Figura central y absolutamente venerada, como un mito auténtico que llega hasta nuestros días, de la literatura austriaca de posguerra, hasta su prematura y trágica desaparición, Ingeborg Bachmann nació en Klagenfurt, en la misma ciudad que el gran Robert Musil, en una ... zona fronteriza de mundos germánicos, eslavos y latinos, en 1926.
Su muerte en 1973 por un fatal accidente, quemada por un cigarrillo que se prendió en su lecho mientras dormía, en Roma, a los 47 años de edad, dejó desolada a toda una brillante generación de aquellos días. Por aquel entonces Bachmann ya había comenzado a brillar con una luz propia, ferozmente independiente e indiscutible.
Apenas tres años antes había muerto su gran amor imposible, el otro inmenso poeta en lengua alemana, sobreviviente del Holocausto, Paul Celan. Poco después de haber roto con él su relación amorosa, aunque no de amistad, iniciaría una tormentosa historia con el arquitecto y célebre autor de 'Homo Faber', el suizo Max Frisch («vas a hacerme desgraciado, pero asumo el riesgo», profetizó él, nada más comenzar su relación).
Con el morbo que rodea habitualmente las biografías de mujeres radicalmente libres, como fue en su día una grande entre las grandes como Bachmann, durante mucho tiempo se la citaría junto a estas casi inevitables relaciones privadas que mantuvo con hombres de gran protagonismo literario en su tiempo.
Pero ella había comenzado a deslumbrar muy pronto de forma sumamente potente. En 1953, con tan solo 27 años, unos poemas suyos fueron leídos ante el severo juicio de un público legendario: el Grupo 47, cenáculo principal de la posguerra alemana, integrado, entre otros, por autores luego premios Nobel de Literatura, como Günter Grass y Heinrich Böll.
'Declaración de persona física', de Elfriede Jelinek: deslumbrante sátira
Nacida en Austria, un lugar que produciría, también en el Imperio Austrohúngaro, y a lo largo de las épocas, constantes casos de expatriados célebres, desde Rilke a Handke y ella misma, su vida y su obra 'Malina' (con un guion de su devota admiradora, y casi doble literario, la Premio Nobel Elfriede Jelinek) serían llevadas al cine por grandes directores como Margarethe von Trotta y Werner Schroeter.
Admirable y transgresora poeta, en un mundo devastado por la guerra que exigía «una palabra cruda y directa», Bachmann además fue autora de espléndidos relatos repartidos en volúmenes ('Ansia' y 'A los treinta años', en Siruela, o el muy impresionante 'El caso Franza' junto a 'Réquiem por Fanny Goldmann', en Akal). Estos últimos formarían parte de un ciclo, 'Modos de muerte', que planeaba como obra cumbre de su producción junto a su única novela publicada en vida, 'Malina', de 1971.
Para Bachmann, que partiría de la idea fundamental en su obra de que «los asesinos están entre nosotros», una obsesión en todo lo que escribía sería denunciar sin paliativos la violencia constante de «un fascismo de la vida privada». Jelinek lo definiría así: «Era la primera mujer de la literatura de posguerra en los países de lengua alemana que, con medios radicalmente poéticos, describió la continuación de las guerras, de la tortura, de la aniquilación, en la sociedad y en el interior de las relaciones entre hombres y mujeres».
Un verdadero sadismo y vejación en lo más íntimo de las vidas cotidianas funcionaría con el modelo de no tantas décadas atrás, de los campos de concentración. Hija ella misma de un declarado nazi, la narradora de su gran y única novela 'Malina', de descarnados y simbólicos tintes autobiográficos, le exige también a su propio padre «contestar a sus preguntas». Hasta ahora solo se ha vivido en la lucha, en medio de «una guerra eterna: aquí no se muere, aquí se acaba asesinada».
Una obsesión en todo lo que escribía sería denunciar sin paliativos la violencia constante de «un fascismo de la vida privada»
'Malina' está protagonizada por un trío: una escritora, nacida en Klagenfurt, que vive en la Viena de posguerra, junto a dos hombres, su amante Ivan y Malina, un funcionario fracasado autor de un Apócrifico inencontrable. Como dirá la excelente traductora, Isabel Hernández, en el epílogo de esta obra iluminada, como todas las suyas, por «la fe en la ética de un nuevo lenguaje», la Historia general y la historia de un individuo y sus experiencias se funden brillante y atrozmente, más que nunca, en esta autora: «Identidad e historia personal, la historia con minúsculas, y la Historia con mayúsculas, son los elementos de los que surgió la obra de esta autora que cosechó con su poesía un éxito sin precedentes (…) Bachmann sabrá dar voz a la opresión ejercida por las fuerzas del poder en un lenguaje rico en metáforas, que se convertirá a su vez en otra de sus grandes obsesiones poéticos y que solo consiguió encontrar en el intercambio epistolar con Paul Celan. Gracias a este nuevo lenguaje fue capaz de enfrentarse al pasado y a la historia, la propia, la personal, pero también a la común, llena de monstruosidades y acontecimientos terribles».
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Ingeborg Bachmann, los asesinos están entre nosotros
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