- VÍCTOR BURGUETE
- La guerra contra Irán se extiende y Trump asegura que podría alargarse hasta cinco semanas
- La nueva estrategia de represalia de Irán
La clave es la duración del conflicto y si el mismo acabará afectando a las infraestructuras de hidrocarburos en la región. En el pasado se ha logrado evitar este escenario, pero la crisis actual no tiene precedentes.
El cierre del estrecho de Ormuz es considerado el riesgo de cola por antonomasia de los mercados financieros. Un evento, de baja probabilidad y altísimo impacto, capaz de provocar una crisis energética global e impactar significativamente en los mercados financieros y en el crecimiento global. Por su parte más estrecha -tiene un canal navegable frente a las costas iraníes de apenas 3,7 kilómetros- circula el 20% del consumo mundial de petróleo y el 20% de las exportaciones de gas natural licuado. Las alternativas son limitadas, ya que el oleoducto Este-Oeste que atraviesa Arabia Saudita y el de Abu Dabi podrían redirigir como máximo 5,5 millones de barriles diarios (mb/d), de los 20 mb/d afectados, mientras que no hay alternativas para el gas natural.
Tradicionalmente se ha considerado un evento de baja probabilidad porque el cierre total del estrecho no tiene precedentes históricos. Durante la guerra Irán-Irak (1980-1988), Irán cortó el paso de los petroleros iraquíes en respuesta al ataque a sus infraestructuras petrolíferas, pero permitió el paso del resto para evitar la participación de Estados Unidos. A lo largo de las últimas décadas ha habido varios incidentes en el estrecho, pero ninguno llevó al cierre de la ruta de navegación. Ello, unido al impacto moderado en el precio del petróleo de los conflictos en Oriente Medio en los últimos años, ha llevado a cierta complacencia en el análisis sobre las consecuencias económicas de una nueva escalada. La política de disuasión iraní es clara: si Irán no puede exportar crudo, nadie más podrá hacerlo; y si el régimen iraní se encuentra bajo una amenaza existencial (situación actual) bloqueará el estrecho. De momento, las autoridades iraníes no han anunciado el cierre oficial de la ruta de navegación, pero el tránsito está bloqueado de facto tras el ataque a varios buques, uno de ellos al parecer iraní. El coste de los seguros se ha disparado y 150 buques están paralizados. Además, Irán ha atacado una refinería en Arabia Saudita y una planta de gas natural licuado en Catar, forzando su cierre. Otras instalaciones petrolíferas, como las del Kurdistán iraquí, han detenido la producción por precaución. El Brent ha alcanzado los 80 dólares por barril y el precio del gas natural licuado ha subido un 50%.
Estamos en la antesala de una crisis energética. De que lleguemos a ella dependerá la duración del conflicto y cómo de afectadas se vean las infraestructuras petrolíferas de la región. Trump quiere una guerra corta, con pocas bajas americanas y llegar a las elecciones de medio mandato de noviembre con otro gran triunfo geopolítico y el precio de la gasolina por debajo de los 3 dólares por galón (precio de referencia para los electores del país sobre la asequibilidad de la energía). Mientras, Irán ha cambiado de doctrina tras ver que su cautela a la hora de responder en los últimos años solo ha servido para envalentonar a sus enemigos. Entre la espada y la pared, está escalando para hacer insoportable el coste de la agresión y evitar futuros ataques. El problema es que, al atacar de forma directa a sus vecinos árabes, acabe privado de ellos para cualquier posible mediación que permita detener el conflicto o estos decidan sumarse activamente a la ofensiva sobre Irán.
Elementos de preocupación
Si bien numerosos analistas cuestionan la capacidad militar de Irán para cerrar el estrecho de Ormuz de forma prolongada, existen dos elementos de preocupación. El primero es el precedente de los hutíes, en Yemen, un actor con capacidades infinitamente inferiores a las de Irán y que sin embargo fue capaz de detener el tránsito de hidrocarburos en el estrecho del Golfo de Adén. En segundo lugar, hay indicios de que, ante la decapitación de la cúpula militar y la ruptura de las órdenes de mando, las unidades militares aisladas están tomando decisiones autónomas de ataque, lo que puede dificultar reconducir el conflicto.
A corto plazo existen colchones para amortiguar el impacto de una crisis. El primero son los inventarios comerciales, en máximos desde la pandemia, gracias a la sobreoferta en el mercado de crudo y las reservas estratégicas, que para la UE y los países de la Agencia Internacional de la Energía deben cubrir el equivalente a 90 días de importaciones. El reto es que al menos el 40% esos inventarios comerciales se encuentran bajo el régimen de sanciones, y los europeos no pueden acceder al petróleo de Rusia, Irán o Venezuela. Mientras que las reservas estratégicas de EEUU se encuentran en mínimos de 1984 tras ser usadas por la Administración Biden para bajar el precio del petróleo antes de las elecciones. Por último, se encuentra la capacidad ociosa de los países productores, principalmente la OPEP+, que ya ha anunciado un aumento de su producción 70 mil b/d por encima de lo esperado. El problema es que los países con capacidad de llevar a cabo ese aumento son Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Kuwait, países afectados por el cierre de Ormuz.
Europa es menos dependiente de las importaciones energéticas de la región que los países asiáticos, pero ello no la inmuniza frente a la disrupción. Si el cierre se prolonga varias semanas o meses, el impacto en Europa se producirá fundamentalmente vía precios, especialmente en el gas natural licuado, ya que los clientes asiáticos pujarán por el suministro. Y si bien las economías son menos dependientes del petróleo que hace unas décadas, esta crisis tiene el potencial de ser más severa que la desencadenada tras la invasión rusa de Ucrania. Si se alarga afectará a la política monetaria y provocará severos ajustes en los mercados financieros y el coste de la deuda.
En definitiva, la clave es la duración del conflicto y si el conflicto acabará afectando a las infraestructuras de hidrocarburos en la región. En el pasado se ha logrado evitar este escenario, pero la crisis actual no tiene precedentes.
Víctor Burguete | Investigador sénior de CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs)
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