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La centenaria nueva novela de Hemingway

La centenaria nueva novela de Hemingway
Artículo Completo 1,277 palabras
«Nuestra herencia no está precedida por ningún testamento», decía René Char y glosaba Hannah Arendt para explicarse el hundimiento de la tradición en el siglo XX. Se trata de una certeza que probablemente esté alcanzando su confirmación definitiva en nuestro tiempo. Somos legatarios de un pasado que ha dejado de tener un orden porque la autoridad que lo detentaba ha sido impugnada. Como decía Arendt, la situación nos permite por una parte sumergirnos con mayor libertad entre las ruinas, aunque al mismo tiempo hayamos perdido capacidad de movernos en el medio invisible. A la hora de volver a los autores que nos han importado, no hay que olvidar esta cuestión, entre otras cosas porque nos permite ver con mayor claridad y acaso convertir la relectura en un verdadero descubrimiento . La posteridad de Ernest Hemingway está siendo en ese sentido bastante elocuente. De haber sido en vida el epítome del escritor varonil, poco a poco ha ido emergiendo una personalidad mucho menos granítica, sexualmente ambigua y más frágil de lo que aparentaba. Su biógrafa Mary V. Dearborn ha llegado incluso a calificarlo de «queer» , fascinado por la androginia y reacio a aceptar los patrones de género. Su novela póstuma 'El jardín del Edén' (1986) descubrió de hecho una imaginación mucho más abierta en ese sentido. El protagonista, David Bourne, experimenta con la subversión de las clásicas identidades sexuales, como si el propio Hemingway hubiera querido socavar el mito que él mismo se había forjado en la leyenda de su fama icónica. Scott Fitzgerald nunca dejó de ocupar eb Hemingway el puesto de rival obsesionante que Marlowe fue para ShakespeareHemingway, por tanto, es para nosotros un escritor mucho más rico y cautivante. La característica sobriedad de su estilo y de su concepción formal –la célebre teoría del iceberg– adquiere hoy mayor sentido y vibración, pues sus silencios, lo mismo que sus elipsis o sus abruptas supresiones, se han cargado de mayor significado. Lejos de acartonarse en arquetipos superados, como quieren ciertos discursos académicos viciosos y miopes, sus personajes tienen hoy más vida porque ahora sabemos mucho más acerca de su soledad , de sus frustraciones, de todo lo que se escondía tras su impotencia o su falta de lenguaje para abordar traumas y heridas. La buena literatura, como quería Kafka , suele ser un reloj que adelanta. La observación de T. S. Eliot sigue siendo válida: «Algunos creen que los escritores muertos están muy alejados de nosotros porque sabemos más que ellos, pero justamente ellos son lo que nosotros sabemos». 'The Sun Also Rises', que en España se conoció enseguida como 'Fiesta', cumple este año un siglo y reaparece con una intensidad inesperada. Para empezar, los lectores de este país tienen la suerte de contar con una nueva y espléndida traducción de Miguel Temprano García, que recupera el título original, 'El sol también se levanta' (Lumen). Temprano García, que va camino de convertirse en el oficioso «traductor laureado» de la literatura anglosajona en español, no solo restaura un texto que había conocido versiones muy deficientes, devolviéndole toda su frescura, sino que incluso da a las escenas de tauromaquia un calor y una precisión superiores al original, reintegrándoles la exactitud y los matices de la lengua en la que fueron concebidas. Esta nueva traducción y puesta al día coincide además con la publicación de un ensayo de Rodrigo Fresán sobre la novela titulado 'Sol y sombra y fiesta' (lo publica Debate el 17 de septiembre), un opúsculo 'pendant' de 'El pequeño Gatsby', otro homenaje a otra gran novela de entreguerras también ya centenaria, obra de un Scott Fitzgerald que nunca dejó de ocupar en la mente de Hemingway el puesto de rival obsesionante que Marlowe fue para Shakespeare. Fresán ha hecho del comentario a los escritores de su canon un género en sí mismo, gracias sobre todo a un dominio casi inverosímil de las anécdotas y las influencias, los ecos y las metamorfosis en la cultura popular que conforman el cosmos de las novelas que venera. Incluso los detalles más triviales adquieren en su voz un especial relumbre mítico , inducido por esa genuina fruición en la lectura que resulta siempre contagiosa y fértil. «Falta de remedio de la vida»Todo lo que humanamente se puede saber sobre la génesis del clásico está ahí dispuesto con inteligencia y una especie de virtuosismo de la cita y de la nota, aderezado con un irreductible sentido del humor. De hecho, se podría decir que estos ensayos de Fresán constituyen un modelo de divulgación muy pertinente y adecuado en estos tiempos de herencia sin testamento. Esperemos que no tarde en darnos otro, sobre John Cheever, pongamos. La guía de Fresán permite además dotarse de elementos para articular la propia relectura. Para quien esto escribe la novela ha evidenciado ahora más que nunca su bien asimilada influencia stendhaliana. En alguna nota del ensayo de Fresán nos enteramos de que Hemingway, tras la experiencia de la Primera Guerra Mundial , se encontró con que la paz , comparada con la experiencia bélica, no le servía para la escritura . Y que fue justamente la necesidad de nutrir su imaginación con algo que no fuera trivial lo que le impulsó a bajar a España y aficionarse a la tauromaquia. El viaje al sur del propio Hemingway –y el de la comparsa de amigos extraviados en la novela– se puede ver así como una réplica desencantada de la huida de Stendhal a Italia , la patria que siempre quiso tener quien eligió morir como italiano. Pero todo lo que allí abajo era, para el francés, belleza, amor, música y arte, se convierte en Pamplona, para el narrador expatriado, en una función sobre la «falta de remedio de la vida», la verdad que a Hemingway se le reveló como constitutiva de la fiesta de los toros en 'Muerte en la tarde'. Hay una escena en concreto en la que Hemingway demuestra que, ya en esa primera novela, era un artista consumado. Jake y Bill deciden irse a Burguete a pescar y de camino pasan por Roncesvalles. «Ahí tienes Roncevaux», le dice Jake. A lo que Bill contesta solo: «Aquí hace mucho frío». Hemingway no añade nada más, pero el lector puede oír mucho más lejos y captar la referencia a la 'Canción de Roldán'. En el paso de Roncesvalles, la retaguardia de Carlomagno fue derrotada. Jake y Bill vienen de una guerra en la que se liquidó para siempre el heroísmo y se descubrió una nueva forma de aniquilamiento que vació la vida . Ahí está toda la novela y la herencia que deberíamos reclamar.

«Nuestra herencia no está precedida por ningún testamento», decía René Char y glosaba Hannah Arendt para explicarse el hundimiento de la tradición en el siglo XX. Se trata de una certeza que probablemente esté alcanzando su confirmación definitiva en nuestro tiempo.

Somos legatarios ... de un pasado que ha dejado de tener un orden porque la autoridad que lo detentaba ha sido impugnada. Como decía Arendt, la situación nos permite por una parte sumergirnos con mayor libertad entre las ruinas, aunque al mismo tiempo hayamos perdido capacidad de movernos en el medio invisible.

A la hora de volver a los autores que nos han importado, no hay que olvidar esta cuestión, entre otras cosas porque nos permite ver con mayor claridad y acaso convertir la relectura en un verdadero descubrimiento.

Belmonte y Hemingway, una amistad más allá del toreo

La posteridad de Ernest Hemingway está siendo en ese sentido bastante elocuente. De haber sido en vida el epítome del escritor varonil, poco a poco ha ido emergiendo una personalidad mucho menos granítica, sexualmente ambigua y más frágil de lo que aparentaba. Su biógrafa Mary V. Dearborn ha llegado incluso a calificarlo de «queer», fascinado por la androginia y reacio a aceptar los patrones de género.

Su novela póstuma 'El jardín del Edén' (1986) descubrió de hecho una imaginación mucho más abierta en ese sentido. El protagonista, David Bourne, experimenta con la subversión de las clásicas identidades sexuales, como si el propio Hemingway hubiera querido socavar el mito que él mismo se había forjado en la leyenda de su fama icónica.

Scott Fitzgerald nunca dejó de ocupar eb Hemingway el puesto de rival obsesionante que Marlowe fue para Shakespeare

Hemingway, por tanto, es para nosotros un escritor mucho más rico y cautivante. La característica sobriedad de su estilo y de su concepción formal –la célebre teoría del iceberg– adquiere hoy mayor sentido y vibración, pues sus silencios, lo mismo que sus elipsis o sus abruptas supresiones, se han cargado de mayor significado. Lejos de acartonarse en arquetipos superados, como quieren ciertos discursos académicos viciosos y miopes, sus personajes tienen hoy más vida porque ahora sabemos mucho más acerca de su soledad, de sus frustraciones, de todo lo que se escondía tras su impotencia o su falta de lenguaje para abordar traumas y heridas. La buena literatura, como quería Kafka, suele ser un reloj que adelanta. La observación de T. S. Eliot sigue siendo válida: «Algunos creen que los escritores muertos están muy alejados de nosotros porque sabemos más que ellos, pero justamente ellos son lo que nosotros sabemos».

'The Sun Also Rises', que en España se conoció enseguida como 'Fiesta', cumple este año un siglo y reaparece con una intensidad inesperada. Para empezar, los lectores de este país tienen la suerte de contar con una nueva y espléndida traducción de Miguel Temprano García, que recupera el título original, 'El sol también se levanta' (Lumen).

Temprano García, que va camino de convertirse en el oficioso «traductor laureado» de la literatura anglosajona en español, no solo restaura un texto que había conocido versiones muy deficientes, devolviéndole toda su frescura, sino que incluso da a las escenas de tauromaquia un calor y una precisión superiores al original, reintegrándoles la exactitud y los matices de la lengua en la que fueron concebidas.

Esta nueva traducción y puesta al día coincide además con la publicación de un ensayo de Rodrigo Fresán sobre la novela titulado 'Sol y sombra y fiesta' (lo publica Debate el 17 de septiembre), un opúsculo 'pendant' de 'El pequeño Gatsby', otro homenaje a otra gran novela de entreguerras también ya centenaria, obra de un Scott Fitzgerald que nunca dejó de ocupar en la mente de Hemingway el puesto de rival obsesionante que Marlowe fue para Shakespeare. Fresán ha hecho del comentario a los escritores de su canon un género en sí mismo, gracias sobre todo a un dominio casi inverosímil de las anécdotas y las influencias, los ecos y las metamorfosis en la cultura popular que conforman el cosmos de las novelas que venera. Incluso los detalles más triviales adquieren en su voz un especial relumbre mítico, inducido por esa genuina fruición en la lectura que resulta siempre contagiosa y fértil.

Todo lo que humanamente se puede saber sobre la génesis del clásico está ahí dispuesto con inteligencia y una especie de virtuosismo de la cita y de la nota, aderezado con un irreductible sentido del humor. De hecho, se podría decir que estos ensayos de Fresán constituyen un modelo de divulgación muy pertinente y adecuado en estos tiempos de herencia sin testamento. Esperemos que no tarde en darnos otro, sobre John Cheever, pongamos.

La guía de Fresán permite además dotarse de elementos para articular la propia relectura. Para quien esto escribe la novela ha evidenciado ahora más que nunca su bien asimilada influencia stendhaliana. En alguna nota del ensayo de Fresán nos enteramos de que Hemingway, tras la experiencia de la Primera Guerra Mundial, se encontró con que la paz, comparada con la experiencia bélica, no le servía para la escritura. Y que fue justamente la necesidad de nutrir su imaginación con algo que no fuera trivial lo que le impulsó a bajar a España y aficionarse a la tauromaquia. El viaje al sur del propio Hemingway –y el de la comparsa de amigos extraviados en la novela– se puede ver así como una réplica desencantada de la huida de Stendhal a Italia, la patria que siempre quiso tener quien eligió morir como italiano. Pero todo lo que allí abajo era, para el francés, belleza, amor, música y arte, se convierte en Pamplona, para el narrador expatriado, en una función sobre la «falta de remedio de la vida», la verdad que a Hemingway se le reveló como constitutiva de la fiesta de los toros en 'Muerte en la tarde'.

Hay una escena en concreto en la que Hemingway demuestra que, ya en esa primera novela, era un artista consumado. Jake y Bill deciden irse a Burguete a pescar y de camino pasan por Roncesvalles. «Ahí tienes Roncevaux», le dice Jake. A lo que Bill contesta solo: «Aquí hace mucho frío». Hemingway no añade nada más, pero el lector puede oír mucho más lejos y captar la referencia a la 'Canción de Roldán'. En el paso de Roncesvalles, la retaguardia de Carlomagno fue derrotada. Jake y Bill vienen de una guerra en la que se liquidó para siempre el heroísmo y se descubrió una nueva forma de aniquilamiento que vació la vida. Ahí está toda la novela y la herencia que deberíamos reclamar.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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