- TOM BURNS MARAÑÓN
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El autor señala que el frente occidental se encuentra fragmentado y que los aliados no van a ayudar a España en la crisis de Ceuta.
En otras circunstancias la OTAN, y concretamente Estados Unidos, y la Unión Europea, con Francia en primer lugar, hubieran intervenido de manera discreta, pero con contundencia en la crisis de Ceuta. Lo harían porque la ciudad autónoma es territorio soberano de uno de los treinta y dos miembros de la Alianza Atlántica y porque es una importante puerta de entrada inmigratoria al bloque continental de los Veintisiete.
Pero las circunstancias internacionales no son halagüeñas para los intereses nacionales y el frente unido de Occidente se halla fragmentado. Los aliados y socios de España pueden ponerse de perfil ante el conflicto porque sus propias prioridades en materia de seguridad y defensa son más apremiantes.
En parte esto es la consecuencia de que el Gobierno sanchista va por libre en cuestiones de gasto militar y políticas inmigratorias. España no es del todo fiable. Y en parte al Fog of War, la niebla bélica, en el Oriente Próximo, y a la heladora temperatura de las relaciones este-oeste que, con viajes secretos a Moscú del jefe de la CIA, es propia en toda la regla a la que existió en la Guerra Fría.
La emergencia en Ceuta es de innegable importancia para la civilización liberal y garantista de la esfera occidental porque, junto con Melilla, la ciudad autónoma es la única frontera terrestre que mantiene la Unión Europea con la jovencísima y muy pobre población del continente africano. Huelga subrayar que la inmigración ilegal domina la conversación europea y polariza su fracturada política.
Como enfatizó José Manuel Albares el viernes ante la Comisión de Exteriores del Congreso de los Diputados, Ceuta y Melilla conforman la linde más "desigual" y "compleja" de cuantas existen en el mundo. Sin embargo lo que no dijo el ministro de Exteriores es que a la hora de gestionar estas dos fronteras, España aparenta estar desamparada. Cuesta admitir la soledad ante una híbrida intemperie que impulsa Rusia.
En otra coyuntura Washington y París y Bruselas hubieran dicho a Rabat que asonadas fronterizas ni una y que se atienda a las consecuencias si las plataformas de las redes sociales marroquíes persistían en alentarlas. Hubieran dado el visto bueno y, si fuese necesario, cooperado activamente, en la inmediata expulsión de cuantos adultos y menores entraron ilegalmente en Ceuta hace un mes y ordenado a Marruecos que lo reciba sin rechistar.
Con la vuelta a la normalidad aliados y socios patrocinarían conjuntamente un proceso destinado a asegurar plenamente la histórica españolidad de los veinte kilómetros cuadrados, a veinte de la península, que constituyen Ceuta y su encaje, al igual que el de Melilla, en reino alauita. Esa es la manera diplomática de hacer las cosas en una sociedad que se rige por reglas que son por todos aceptadas. Y así paz y después gloria.
El poder hegemónico que es Estados Unidos actuó con tacto y con eficacia para resolver la crisis de la isla de Perejil en julio 2002 como bien sabe el entonces presidente del Gobierno José María Aznar que estos días, 24 años después, ha vuelto a visitar la ciudad autónoma.
El expresidente, que desarrolló una intensa relación con el de Estados Unidos, recordará como lo que entonces decía y hacía Washington, que el año anterior había invadido Afganistán y el siguiente derrocaría al iraquí Sadam Huseín, solía ir a misa. Lo que define la fracturación y la imprevisibilidad geopolítica de nuestro tiempo es que esa conjunción occidental ha dejado de existir.
Hoy la concordancia entre el Washington de Donald J. Trump y sus aliados transatlánticos tiene todavía menos tino y validez que la muy devaluada correspondencia que acabó asumiendo la presidencia de George W. Bush. A los seis meses de iniciar una guerra con Irán que tiene pinta de nunca acabar, Trump no se fía de sus aliados europeos y los socios de España en el Viejo Continente no cuentan con Trump para defender a Ucrania en su frontera oriental. En adelante que cada uno aguante su vela.
Los que mandan en Occidente no comparten una misma hoja de ruta lo cual es malo y, lo que es peor para España, es que un acuerdo sobre el contencioso con Marruecos que permita gestionar la migración no figura con la importancia que debiera en el radar de los aliados y de los socios. Ni siquiera con Italia.
Los primeros están con la cada vez más apremiante necesidad de abrir el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo y al flujo de combustible y los segundos con la no menos urgente de proveer a Kiev de la defensa aérea que requiere para repeler el bombardeo ruso de su población.
Ante la emergencia desataba por Marruecos en Ceuta, la actitud de unos y de otros es que España se las arregle como mejor pueda. La escalada del caos en Ceuta aleja esa posibilidad.
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