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En aquel diabólico Los Ángeles '60s/'70s, las dos eran sacerdotisas de cuidado y de renombre. Y eran, también, dos caras de una misma moneda, Yin y Yang, Alfa y Omega, Jekyll y Hyde. Grandes amigas en una de esas fusiones basadas en las ... leyes de los opuestos complementarios. Y las dos escribían y se escribían a sí mismas conscientes de su certificada leyenda.
Por un lado, Joan Didion: forastera nacida en Sacramento y (de)formada profesionalmente en Manhattan, llegada a la Costa Oeste como mujer tan solo frágil en apariencia y novelista y cronista-voyeur de mirada de rayos x. Por otro, Eve Babitz: nativa de Sunset Boulevard e hija de intelectuales con buenas conexiones, exhibicionista cuerpo voluptuoso que no demora en ser degustado por celebridades surtidas, alma de fiestas desalmadas, más dada a la práctica que a la teoría de todo adictivo rito prohibido y -cuando tiene tiempo y ganas- ama y señora de una prosa incendiaria.
Y, sí, Didion firmó su 'Según venga el juego', pero Eve Babitz fue la persona que inspiró a su personaje protagónico.
Y el libro de Lili Anolik las hace aún más inseparables-pero-distantes de lo que jamás fueron en vida. Anolik fue pieza clave en el redescubrimiento de Babitz con un perfil suyo en 'Vanity Fair' que derivó en su devota biografía (Hollywood's Eve: Eve Babitz and the Secret History of L.A.) de 2019, que consiguieron la reedición de todos los libros de la por entonces olvidada. Y de golpe Babitz, como empoderado tótem de moda para toda una nueva generación de 'it-girls' fotografiándose con sus ficciones on line y la última carcajada de alguien que iba en camino del de la fuera de cartel Norma Desmond o de la también ardiente Miss Havisham: un ardido fantasma de navidades pasadas sin grandes esperanzas. Muchas gracias, Anolik.
Y esta nueva biografía 'à deux' cuenta y da cuentas de la peligrosa y cuasi vampírica relación Didion/Babitz perfecta para miniserie modelo 'Feud' de Ryan Murphy, a la vez que combina lo mejor de ambos estilos de mujer: es tan implacable como divertida y cómplice (aunque Anolik se muestre más y mejor seguidora del Sporting Babitz que del Royal Didion). Y sí: de tan próximas -era inevitable- acabaron distanciándose, casi temiéndose.
Y de Didion sabíamos ya mucho en lo que hace a vida y obra (todo lo suyo está en nuestro idioma, tiene documental en Netflix, fue condecorada en la Casa Blanca, y sus tragedias personales derivaron en muy exitosos e inesperados textos de casi autoayuda funeraria). Pero de Babitz y de lo de Babitz no tanto. Se tradujo, y ahora se reedita, su primer y un tanto parejamente-desparejo primer libro ('El otro Hollywood', 1974) y su incuestionable obra maestra ('Días lentos, malas compañías', 1977); pero -además de sus varias ficciones no-ficticias- quedaba pendiente recopilación de sus muy personales y descaradamente íntimas piezas periodísticas para cabeceras como 'Rolling Stone', 'Esquire', 'Vogue', 'Harper's Bazaar' o 'Playboy'.
Todo esto por fin se reúne festivamente en este generoso volumen con el que la muy prestigiosa New York Review Books continúa con el redentor y canonizante rescate de lo suyo (lo siguiente -en esta editorial también responsable del redescubrimiento de 'Stoner', de John Williams - será la publicación de sus indiscretas cartas).
Destaca su génesis como leyenda, en esa aún casi adolescente foto al desnudo jugando al ajedrez con Marcel Duchamp
En 'Yo era un encanto', destacan cuatro despachos: aquel que cuenta su génesis como leyenda en esa aún casi adolescente foto al desnudo jugando al ajedrez con Marcel Duchamp, un recuerdo para cuando abrió las puertas de The Doors para que así Jim Morrison entrase en ella, una visita al rodaje de la segunda parte de 'El Padrino', y el detallado recuento de su accidente flamígero en el que esta ave fénix incombustible se quemó viva y casi muere.
Y -vuelvo a enumerar y me cito en su prólogo- cameos: James Woods y Nicolas Cage y Andy Warhol y Billy Baldwin y Jackie Collins y Oliver Stone y Val Kilmer y Patrick Swayze y Charles Manson. Y yoga y milonga. Y el prisionero amor libre. Y perfumes de marca y marcado y sudoroso intercambio de fluidos corporales. Y la tiranía de las modas y la dictadura-esclavitud de su propio escote. Y la Generación de Acuario y el canceroso error de no comprender que la belleza no equivale a poder. Y la tensión entre alta/baja cultura y el bajo/alto instinto, entre lo formal y lo informal, entre la forma y lo deforme, entre la fama y lo infame, entre el chisme como arte y lo que Eve Babitz envidia y desea y celebra y define como a la artística «perseverancia de una visión».
Todo escrito y descrito con lo mejor del ser amateur/silvestre pero, también, con lo intuitivo y dotado de esa pasión que sólo se encuentra en el libertinaje lanzado de lo 'freelance'. Un 'style' y un 'look' que se acerca mucho a la materia tratada para volver a la figura de quien la trata. Un fraseo no exactamente con los calculados tics-taras del 'new journalism' profesional, sino con la inocencia de quien sabe que el lector se sorprenderá por lo que encuentra, porque ella misma se sorprendió al encontrarlo. Y que en más de una ocasión -con más sentimiento que técnica- pareciera que lo escribe en el mismo acto de vivirlo.
El 17 de diciembre de 2021, a los 78 años, Eve Babitz murió en Los Ángeles y su funeral fue íntimo y casi secreto. Joan Didion falleció cuatro días después, en Nueva York, y su memorial fue una de esos acontecimientos al que todo nombre famoso rogó ser invitado y, si no, ver cómo hacía para colarse por la puerta de atrás.
Como Eve Babitz en tantas ocasiones y quien, finalmente, supo salir por la puerta principal.
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