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Julian Barnes, el hombre que nunca se daba importancia

Julian Barnes, el hombre que nunca se daba importancia
Artículo Completo 1,328 palabras
Enfrentado a la complicada tarea de traducir 'Flaubert's Parrot' (El loro de Flaubert) al español, pedí a Jorge Herralde que me facilitara algún modo de comunicarme con el autor. Creo que a través de Pat Kavanagh, la agente, y entonces esposa del autor de esa muy singular novela-o-lo-que-fuera, me dieron un teléfono. Cuando le llamé me contestó con un acento inglés perfectamente comprensible, como el de un locutor de la BBC . Ni sombra en su voz de los tonos universitarios, del acento cockney, o del especialísimo que emplean la aristocracia y sus principales ejemplares, los monarcas. El original inglés del libro de Barnes estaba atiborrado de citas del francés , tanto de la correspondencia del grafómano Gustave Flaubert , como de sus novelas y alguna fuente más. Todo ello aparecía, traducido, en el inglés de su autor, de modo que se fundía perfectamente la narración con las sobreabundantes citas. ¿Qué hacer?, dije, en un descuido de viejo leninista venido a menos . Noticia Relacionada estandar Si Enrique Murillo, editor: «Hoy se busca el 'best seller' y autores muy buenos se quedan en el cajón» Sergi Doria Se hizo editor porque le daba pereza escribir. Ahora recupera cierto tiempo perdido y se despacha a gusto con sus memorias, 'Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición', un compendio de los aciertos y las miserias del sector en EspañaTraducir del inglés al español los originales franceses era una aberración inempeorable. Buscar a partir del inglés los originales franceses suponía un año entero de búsqueda a precio de traductor del montón, que es lo que yo cobraba. Por eso quería hablar con Barnes, quien me atendió con amabilidad carente por completo de toda presuntuosidad. Es cierto que aún era muy desconocido, pues solo aquel libro le condujo en unos meses más a la fama , tras varios libros que no tuvieron apenas eco. Y no sólo conservaba el escritor las fichas de todas las citas, con su correspondiente referencia a los originales y a la página de su libro en inglés, sino que se avino a enviarme aquel tesoro , ya no recuerdo por qué método. Con esas facilidades, cualquier error de la traducción es mía, aunque en ésa como otras ocasiones firmé Antonio Mauri (uso mi tercer nombre y el segundo apellido de mi padre). No me llamo en cambio Hegewicz, pero así firmé mi librito de poemas y un montón de traducciones. En sus mejores libros no hay ni un solo alarde, ni un solo intento de dejar boquiabierto al lector. Lo suyo es la brillantez de lo sencillo para hacer cosas realmente complejasBarnes ha practicado, en sus mejores libros, un tipo de novela-ensayo-llámelo-usted-como-quiera en donde, sin los alardes de otros postmodernos como mi admirado Nabokov sino con naturalidad y sin darse importancia por este hecho, juega a combinar géneros y estilos como le viene en gana, como necesita su historia, la que quiere contar. El resultado es como él: ni un solo alarde, ni un solo intento de dejar boquiabierto al lector. Lo suyo es la brillantez de lo sencillo para hacer cosas realmente complejas. Aquella relación mía con Barnes continuó con los años. En 1989, cuando fui redactor jefe de 'El Europeo', a donde llevé textos de Amis y Wolfe, entre otros, decidí con mi equipo dedicar en verano unas páginas al mundial de fútbol, y pedí a Barnes que escribiera sobre la selección de Inglaterra. Le había leído cosas sobre fútbol en los diarios británicos. Aquella pieza maravillosa era durísima como crítica de la sociedad inglesa, y divertida a morir . Porque se centraba en el mejor futbolista inglés de la época, John Barnes, un extremo zurdo que desbordaba a su marcador como si bailara al son de Tchaikovski , que tenía gol (más de cien tantos en el Liverpool durante diez años), que jugaba al primer toque y gustaba del fútbol combinativo, esa cosa tan escasamente viril y antibritánica en aquellos tiempos. Pero no era eso lo peor. Pues Barnes (me refiero al futbolista, disculpen el jaleo) era jamaicano, un mestizo. Por lo cual, incluso jugando con la camiseta de la selección inglesa, sus compatriotas le abucheaban y le gritaban el peor insulto posible: «¡¡Negro¡¡».  Julian Barnes ha escrito toda la vida como jugaba a fútbol John Barnes (repito), con la elegancia de la sencillez aparente. Si me atreví a encargarle una pieza así para una publicación española, cosa que aceptó como si le propusiera hacer algo divertidísimo, es porque sabía por experiencia que él era asíSi me atreví a encargarle una pieza así para una publicación española, cosa que aceptó como si le propusiera hacer algo divertidísimo , es porque sabía por experiencia que él era así. Y porque había ejercitado mucho el periodismo. Antes de 'El loro de Flaubert', cuyo éxito británico e internacional le permitió dedicarse solo a escribir, y después. Ya que no abandonó las colaboraciones periodísticas, como su artículo en 'The New Yorker' , Barnes había trabajado en el diccionario Oxford como lexicógrafo y, sobre todo, luego como periodista. De 1976 a 1981 tuvo un sueldo de tres mil libras en el 'New Statesman' (no mucho más de lo que yo cobraba de Europa Press como corresponsal en Londres unos años atrás), a las órdenes de Martin Amis , quien consideraba que Barnes lo hacía bien, quizás porque era muy callado y porque le hacía el trabajo sucio. En las reuniones con Martin Amis, redactor jefe, y sus amigotes Christopher Hitchens y James Fenton, el recién llegado Barnes se limitaba a escuchar la conversaciónEn las reuniones con Amis, redactor jefe, y sus amigotes Christopher Hitchens y James Fenton, el recién llegado Barnes se limitaba a escuchar la conversación de aquellos arrogantes jóvenes que estaban de vuelta de todo. Él se dedicaba a corregir pruebas, escribir reseñas , y cosas delicadas como, por ejemplo, despedir a un crítico al que Amis detestaba. Así, le vio en la recepción y le dijo que no iban a encargarle más reseñas. Cuando el pobre reseñista de ocasión pidió a Barnes alguna clase de explicación para aquel feo que le estaban haciendo, el chico de los recados de la redacción tuvo que inventar algo, e improvisó: «Es que las editoriales ya no nos mandan libros ». Eso sí, Barnes podía alardear de que era el campeón de ping-pong en la redacción, porque lo que es Amis, de ese deporte no tenía ni idea. Luego le encargaron otro pestiño, sustituir al crítico de televisión de la revista y se reveló como un maestro del humor y la seriedad combinados, con gran éxito. Tanto que 'The Observer' lo fichó posteriormente, y con un pago elevado, para encargarle que llevara esa sección, que comenzó a ser de las más leídas. Reír es algo popular, sin duda. Su crónica del fracaso inglés en cierta convocatoria del festival de Eurovisión marcó una época. Cuando se soltaba, Barnes podía conseguir que un país entero se partiera de risa . Acabó siendo el mejor humorista de su tiempo. Y uno de los mejores narradores de su época. Pero jamás se dio importancia.

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Enfrentado a la complicada tarea de traducir 'Flaubert's Parrot' (El loro de Flaubert) al español, pedí a Jorge Herralde que me facilitara algún modo de comunicarme con el autor. Creo que a través de Pat Kavanagh, la agente, y entonces esposa del autor ... de esa muy singular novela-o-lo-que-fuera, me dieron un teléfono. Cuando le llamé me contestó con un acento inglés perfectamente comprensible, como el de un locutor de la BBC. Ni sombra en su voz de los tonos universitarios, del acento cockney, o del especialísimo que emplean la aristocracia y sus principales ejemplares, los monarcas.

El original inglés del libro de Barnes estaba atiborrado de citas del francés, tanto de la correspondencia del grafómano Gustave Flaubert, como de sus novelas y alguna fuente más. Todo ello aparecía, traducido, en el inglés de su autor, de modo que se fundía perfectamente la narración con las sobreabundantes citas. ¿Qué hacer?, dije, en un descuido de viejo leninista venido a menos.

Se hizo editor porque le daba pereza escribir. Ahora recupera cierto tiempo perdido y se despacha a gusto con sus memorias, 'Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición', un compendio de los aciertos y las miserias del sector en España

Traducir del inglés al español los originales franceses era una aberración inempeorable. Buscar a partir del inglés los originales franceses suponía un año entero de búsqueda a precio de traductor del montón, que es lo que yo cobraba. Por eso quería hablar con Barnes, quien me atendió con amabilidad carente por completo de toda presuntuosidad. Es cierto que aún era muy desconocido, pues solo aquel libro le condujo en unos meses más a la fama, tras varios libros que no tuvieron apenas eco.

Y no sólo conservaba el escritor las fichas de todas las citas, con su correspondiente referencia a los originales y a la página de su libro en inglés, sino que se avino a enviarme aquel tesoro, ya no recuerdo por qué método. Con esas facilidades, cualquier error de la traducción es mía, aunque en ésa como otras ocasiones firmé Antonio Mauri (uso mi tercer nombre y el segundo apellido de mi padre). No me llamo en cambio Hegewicz, pero así firmé mi librito de poemas y un montón de traducciones.

En sus mejores libros no hay ni un solo alarde, ni un solo intento de dejar boquiabierto al lector. Lo suyo es la brillantez de lo sencillo para hacer cosas realmente complejas

Barnes ha practicado, en sus mejores libros, un tipo de novela-ensayo-llámelo-usted-como-quiera en donde, sin los alardes de otros postmodernos como mi admirado Nabokov sino con naturalidad y sin darse importancia por este hecho, juega a combinar géneros y estilos como le viene en gana, como necesita su historia, la que quiere contar. El resultado es como él: ni un solo alarde, ni un solo intento de dejar boquiabierto al lector. Lo suyo es la brillantez de lo sencillo para hacer cosas realmente complejas.

Aquella relación mía con Barnes continuó con los años. En 1989, cuando fui redactor jefe de 'El Europeo', a donde llevé textos de Amis y Wolfe, entre otros, decidí con mi equipo dedicar en verano unas páginas al mundial de fútbol, y pedí a Barnes que escribiera sobre la selección de Inglaterra. Le había leído cosas sobre fútbol en los diarios británicos. Aquella pieza maravillosa era durísima como crítica de la sociedad inglesa, y divertida a morir. Porque se centraba en el mejor futbolista inglés de la época, John Barnes, un extremo zurdo que desbordaba a su marcador como si bailara al son de Tchaikovski, que tenía gol (más de cien tantos en el Liverpool durante diez años), que jugaba al primer toque y gustaba del fútbol combinativo, esa cosa tan escasamente viril y antibritánica en aquellos tiempos.

Pero no era eso lo peor. Pues Barnes (me refiero al futbolista, disculpen el jaleo) era jamaicano, un mestizo. Por lo cual, incluso jugando con la camiseta de la selección inglesa, sus compatriotas le abucheaban y le gritaban el peor insulto posible: «¡¡Negro¡¡». 

Julian Barnes ha escrito toda la vida como jugaba a fútbol John Barnes (repito), con la elegancia de la sencillez aparente.

Si me atreví a encargarle una pieza así para una publicación española, cosa que aceptó como si le propusiera hacer algo divertidísimo, es porque sabía por experiencia que él era así

Si me atreví a encargarle una pieza así para una publicación española, cosa que aceptó como si le propusiera hacer algo divertidísimo, es porque sabía por experiencia que él era así. Y porque había ejercitado mucho el periodismo. Antes de 'El loro de Flaubert', cuyo éxito británico e internacional le permitió dedicarse solo a escribir, y después. Ya que no abandonó las colaboraciones periodísticas, como su artículo en 'The New Yorker', Barnes había trabajado en el diccionario Oxford como lexicógrafo y, sobre todo, luego como periodista.

De 1976 a 1981 tuvo un sueldo de tres mil libras en el 'New Statesman' (no mucho más de lo que yo cobraba de Europa Press como corresponsal en Londres unos años atrás), a las órdenes de Martin Amis, quien consideraba que Barnes lo hacía bien, quizás porque era muy callado y porque le hacía el trabajo sucio.

En las reuniones con Martin Amis, redactor jefe, y sus amigotes Christopher Hitchens y James Fenton, el recién llegado Barnes se limitaba a escuchar la conversación

En las reuniones con Amis, redactor jefe, y sus amigotes Christopher Hitchens y James Fenton, el recién llegado Barnes se limitaba a escuchar la conversación de aquellos arrogantes jóvenes que estaban de vuelta de todo. Él se dedicaba a corregir pruebas, escribir reseñas, y cosas delicadas como, por ejemplo, despedir a un crítico al que Amis detestaba. Así, le vio en la recepción y le dijo que no iban a encargarle más reseñas. Cuando el pobre reseñista de ocasión pidió a Barnes alguna clase de explicación para aquel feo que le estaban haciendo, el chico de los recados de la redacción tuvo que inventar algo, e improvisó: «Es que las editoriales ya no nos mandan libros».

Eso sí, Barnes podía alardear de que era el campeón de ping-pong en la redacción, porque lo que es Amis, de ese deporte no tenía ni idea. Luego le encargaron otro pestiño, sustituir al crítico de televisión de la revista y se reveló como un maestro del humor y la seriedad combinados, con gran éxito. Tanto que 'The Observer' lo fichó posteriormente, y con un pago elevado, para encargarle que llevara esa sección, que comenzó a ser de las más leídas. Reír es algo popular, sin duda. Su crónica del fracaso inglés en cierta convocatoria del festival de Eurovisión marcó una época. Cuando se soltaba, Barnes podía conseguir que un país entero se partiera de risa. Acabó siendo el mejor humorista de su tiempo. Y uno de los mejores narradores de su época. Pero jamás se dio importancia.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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