Solamente tengo que levantar la mirada (suena a guiño al lema de la visita papal) y me encuentro, cada día, con tres muñecos de plástico: Mr. Tank, el miliciano 'muerto' de Cerro Muriano y una estatua ecuestre de la que han retirado quirúrgicamente el cuerpo ... del 'héroe' patriótico.
Esas obritas de Fernando Sánchez Castillo están al lado –me demoro en esta descripción de una balda de la estantería de mi despacho– de un Trump 'caganer', una imagen holográfica del Marte de Velázquez y siete relojes parados y acaso irreparables.
Este estricto batiburrillo no puede describirse como un memorial, aunque acumula muchos 'souvenirs' y, por supuesto, no tiene ninguna intención estética por más que esté delante de unos cuarenta libros de arte.
El Centro de Arte Reina Sofía, germen del museo, celebra su 40 aniversario
Con todo, en los tres 'múltiples' de Sánchez Castillo late una voluntad de desmontar la Historia e incluso de participar en una estrategia de cuestionamiento de aquello que todavía llamamos 'monumentos' cuando casi todo derivara hacia el ornamento, cuestión que le preocupó a Vattimo.
A mediados de los noventa, cuando el Posmodernismo declinaba en sobredosis de pastiches, Sánchez Castillo comenzó a desarrollar proyectos que revelaban un afán de subvertir la Historia con un socarrón e iconoclasta sentido del humor, algo manifiesto en su 'Revitalizador de héroes' (1995), con el que conseguía que nuestros favoritos cabalgaran o, para ser más precisos, se agitaran ridículamente de nuevo.
Miguel Ángel Hernández-Navarro describió a la perfección el comportamiento de una serie de artistas, entre ellos Sánchez Castillo o Francesc Torres, que tendrían algo de «historiadores materialistas» en la estela de las meditaciones benjaminianas. Efectivamente, «en el instante del peligro», ofrecían imágenes dialécticas, negándose a repetir cantinelas heredadas de «glorias e imperios».
Frente al 'status quo', Sánchez Castillo, trabajando, tal y como sugiere Germán Labrador, como un «chatarrero de la Historia», detecta grietas en los relatos oficiales, subraya detalles inquietantes e indaga en huecos, por ejemplo, en los impactos de bala 'rastros' del esperpéntico golpe de estado de Tejero.
Con la obsesión de un arqueólogo, este artista 'transfiere' la grieta de la calle donde tuvo lugar el atentado de Carrero Blanco o contempla lo sucedido a través de unas pocas pestañas del mismísimo Franco conservadas por uno de los que realizaron su máscara funeraria en 1975. Podemos jugar con esos restos capilares para sugerir que el modo de contar la Historia a contrapelo de Sánchez Castillo no lleva ni al desmelenamiento completo ni tampoco a las crestas punkis. Cuando incluso la peluca de Carrillo forma parte de 'la mascarada' revisionista engarzada en este bizarro 'collar de perlas', tendríamos que volver a preguntarnos, a la manera del teatro del absurdo, si todavía siguen peinando a la cantante calva de idéntica manera.
Sánchez Castillo, asistido curatorialmente por Ferran Barenblit, que ya le montó una importante revisión en el CA2M en 2015, trata «de experimentar con algo que no fuera una retrospectiva al uso». Utilizan el pretexto de la Perla Peregrina que, después de muchos avatares, llegó a ser pintada por Velázquez cuando pertenecía a Isabel de Borbón y Felipe III y que, antes de desaparecer, estuvo en manos de Liz Taylor. También es lúcida la sugerencia de que el arte surge a partir de una intromisión que irrita, como en el caso de la perla: algo que molestaba y, finalmente, es una joya. El mismo Palacio de Velázquez, reabierto tras una larguísima restauración, tiene algo de molusco gigantesco, formado por infinidad de capas a la que ahora se suma el taller de Sánchez Castillo que va a trabajar ahí varios meses como si estuviera preparando el parto.
La pasión escultórica del madrileño, su afán de rememorar la 'defensa de los monumentos' y el modo intempestivo de afrontar la 'enfermedad histórica' terminan por sedimentarse en un materialismo que tiene algo de forense. Afortunadamente, sus tergiversaciones post-situacionistas tienen buenas dosis de humor.
Desde el Azor, aquel barco de recreo regalado a Franco en los cincuenta que terminó metamorfoseado en reclamo publicitario de un inquietante motel mesetario, hasta la urna del 'Guernica' en el Casón del Buen Retiro; de las huellas de los tacones de las prostitutas en la Rambla de Barcelona, al aire de la rueda de recambio del camión que trasladó el féretro de Franco, intenta combatir la 'des-memoria' o el borrado de la Historia que puede reconocerse fácilmente en la restauración de 'La carga de los mamelucos' de Goya.
«En la poética de 'La Perla Peregrina' –apunta Sánchez Castillo, que se autodeclaró «artista oficial de un Estado postizo»– quiero dar cabida a elementos bizarros, berlanguianos, como escape posible y estrategia ante estas circunstancias».
Lugar: Palacio de Velázquez (MNCARS). Madrid
Qué es lo bizarro es algo difícil de definir, acaso tan raro como la situación generalizada que, sin caer en exageración, podría calificarse como 'estado de excepción'. La Historia se repite, por enmendarle la plana a Marx, más de dos veces: tragedia, comedia, esperpento y hasta bizarradas. No falta una perla, aunque esto suene a Rosalía.
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Fernando Sánchez Castillo: el artista oficial del Estado (de excepción)
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