Nada ha sido igual para Manuel Vilas desde su formidable libro 'Ordesa'. De hecho, 'Islandia' quiere repetirlo, y he de decir que lo consigue por momentos. Lo que permanece desde 'Ordesa' es su voz personal, desinhibida y dispuesta a convencer al lector de que ... le está contando la vida, algo tan cierto, desdichado y por momentos feliz, como su vida. Una vida escrita desde el duelo, allá por los padres, aquí por su segundo matrimonio recién roto.
Pero una novela es también la vida de los otros, o aspira a serlo. ¡Ay de aquella novela que lo sea solo para uno y desde uno! No hay novela que no contenga parte de uno, pero las buenas, como esa grande de Proust que confiesa Vilas tener como asignatura pendiente, han logrado ir a una trascendencia respecto del yo que permite al lector sentir como suyo aquello que está leyendo.
Y estoy pensando en un lector de Tailandia, Rusia, Chile o Sudáfrica, o bien todos los españoles de dentro de unos años, que ni ahora ni entonces tienen que conocer a la mujer de Manuel Vilas, a sus suegros o la verdad que escondan o no los arrebatos y desapegos que en 'Islandia' cuenta. De los miles de lectores, ojalá sean muchos, que este libro tendrá, solo un centenar o dos sabe cuánto hay de verdad o de mentira en esta elegía por la muerte del amor de Ada, quien fue mujer de Vilas y a quien solamente cambia una letra de su nombre.
Y hemos llegado a lo que entiendo dualidad fundamental de la novela de Vilas, su ser novela y ser confesión, más a lo Rousseau que a San Agustín. En un ensayo sobre las 'Confesiones' de Rousseau, sostenía Paul de Man que en el episodio del lacito de Marion había una imposibilidad real de saber si el arrepentimiento, la culpa, la desolación del ginebrino eran o no retóricas, si formaban o no parte de la necesidad del libro y del género. Novela o confesión, he aquí la dualidad que el estupendo libro de Vilas deja sin resolver del todo.
Y ha sido bueno que no lo hiciera. Porque como novela puede ser leída por miles de divorciados o conocidos que verán representadas las menudencias de la vida de la pareja cuando se rompe, aquello que saben cierto en tantos y tantos matrimonios, la mitad de ellos llegan a separarse en España. Ahí radica el acierto de este libro, su tema es un tema de nuestro tiempo, y la novela debe representarlo.
Pero esta novela no sería la que es sin «el gran Vilas», sintagma con el que el autor se auto-representa. Ese gran Vilas es un escritor brillante (hay mucha brillantez en las metáforas y en el modo de resolver situaciones triviales, como las narradas en América), también hay mucho humor. Manuel Vilas es gracioso, y por último, 'but not least', hay fragilidad. El libro revela a un hombre mayor, frágil, maniático, necesitado de tranquilizantes para dormir, inseguro y contradictorio.
Aunque considero que abusa algo de la repetición de angustias y de la recreación de situaciones, y que la novela se habría beneficiado de una poda, el resultado merece mucho la pena, por eso, por encontrarte a alguien que quiere convencerte de que su dolor es tanto que pide que te pongas de su lado. Ignoro si la exmujer lo leerá con igual comprensión, pero no deja el lector de celebrar que Vilas haya sido ese Vilas de 'Ordesa', que no renuncia a su yo hipertrofiado, tras cuya retórica confesional late un buen poeta, brasas verdaderas en este incendio de teatro.
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