrafo chino Ma Chunlin, que dedicó cinco años a conseguir los permisos necesarios y a realizar vuelos de prueba antes de lograr una grabación definitiva del ascenso al Everest en una sola toma.
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Técnicamente posible. Este tipo de contenido responde a una evolución tecnológica que ha hecho accesibles herramientas antes reservadas a profesionales. Modelos como el DJI Mavic Mini, que pesa 249 gramos, permiten a usuarios sin experiencia previa capturar tomas aéreas estabilizadas en resoluciones superiores a Full HD. La portabilidad es clave: drones plegables que caben en una mochila durante caminatas largas han eliminado las barreras logísticas que antes limitaban la fotografía aérea a equipos especializados.
Las dudas. La proliferación de drones en espacios naturales ha generado debates sobre su impacto. Las regulaciones varían significativamente entre países y regiones: algunos Parques Nacionales prohíben completamente su uso, mientras que otros permiten vuelos con autorización previa. El equilibrio entre el acceso visual a la naturaleza y la preservación de estos entornos (incluyendo la protección de la fauna silvestre que puede verse perturbada por el ruido y la presencia de estos aparatos) sigue siendo una cuestión abierta.
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La noticia
El uso de drones ha conseguido algo que estaba solo al alcance de los privilegiados: democratizar el ascenso al Everest
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John Tones
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El uso de drones ha conseguido algo que estaba solo al alcance de los privilegiados: democratizar el ascenso al Everest
Subir el Everest cuesta 50.000 euros. Verlo en 4K desde el sofá, gracias al uso de drones, te sale gratis
Un dron DJI Mavic 3 Pro equipado con una cámara Hasselblad ha logrado capturar algo que hasta hace poco parecía imposible: el ascenso completo al monte Everest desde el campo base hasta la cumbre en un único vuelo continuo. Durante 43 minutos, la aeronave recorrió 3.500 metros de desnivel atravesando la cascada de hielo del Khumbu, el collado Sur y las paredes finales hasta alcanzar los 8.848 metros de altitud. Las imágenes revelan la ruta normal de ascenso en toda su magnitud, incluyendo las características colas de alpinistas que cada temporada intentan coronar el techo del mundo.
El desafío. A esa altitud, el aire contiene apenas un tercio del oxígeno disponible al nivel del mar, las temperaturas pueden descender hasta -30 °C y los vientos alcanzan velocidades que harían imposible el vuelo de cualquier dron convencional. El equipo utilizó el Mavic 3 Pro con sensor CMOS de cuatro tercios, una combinación que permitió mantener la estabilidad y la calidad de imagen en condiciones extremas. Más allá del espectáculo visual, este vuelo forma parte de un proyecto más ambicioso de DJI: demostrar que los drones pueden salvar vidas en la montaña más alta del planeta.
Drones en alta montaña. Las pruebas de DJI en el Everest responden a una estrategia comercial clara: convertir sus drones en herramientas de rescate y logística en entornos extremos. La compañía china busca demostrar que estas aeronaves pueden transportar medicamentos, localizar montañeros desaparecidos y facilitar operaciones de emergencia en altitudes donde el aire enrarecido complica cualquier intervención humana.
El antecedente más conocido ocurrió en 2018, cuando el alpinista escocés Rick Allen fue localizado en el Broad Peak después de 36 horas perdido a más de 7.000 metros de altitud gracias a un dron DJI Mavic. Aquel rescate, coordinado por Bartek Bargiel, hermano del esquiador Andrzej Bargiel, de quien ahora volveremos a hablar, marcó un punto de inflexión en la percepción de los drones como instrumentos de seguridad en alta montaña.
Salto cualitativo. En 2025, la empresa nepalí Airlift Technology comenzó a prestar servicios logísticos con drones entre el campamento base del Everest y el campamento uno, separados por aproximadamente 2,9 kilómetros en línea recta pero por un desnivel de 700 metros y la peligrosa cascada de hielo del Khumbu. Lo que a los sherpas les lleva entre seis y siete horas de travesía, un dron lo completa en seis o siete minutos. Milan Pandey, piloto de drones de la compañía, explica que durante la temporada de escalada de 2025 transportaron escaleras, cuerdas y cilindros de oxígeno siguiendo las indicaciones por radio de los sherpas que instalan las rutas fijas.
Más seguro. El impacto en la seguridad laboral de estos trabajadores de alta montaña es significativo. Los llamados "médicos de la cascada de hielo" (sherpas especializados en preparar y mantener el paso por el glaciar Khumbu) tradicionalmente debían subir y bajar decenas de veces cada temporada cargando equipamiento pesado por un terreno inestable donde han muerto casi 50 personas desde 1953. Ahora pueden solicitar material adicional sin necesidad de descender hasta el campo base, lo que reduce drásticamente el riesgo.
El caso clave. El 22 de septiembre de 2025, el esquiador de montaña polaco Andrzej Bargiel completó una hazaña que combina alpinismo extremo con innovación tecnológica: ascendió el Everest sin oxígeno suplementario y descendió esquiando hasta el campo base sin quitarse los esquís. Tras casi 16 horas escalando en la llamada "zona de la muerte" por encima de los 8.000 metros, Bargiel inició el descenso por la ruta del Collado Sur. Lo innovador fue el papel de los drones en esta expedición: su hermano Bartek pilotó uno desde el campo base para guiarle a través de la cascada de hielo del Khumbu, el tramo más peligroso del descenso.
Todo ello se ve en el documental completo de 31 minutos que registra la aventura mediante cámaras montadas en el casco de Bargiel y tomas aéreas capturadas por drones. El metraje revela un descenso extremadamente técnico: hielo, paredes casi verticales, travesías por cornisas expuestas y, en el tramo final de la cascada del Khumbu, maniobras lentas esquivando grietas profundas y bloques de hielo del tamaño de edificios. La asistencia del dron fue crítica precisamente en este sector: Bartek volaba en tiempo real sobre el glaciar identificando puentes de nieve estables, señalizando callejones sin salida y eligiendo pendientes seguras.
La democratización visual. Vídeos como estos forman parte de un fenómeno más amplio. YouTube alberga miles de grabaciones que documentan ascensos a montañas, exploraciones de cuevas, travesías por glaciares y sobrevuelos de acantilados que hasta hace una década solo podían capturarse mediante helicópteros o producciones millonarias. Un ejemplo es el del fotógrafo chino Ma Chunlin, que dedicó cinco años a conseguir los permisos necesarios y a realizar vuelos de prueba antes de lograr una grabación definitiva del ascenso al Everest en una sola toma.
Técnicamente posible. Este tipo de contenido responde a una evolución tecnológica que ha hecho accesibles herramientas antes reservadas a profesionales. Modelos como el DJI Mavic Mini, que pesa 249 gramos, permiten a usuarios sin experiencia previa capturar tomas aéreas estabilizadas en resoluciones superiores a Full HD. La portabilidad es clave: drones plegables que caben en una mochila durante caminatas largas han eliminado las barreras logísticas que antes limitaban la fotografía aérea a equipos especializados.
Las dudas. La proliferación de drones en espacios naturales ha generado debates sobre su impacto. Las regulaciones varían significativamente entre países y regiones: algunos Parques Nacionales prohíben completamente su uso, mientras que otros permiten vuelos con autorización previa. El equilibrio entre el acceso visual a la naturaleza y la preservación de estos entornos (incluyendo la protección de la fauna silvestre que puede verse perturbada por el ruido y la presencia de estos aparatos) sigue siendo una cuestión abierta.