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España está ya al borde del divorcio

España está ya al borde del divorcio
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Cada vez se aprecia con mayor nitidez que este país se encuentra al borde del divorcio. Ya no es que nadie levante la tapa del baño o cierre los cajones. Ahora cada vez menos gente atiende a razones y argumentos y cada vez son más los que se abrazan a consignas. Leer
OPINIÓNEspaña está ya al borde del divorcio
  • IÑAKI GARAY
14 FEB. 2026 - 00:10Pedro Sánchez, de espaldas, en el CongresoEuropa Press

Cada vez se aprecia con mayor nitidez que este país se encuentra al borde del divorcio. Ya no es que nadie levante la tapa del baño o cierre los cajones. Ahora cada vez menos gente atiende a razones y argumentos y cada vez son más los que se abrazan a consignas.

Resulta muy difícil distinguir las palabras entre tanto ruido. Y cuando llegas a distinguirlas ni tan siquiera significan lo mismo. Por ejemplo, durante mucho tiempo los llamados progresistas de este país intentaban convencer al resto de que el problema del terrorismo o del nacionalismo se solucionaba con diálogo. Recuerdo a Gemma Nierga en el 2002 jurando que Ernest Lluch hubiera dialogado hasta con el asesino de ETA que le quitó la vida. Pues ahora, para los prescriptores del progreso, el diálogo ha pasado de moda como si fueran unos pantalones de tergal, solo porque el interlocutor ya no es de su agrado, ni entienden que haya nada que dialogar.

David Uclés huyó de unas jornadas sobre la Guerra Civil en las que se había comprometido a participar solo porque no le gustaba el título (1936, La Guerra que todos perdimos) y porque en ellas iban a participar el expresidente del PP José María Aznar y el exdirigente de Vox Iván Espinosa de los Monteros dentro de un cartel plural a más no poder, en el que aparecían también miembros del Gobierno de Pedro Sánchez. Es decir, antes los progresistas de salón estaban dispuestos a dialogar con Ignacio Krutxaga, el asesino que le descerrajó dos tiros a Lluch, pero ahora hay algunos que no quieren ni compartir espacio con dos personas a las que les votaron millones de españoles. Cuando alguien como Uclés dice que estuvo recogiendo documentación durante 15 años para escribir La Península de las Casas Vacías y luego rechaza acudir a un diálogo o un debate sobre la Guerra Civil por una chorrada de tal calibre no es información lo que ha recogido durante todo ese tiempo. Será otra cosa, muy parecida al veneno que condujo a la propia Guerra Civil y que alimentó la polarización que se vivió entonces y que, lamentablemente, se está repitiendo ahora. Y seguramente tiene miedo de no llevar razón. Otra posibilidad es que todo sea postureo para vender su libro.

En esos quince años Uclés tuvo tiempo de leer a Thomas, a Preston, a Stanley G. Payne, a Juan Pablo Fusi, a Tussel, a Casanova, a Pío Moa y tal vez también los diarios de Azaña y forjarse una idea de lo complejo que fue aquel drama. Quizás hubiera comprendido que, además de falangistas o fascistas, había también otros grupos que ejercían la misma violencia como el PSOE revolucionario o los anarquistas. Tal vez si hubiera decidido dialogar en Sevilla habría derribado mitos y entendido mejor los relatos de su abuelo en una España terriblemente antidemocrática a ambos lados del espectro ideológico, gobernada por ejecutivos débiles incapaces de detener la violencia. Una República a la que las potencias democráticas negaron ayuda para no alimentar a ninguno de los monstruos que albergaba. Ahora más que nunca se necesitan valientes en todos los lados dispuestos a dialogar. Para evitar el divorcio, este país necesita recuperar el diálogo y la pluralidad de gente que sepa tomar distancia. Una pluralidad y un diálogo que quien gobierna ahora está destruyendo desde unas instituciones que son de todos. Y no me refiero solo a la utilización sectaria que se hace de la televisión pública que se paga con el dinero de los contribuyentes de cualquier ideología que tanta falta hace en otros lados. Me refiero a la dogmática jornada organizada esta misma semana por el Instituto Cervantes para hablar de democracia, desde el punto de vista de las heridas y la polarización política. Luis García Montero, ese poeta de la memoria selectiva que Sánchez eligió para dirigir ese organismo, ha sido capaz de organizar unas jornadas sobre la democracia en las que ninguno de los participantes es capaz de distinguir que Cuba o la Venezuela de Maduro son dictaduras, porque se les cierra la glotis cada vez que lo intentan. ¿Cómo es posible que en España se organice con dinero público una jornada sobre la democracia desde la visión del pensamiento único? García Montero suele argumentar que su lema es cultura frente a extremismo, pero a la hora de la verdad no puede reprimir su naturaleza hasta organizar un acto de hedonismo cultural que causa sonrojo por su sectarismo. Después de oír esta semana al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cargar desde el Congreso contra medios a los que acusa sin sonrojarse de haber publicado bulos que no lo son, recordé oír no hace tanto a García Montero decir que ni las amnistías ni la corrupción son el verdadero problema de este país. Que el verdadero problema para la democracia ahora mismo es la degradación de la prensa y el deterioro del derecho a la información.

De la degradación de la prensa solo nos puede proteger la pluralidad, pero quién nos protege de los que han sido nombrados para acabar con el diálogo, con el debate y, de paso, con la democracia. Dice Chapu Apaolaza, un tipo con nombre de zaguero, pero no de los que pueblan el césped sino el frontón, de los que sueltan el brazo como si quisieran abarcar el mundo, que hay dos Españas porque con tres la gente se hace un lío. Y tiene razón.

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Fuente original: Leer en Expansión
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