Al llegar al Gran Premio de Bélgica, el campeonato alcanza prácticamente la mitad de un calendario reconstruido tras los conflictos bélicos en Oriente Medio. En realidad, veremos si no se modifica incluso más. Y llegados a este punto, y precisamente en este escenario, la situación se ha vuelto insostenible.
Kimi Antonelli encabeza la carrera en la primera vuelta del Gran Premio de Bélgica - Alberto Fernández / Motor.esJ.M. Vinuesa[email protected]Publicado: 20/07/2026 11:00
14 min. lectura
... Síguenos en GoogleEmpecemos por el principio. ¿Qué es la Fórmula 1? Es lo que el estamento federativo, con la participación de equipos y promotores, defina reglamentariamente como tal. Así es desde 1946. Por lo tanto, esto es F1. Dejemos de lado el discurso anquilosado de que «esto no es F1». A todos los efectos, lo es.
Porque la F1 es una competición cambiante en el tiempo. El problema no es el cambio reglamentario de turno –ahora llegaremos a eso–, sino cómo se realiza y con qué razonamientos. Por ejemplo: para 1961 se decidió adoptar la normativa de la Fórmula 2 –motores de entre 1.3 y 1.5 litros sin compresor– para la Fórmula 1. Era F1 y dio grandes coches y grandes carreras a manos de grandes pilotos. No, la F1 no tiene que ser siempre más rápida y explosiva y tecnológicamente avanzada. No lo ha sido muchas veces.
Tampoco se puede pretender la estabilización reglamentaria que se vivió desde 1966 a 1988 —ambos inclusive—, con los motores atmosféricos de 3 litros, que fueron usados mucho tiempo hasta que Renault apostó por la posibilidad reglamentaria del turbo, y todos la abrazaron. El cambio y la evolución son algo natural y positivo. Desde 1989, sin embargo, los cambios se han sucedido con mucha frecuencia, y parece que no siempre bien pensados, en busca a veces de objetivos extravagantes.
La norma, por lo tanto, no es el problema. El problema es quién la crea y si es lógica. Y en cómo se va empobreciendo a cada nueva regulación la competición, que es de lo que se trata ahora. Ojo, esto son carreras, esto es F1 y los equipos y pilotos hacen un gran trabajo con la normativa dada. Pero en 2026, la Fórmula 1 y Liberty Media como su dueña, la FIA como estamento y los equipos como protagonistas, han promovido y permitido destruir la competición. No la Fórmula 1, marca comercial registrada, sino la competición.
Se ha destruido la competición, no la F1
En la innecesaria búsqueda de ser más ecológicos y eficientes, se introdujo la aberrante combinación del 50-50 entre motor eléctrico y el de combustión, cuando los motores de 2025 ya cumplían con, digámoslo crudo, el cupo de ‘agenda 2030’. ¿Qué necesidad había de aproximarse a competiciones ajenas a la idiosincrasia de la Fórmula 1? Incluso desde la Fórmula E –un mundial de la FIA, no lo olvidemos-, se asombraban del rumbo tomado, quizás no sin cierto interés propio.
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Calcula tu precio onlineEl problema es que, desde los propietarios comerciales a los equipos, pasando por los federativos, nadie quiso advertir esta aberración que se ha consumado de forma patética en el mayor monumento del automovilismo moderno, Spa-Francorchamps. Si en tu mejor escenario, donde hay curvas magníficas y retadoras, ofreces una mala imagen, tienes un grave problema de base. Porque a los comerciales –Liberty y la F1– les interesa esta evolución ‘woke’, muy ‘instagrameable’ y ‘tiktokeable’, muy dirigida a nuevos aficionados, pero tu deporte se convierte en absurdo. Pasar curvas difíciles perdiendo velocidad, ¿qué mérito tiene? Hoy es más excitante ver pasar a un F3 por Pouhon o Blanchimont que a un F1.
Pero es que los estómagos agradecidos de los equipos o de la FIA tampoco pusieron el grito en el cielo y dijeron basta. Ninguno. Nadie. Como dijo este fin de semana Carlos Sainz, alguien debió ver esto y lo permitió. Es el miedo a ser la voz disidente, aunque sea con razonamientos lógicos y fundados, que suponga el ser señalado –recuerden el consejo a Verstappen a hablar menos-. Se prefirieron las modificaciones, los cambios aerodinámicos ‘locos’ porque quedaban muy bien en el papel, los nuevos aparatos para fomentar los adelantamientos y todo lo demás. Y tuvimos esas carreras yoyo y esos adelantamientos que el mayor talento de esta generación, Max Verstappen, achaca con acierto a apretar un botón y a nada más. No hay batalla, ni puede haberla. Es todo un trampantojo, como lo fue el inicio de la carrera belga: fuegos artificiales que se posaron en la ceniza que en realidad son.
Los pilotos de Alpine pelean por los puntos con Liam Lawson en Spa-Francorchamps. Foto: Alberto Fernández / Motor.esMotores silenciosos que caen de revoluciones, quitando uno de los elementos realmente espectaculares del deporte del motor, como es el sonido, y pilotos preocupados por no gastar más energía, siendo lentos no para ser rápidos, sino para ser eficientes y obtener el mejor resultado posible en términos globales. Parece sacado de un formulario de la Administración Tributaria, pero no de las carreras. Cuando Fangio dijo que había que ganar siendo lo más lento posible, no se refería a esto.
Un lento pero progresivo declive
Así que, en un lento pero progresivo trabajo, se ha ido degradando la competición. En 1996 nos quitaron la variedad de motores, y callamos. Nos trajeron los neumáticos estriados, y callamos. Nos redujeron luego la capacidad de los motores, que tenían que durar más que en la resistencia por ahorro de costes, porque es conocido que del ahorro en la Fórmula 1 depende el equilibrio socioeconómico del planeta. Y callamos. Quitaron los entrenamientos privados, que acercaban la F1 a mucha gente, y callamos.
Nos modificaron el tamaño de los coches, se inventaron el Kers, el DRS –que permitía sobrepasar, pero asesinó el noble arte automovilístico de la defensa–, atributos pensados para adelantar cuando el automovilismo históricamente es un deporte complejo para ello. Que está bien tratar de mejorar algunas cosas, pero esto no son motos. Y callamos. Nos calzaron los innecesarios motores híbridos –salvo en el plano comercial para algunas marcas y que así no se marcharan- y callamos. Nos trajeron, por acabar, coches del tamaño del Tesla Cybertruck, y callamos. Es más: aplaudimos. Pero cargamos contra Mónaco, claro. Que por cierto, ha sido hasta ahora de lo mejor del año.
Aplaudimos en la confianza de rebaño de que ‘el líder siempre tiene razón’. Y abrazamos, un poco suspicaces quizás, pero abrazamos esta nueva normativa ‘made in USA’. Incluso los hay que todavía nos quieren hacer mirar hacia otro lado y vendernos que es una gran competición, y nos hablan de rebufos cuando es aplicación de energía. Porque nos dijeron que era la mayor revolución y sería la mejor F1 de la historia. Y hemos llegado a este punto no bajo, sino subterráneo. A la ridiculización de la competición, en la que ya no se exprime el potencial de un coche al límite.
Me refiero a frenar en el cartel de 100 metros con el motor a punto de ponerse a orbitar por la Luna por el régimen de revoluciones, y bloquear ruedas porque has llegado muy rápido. Una competición que pretende que se produzcan 500 ‘adelantamientos’ por carrera, y se logró, pero el efecto del inicio del año ya se ha acabado en gran medida, devolviendo el mismo problema endémico de adelantar. Pasadas unas vueltas, y tras apretar los botones, Spa fue un sopor. Pero esas primeras vueltas van a quedar muy bien en los ‘reels’ de 10 segundos.
No hay nada peor que no aceptarse, que no comprender quién eres, de dónde vienes y hacia dónde debes ir. Y es justo lo que Liberty Media, preocupada únicamente por los resultados económicos –y feliz con ellos-, no ha comprendido en estos diez años al mando, llevándonos a la ruina deportiva. Al chiste. Al meme. A ridiculizar nuestro templo sagrado. Pero hasta el meme da clicks y beneficios, por lo tanto, todo va bien. Pongamos otro capítulo inventado de ‘Drive to Survive’ y otro incauto picará en nuestro negocio. Pero si esta competición automovilística hubiera surgido de la nada este año, difícilmente la vería nadie. Es absurda. Pero el nombre comercial F1 tiene el tirón de 75 años de prestigio.
Ridículo en el mejor circuito del mundo
Mientras tanto, la vuelta de clasificación en Spa-Francorchamps, que es el mayor reto de pilotaje del año, se reduce a pasar a fondo curvas perdiendo velocidad. A bajar una marcha antes de Blanchimont para mantener las revoluciones altas y recargar energía. O en carrera, a bajar una marcha en el Raidillon también, se acabó lo de a fondo. Y a la depresión también de saber que es más importante seguir corriendo en Las Vegas, Miami, Catar y Abu Dabi que volver aquí cada año con carácter obligatorio. Pero claro, Bélgica no paga lo que Oriente Medio o los estadounidenses.
Y por supuesto, con censura. Evitando que se vean las vergüenzas para que no se hable mal. Y el problema no es ser 5 segundos más lentos a una vuelta. No es la velocidad en sí, si la competición es buena. Es hacerla algo incomprensible: nadie sabe cuándo usa la energía quién, o si está en modo adelantamiento o no, o por qué pasan algunas cosas, y por lo tanto, dando una imagen ridícula. De repente un coche pasa fácil, pero a los 200 metros le pasan tres, pero luego lo recupera. Ya saben. Pero no es casual la censura: así se da la imagen, el trampantojo, de espectáculo. Fuego artificial. Pero es un botón, no pilotaje. De modo que Liberty Media, la FIA y los equipos han logrado que la IndyCar sea a día de hoy la categoría reina en el automovilismo de monoplazas.
Y han conseguido que se hable más del ridículo visto en Spa, que del hecho de que Kimi Antonelli arrasó como el enorme piloto que está demostrando ser, retomando magistralmente su victoria. Pero, ¿qué importa lo deportivo si la gente aplaude? Liberty Media debe ser erradicada del deporte, y la FIA profundamente reestructurada. Los cambios para 2027 son insuficientes, y esta normativa la arrastraremos, con parches, al menos hasta 2030. Para entonces, seguramente sólo quedará desierto.
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