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Expedientes X, solo los alienígenas entienden lo que nos pasa

Expedientes X, solo los alienígenas entienden lo que nos pasa
Artículo Completo 1,749 palabras
Es vergonzoso confesarlo, pero he sido abducido por los alienígenas. Mi escasa cordura saltó literalmente por los aires; la culpa es, lo tengo demasiado claro, de Donald Trump , que anunció un inminente y radical «desvelamiento». En realidad, lo que afirmó, con su retórica patafísica, es que había llegado el momento de contar lo que todo el mundo sabía y había sido ocultado. Las hordas conspiranoides entraron en éxtasis tras décadas de humillación y rencor. Cuando el desfase entra en modo ultra-acelerado pueden producirse fenómenos concomitantes que terminan por introducir 'un coeficiente de verdad' siniestra, como pasó cuando Obama, sentado con su elegancia senatorial, apostilló que él ya estaba en la pomada. Resulta que los presidentes del Imperio confirmaban todas las sospechas: los contactos vienen de lejos, en todos los sentidos, y no podemos demorar ni un segundo más la inevitable «desclasificación». El artista y youtuber Rallitox me invitó a divagar sobre esta espinosa cuestión extraterrestre y, para que me documentara, me pasó un documental, 'The Age of Disclosure' (2025), en el que intervienen sobre todo militares norteamericanos con cara de póker, voces apocalípticas y mensajes 'uniformados': los contactos son reales y frecuentes, las pruebas son irrefutables y el Estado malvado ha ocultado todo por la sencilla razón de que esos seres de otros planetas suponen una amenaza absoluta para nuestra «sagrada vida».La irrefutabilidad de la existencia alienígena y la siniestra sospecha de que quieren acabar con nosotros me retropropulsó hasta un estado de ánimo peor que nihilista. Decidí comulgar, como un miserable abogado del diablo, con la 'hipótesis extraterrestre' con la pretensión ingenua de deconstruir el pánico generado en un momento político funesto frente a la 'amenaza exterior'. No es nada casual que estén desclasificando documentos sobre los aliens al mismo tiempo que, en esa Norteamérica de la 'religión MAGA' (el 'Make America Great Again', que, curiosamente, genera un acrónimo que sugiere lo mágico) se persigue, con la frialdad del ICE , a los inmigrantes que son aliens 'indeseables'.Captura de pantalla de la Armada estadounidense de un supuesto ovni.El afán paranoide de verlo todo conectado me permite sugerir que no es tampoco accidental que el primer avistamiento de un ovni por parte del piloto Keneth Arnol en 1947 se produzca el mismo año en que se pone en marcha la CIA y se fabrica el primer transistor computacional. Las tóxicas ondas fóbicas del hongo nuclear expandían un deseo delirante de que hubiera algo (otras formas de vida en el espacio insondable) que permitiera obliterar la angustia colectiva de una comunidad «gnóstica» que cada vez se sentía más extraña en la Tierra . Carl Jung escribió en 1958 un libro, titulado 'Sobre cosas que se ven en el cielo' (Ed. Sur, 1961), en el que consideraba que el ovni es un arquetipo del inconsciente colectivo , «en la vivencia religiosa el hombre encuentra a otro Ser psíquicamente superior». Lo cierto es que la humanidad post-nuclear sentía, con toda razón, una abismal abyección con respecto a su propia historia y experimentaba su inferioridad mientras buscaba señales a través de las estrellas justamente cuando la mitología pop comenzaba a imponer su comercial ley.Acaso los contactos y abducciones sean consecuencias lógicas de un mundo aburridísimo, empantanado en la burocracia, con el horizonte de un desastre irrefrenableErik Davis subraya en el capítulo dedicado a 'la llamada alienígena' de su brillante ensayo 'Tecnognosis' (La Caja Negra, 2023) que millones de personas creen que naves alienígenas surcan los cielos o que las redes de telefonía psíquica les harán bien, todo mezclado con aspectos dogmáticos peculiares de los cristianos renacidos. Los avistamientos y 'contactos' no son, por tanto, anomalías de un puñado de frikis deseosos de captar atención: «Miles de ciudadanos comunes y corrientes han reportado encuentros con ángeles luminiscentes, cultos satánicos clandestinos, María Santísima, los helicópteros negros, el chupacabras y extraterrestres de ojos almendrados armados con sondas anales». Por su parte, Diana Walsh Pasulka trata de desmontar en 'Creyentes. Un ensayo sobre ovnis, tecnología desconocida y el inesperado origen de una nueva religión' (Errata Naturae, 2026), la sospecha de que los 'visionarios' y 'abducidos' no son otra cosa que frikis, indicando que muchos son «personas de éxito», extraordinarios científicos que prefieren mantenerse en el anonimato para no perder credibilidad, y «testigos convincentes», como el expresidente Jimmy Carter , que no es otra cosa que un ejemplo de ineptitud y superlativa indecisión.Tenemos, junto a «pruebas incontestables», inquietantes resultados de encuestas, como la que reflejó en 2008 (el año de la crisis del capitalismo de Casino, cuando había que 'restaurar la creencia en el mercado') que más de la mitad de la población estadounidense cree en la existencia de vida extraterrestre. Tal vez sea la descarnada fe en lo absurdo cuando el nihilismo está consumado.El disparate -valga un término que también remite a una fascinante serie de Goya que incluye imágenes de 'vuelos' y otras cuestiones obsesivas o supersticiosas- es mucho más excitante que la cordura. Acaso los contactos y abducciones sean consecuencias lógicas de un mundo aburridísimo, empantanado en la burocracia, con el horizonte de un desastre irrefrenable. Muchos han peregrinado a la Meca de los Ovnis , esos desérticos parajes de Roswell cercanos a un campo de aviación del ejército norteamericano en donde, como cuenta la leyenda, se estrelló una nave celestial. Algunos preferirían teletransportarse a la 'holocubierta' de Star Trek o, por pedir cosas del 'turismo extraterrestre', disfrutar de una juerga en la cantina de Mos Eisley de 'Star Wars'.Jacques Vallée rastreó en 'Pasaporte a Magonia' (Reediciones Anómalas, 2021) los motivos de la tradición ovni en las leyendas, textos religiosos y relatos históricos de tiempos premodernos, entrelazando las hierofanías con los cuentos de hadas o la Rueda de Ezequiel . Mientras que Jeffrey Kripal consideró que los 'efectos de contacto' -entre los que uno de los más populares es el ufológico- han sido asimilados por complejos procesos sociales, políticos y artísticos, dando lugares a mitologías, rituales e instituciones que conducen a la aparición de religiones, la mirada desquiciada del siglo XX 'descubrió' imágenes de alienígenas por todas partes. Desde el 'astronauta' que saluda en las Líneas de Nazca , a los extraterrestres prehistóricos de Val Camónica (Italia); de los moáis de la Isla de Pascua, a ciertas interpretaciones calenturientas sobre la cosmología azteca.No han faltado artistas contemporáneos 'abducidos' , como le sucedió a Robert Llimós, que lleva años pintando y esculpiendo extraterrestres que tuvo al alcance de la mano, o visionarios como el asturiano Armando Suárez, que repitió obsesivamente la imagen del ovni. Otros, como Mariko Mori o Nadín Ospina han recurrido a ese imaginario de naves y seres de planetas lejanos para alegorizar nuestra inhospitalaria condición.En la Barbican de Londres se montó un 'Museo Marciano de Arte Terrestre' (2008), una propuesta un tanto gamberra que planteaba una revisión del arte contemporáneo desde la mirada y el gusto de los extraterrestres que, según los comisarios Lydia Yee y Francesco Manacorda, quedarían hechizados por Warhol, Hirst o Duchamp. Menos mal, pensarán los ortodoxos del 'ready-made', que los compadres de ET (metamorfoseado en la Tierra, sin teléfono, en un ser un tanto camp y hasta drag) no han desarrollado una excéntrica querencia por la monja pintora o el 'performer' Antonio López .No puede sorprendernos que Iker Jiménez deslizara astutamente 'Cuarto Milenio' de lo ufológico a lo UCO-fónicoDavid Bowie , declarado alienígena que tuvo que camuflarse en delirantes 'looks' glamurosos para seducirnos con sus cantinelas de la vida en Marte, manifestó que «internet es una forma de vida extraterrestre». Deberíamos recordar que en el panel Majestic 12 (un supuesto comité secreto creado por el presidente Harry S. Truman, con científicos, militares y funcionarios del gobierno estadounidense para investigar incidentes con naves espaciales) participó Vannevar Bush, que inventó la primera computadora analógica. A estas alturas del mareo inter-espacial, tengo algo que 'desclasificar': la IA es la auténtica inteligencia alienígena. O, en otra clave que no es meramente homofónica, las obsesiones alienígenas implican un sustrato alienante. «El ovni -afirma Eric Davis- debe ser visto como un proyectil visionario lanzado desde las profundidades inconscientes de la era de la información». Lo que Michael Heim llamó en su ensayo 'Realismo virtual' (Oxford University Press, 1998) el «síndrome del mundo alternativo» (reorientación perceptual del sistema nervioso hacia otro mundo inventado) se ha globalizado en la época de 'las verdades alternativas', esto es, chapoteamos en el magma de la desinformación total. Es, por tanto, absolutamente urgente el revuelo 'desclasificador' de los documentos relativos a los aliens. Tampoco puede sorprendernos que Iker Jiménez deslizara astutamente 'Cuarto Milenio' de lo ufológico a lo UCO-fónico. Todo es absurdamente serio, lo que invita a concluir con un rumor en sintonía según el cual la Thermomix (cacharro abyecto) fue diseñada por pérfidos extraterrestres para iniciar la colonización de nuestro mundo a través de platos digeribles. Algunas cosas, hasta para los que sufren pensando estar solos en el multiverso , resultan difíciles de tragar. Convendría releer la 'Historia verdadera' de Luciano Samósata , escrita en el siglo II, en la que relata un viaje a la Luna y contactos con los selenitas, si bien declara que ha ensartado «mentiras de todos los colores». Absolutamente actual, verdaderamente 'desclasificador', paranoicamente irrefutable.

Es vergonzoso confesarlo, pero he sido abducido por los alienígenas. Mi escasa cordura saltó literalmente por los aires; la culpa es, lo tengo demasiado claro, de Donald Trump, que anunció un inminente y radical «desvelamiento». En realidad, lo que afirmó, con su retórica patafísica, ... es que había llegado el momento de contar lo que todo el mundo sabía y había sido ocultado.

Las hordas conspiranoides entraron en éxtasis tras décadas de humillación y rencor. Cuando el desfase entra en modo ultra-acelerado pueden producirse fenómenos concomitantes que terminan por introducir 'un coeficiente de verdad' siniestra, como pasó cuando Obama, sentado con su elegancia senatorial, apostilló que él ya estaba en la pomada.

Resulta que los presidentes del Imperio confirmaban todas las sospechas: los contactos vienen de lejos, en todos los sentidos, y no podemos demorar ni un segundo más la inevitable «desclasificación».

El artista y youtuber Rallitox me invitó a divagar sobre esta espinosa cuestión extraterrestre y, para que me documentara, me pasó un documental, 'The Age of Disclosure' (2025), en el que intervienen sobre todo militares norteamericanos con cara de póker, voces apocalípticas y mensajes 'uniformados': los contactos son reales y frecuentes, las pruebas son irrefutables y el Estado malvado ha ocultado todo por la sencilla razón de que esos seres de otros planetas suponen una amenaza absoluta para nuestra «sagrada vida».

La irrefutabilidad de la existencia alienígena y la siniestra sospecha de que quieren acabar con nosotros me retropropulsó hasta un estado de ánimo peor que nihilista. Decidí comulgar, como un miserable abogado del diablo, con la 'hipótesis extraterrestre' con la pretensión ingenua de deconstruir el pánico generado en un momento político funesto frente a la 'amenaza exterior'. No es nada casual que estén desclasificando documentos sobre los aliens al mismo tiempo que, en esa Norteamérica de la 'religión MAGA' (el 'Make America Great Again', que, curiosamente, genera un acrónimo que sugiere lo mágico) se persigue, con la frialdad del ICE, a los inmigrantes que son aliens 'indeseables'.

El afán paranoide de verlo todo conectado me permite sugerir que no es tampoco accidental que el primer avistamiento de un ovni por parte del piloto Keneth Arnol en 1947 se produzca el mismo año en que se pone en marcha la CIA y se fabrica el primer transistor computacional. Las tóxicas ondas fóbicas del hongo nuclear expandían un deseo delirante de que hubiera algo (otras formas de vida en el espacio insondable) que permitiera obliterar la angustia colectiva de una comunidad «gnóstica» que cada vez se sentía más extraña en la Tierra.

Carl Jung escribió en 1958 un libro, titulado 'Sobre cosas que se ven en el cielo' (Ed. Sur, 1961), en el que consideraba que el ovni es un arquetipo del inconsciente colectivo, «en la vivencia religiosa el hombre encuentra a otro Ser psíquicamente superior». Lo cierto es que la humanidad post-nuclear sentía, con toda razón, una abismal abyección con respecto a su propia historia y experimentaba su inferioridad mientras buscaba señales a través de las estrellas justamente cuando la mitología pop comenzaba a imponer su comercial ley.

Acaso los contactos y abducciones sean consecuencias lógicas de un mundo aburridísimo, empantanado en la burocracia, con el horizonte de un desastre irrefrenable

Erik Davis subraya en el capítulo dedicado a 'la llamada alienígena' de su brillante ensayo 'Tecnognosis' (La Caja Negra, 2023) que millones de personas creen que naves alienígenas surcan los cielos o que las redes de telefonía psíquica les harán bien, todo mezclado con aspectos dogmáticos peculiares de los cristianos renacidos. Los avistamientos y 'contactos' no son, por tanto, anomalías de un puñado de frikis deseosos de captar atención: «Miles de ciudadanos comunes y corrientes han reportado encuentros con ángeles luminiscentes, cultos satánicos clandestinos, María Santísima, los helicópteros negros, el chupacabras y extraterrestres de ojos almendrados armados con sondas anales».

Por su parte, Diana Walsh Pasulka trata de desmontar en 'Creyentes. Un ensayo sobre ovnis, tecnología desconocida y el inesperado origen de una nueva religión' (Errata Naturae, 2026), la sospecha de que los 'visionarios' y 'abducidos' no son otra cosa que frikis, indicando que muchos son «personas de éxito», extraordinarios científicos que prefieren mantenerse en el anonimato para no perder credibilidad, y «testigos convincentes», como el expresidente Jimmy Carter, que no es otra cosa que un ejemplo de ineptitud y superlativa indecisión.

Tenemos, junto a «pruebas incontestables», inquietantes resultados de encuestas, como la que reflejó en 2008 (el año de la crisis del capitalismo de Casino, cuando había que 'restaurar la creencia en el mercado') que más de la mitad de la población estadounidense cree en la existencia de vida extraterrestre. Tal vez sea la descarnada fe en lo absurdo cuando el nihilismo está consumado.

El disparate -valga un término que también remite a una fascinante serie de Goya que incluye imágenes de 'vuelos' y otras cuestiones obsesivas o supersticiosas- es mucho más excitante que la cordura. Acaso los contactos y abducciones sean consecuencias lógicas de un mundo aburridísimo, empantanado en la burocracia, con el horizonte de un desastre irrefrenable. Muchos han peregrinado a la Meca de los Ovnis, esos desérticos parajes de Roswell cercanos a un campo de aviación del ejército norteamericano en donde, como cuenta la leyenda, se estrelló una nave celestial. Algunos preferirían teletransportarse a la 'holocubierta' de Star Trek o, por pedir cosas del 'turismo extraterrestre', disfrutar de una juerga en la cantina de Mos Eisley de 'Star Wars'.

Jacques Vallée rastreó en 'Pasaporte a Magonia' (Reediciones Anómalas, 2021) los motivos de la tradición ovni en las leyendas, textos religiosos y relatos históricos de tiempos premodernos, entrelazando las hierofanías con los cuentos de hadas o la Rueda de Ezequiel. Mientras que Jeffrey Kripal consideró que los 'efectos de contacto' -entre los que uno de los más populares es el ufológico- han sido asimilados por complejos procesos sociales, políticos y artísticos, dando lugares a mitologías, rituales e instituciones que conducen a la aparición de religiones, la mirada desquiciada del siglo XX 'descubrió' imágenes de alienígenas por todas partes. Desde el 'astronauta' que saluda en las Líneas de Nazca, a los extraterrestres prehistóricos de Val Camónica (Italia); de los moáis de la Isla de Pascua, a ciertas interpretaciones calenturientas sobre la cosmología azteca.

No han faltado artistas contemporáneos 'abducidos', como le sucedió a Robert Llimós, que lleva años pintando y esculpiendo extraterrestres que tuvo al alcance de la mano, o visionarios como el asturiano Armando Suárez, que repitió obsesivamente la imagen del ovni. Otros, como Mariko Mori o Nadín Ospina han recurrido a ese imaginario de naves y seres de planetas lejanos para alegorizar nuestra inhospitalaria condición.

En la Barbican de Londres se montó un 'Museo Marciano de Arte Terrestre' (2008), una propuesta un tanto gamberra que planteaba una revisión del arte contemporáneo desde la mirada y el gusto de los extraterrestres que, según los comisarios Lydia Yee y Francesco Manacorda, quedarían hechizados por Warhol, Hirst o Duchamp. Menos mal, pensarán los ortodoxos del 'ready-made', que los compadres de ET (metamorfoseado en la Tierra, sin teléfono, en un ser un tanto camp y hasta drag) no han desarrollado una excéntrica querencia por la monja pintora o el 'performer' Antonio López.

No puede sorprendernos que Iker Jiménez deslizara astutamente 'Cuarto Milenio' de lo ufológico a lo UCO-fónico

David Bowie, declarado alienígena que tuvo que camuflarse en delirantes 'looks' glamurosos para seducirnos con sus cantinelas de la vida en Marte, manifestó que «internet es una forma de vida extraterrestre». Deberíamos recordar que en el panel Majestic 12 (un supuesto comité secreto creado por el presidente Harry S. Truman, con científicos, militares y funcionarios del gobierno estadounidense para investigar incidentes con naves espaciales) participó Vannevar Bush, que inventó la primera computadora analógica. A estas alturas del mareo inter-espacial, tengo algo que 'desclasificar': la IA es la auténtica inteligencia alienígena. O, en otra clave que no es meramente homofónica, las obsesiones alienígenas implican un sustrato alienante.

«El ovni -afirma Eric Davis- debe ser visto como un proyectil visionario lanzado desde las profundidades inconscientes de la era de la información». Lo que Michael Heim llamó en su ensayo 'Realismo virtual' (Oxford University Press, 1998) el «síndrome del mundo alternativo» (reorientación perceptual del sistema nervioso hacia otro mundo inventado) se ha globalizado en la época de 'las verdades alternativas', esto es, chapoteamos en el magma de la desinformación total. Es, por tanto, absolutamente urgente el revuelo 'desclasificador' de los documentos relativos a los aliens. Tampoco puede sorprendernos que Iker Jiménez deslizara astutamente 'Cuarto Milenio' de lo ufológico a lo UCO-fónico.

Todo es absurdamente serio, lo que invita a concluir con un rumor en sintonía según el cual la Thermomix (cacharro abyecto) fue diseñada por pérfidos extraterrestres para iniciar la colonización de nuestro mundo a través de platos digeribles. Algunas cosas, hasta para los que sufren pensando estar solos en el multiverso, resultan difíciles de tragar. Convendría releer la 'Historia verdadera' de Luciano Samósata, escrita en el siglo II, en la que relata un viaje a la Luna y contactos con los selenitas, si bien declara que ha ensartado «mentiras de todos los colores». Absolutamente actual, verdaderamente 'desclasificador', paranoicamente irrefutable.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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