¿Han visto ustedes que, cada vez con más frecuencia, el cadáver está ausente en los ritos funerales? ¿Y que las ceremonias de despedida de nuestros muertos se hacen de manera casi privada, y de una manera rápida, expedita? Los rituales de duelo están ... cambiando con una rapidez asombrosa. Tal vez a esos cambios, como a tantas otras cosas, contribuyó la pandemia: el temor al contagio hizo que se obviaran la velación y el entierro, al menos de forma tradicional, porque todos estábamos en nuestras casas eludiendo la presencia del otro.
La diferencia con lo que pasaba en otros tiempos, cuando la peste asolaba ciudades enteras y los cadáveres iban a parar en un dos por tres a las fosas comunes, rociados de cal viva, es que en esta ocasión todo se despachó de manera relativamente aséptica. Y de esa asepsia hizo parte la virtualidad: parientes y amigos prendían sus pantallas para acompañar a los deudos, que en número mínimo rodeaban el cadáver, no sin terror a su propia muerte. La virtualidad se volvió costumbre una vez terminó la pandemia: un link, y desde la casa, tal vez tomándonos un café o mientras cocinamos, podemos asistir a un entierro.
Las cifras dicen que la opción de la cremación empieza a prevalecer hoy, por lo menos en nuestras culturas, sobre el enterramiento. La consecuencia es que los cementerios en forma de jardines, que aparecieron en los Estados Unidos en el siglo XIX como una alternativa paisajística a la vez más serena y más práctica -y probablemente más económica- tienden a desaparecer. Ya estos mostraban el deseo de eludir la imagen de la descomposición que genera la tumba. Es decir, de desterrar la imagen del cadáver. Pero, además, como lo señala Norbert Elías en su bello libro 'La soledad de los moribundos', en esos mismos jardines-cementerio el cuidado de las tumbas pasó a manos de especialistas, porque cuidar de las lápidas para muchos es algo engorroso.
De ahí pasamos a preferir la cremación. Pero, ¿y qué hacer con las cenizas? Al paso que vamos, ellas también pueden llegar a incomodarnos. Es posible, pues, que en poco tiempo la sociedad higienista logre desintegrar ciento por ciento los cadáveres de nuestros muertos y hacer que vivan solo en la nube y en algunos corazones.
Lo primero que se pone en peligro con la desaparición de los rituales de la muerte es, como lo señala Byung-Chul Han, la cohesión de la comunidad. Se privilegia lo íntimo, casi secreto, lo cual resulta curioso en una época donde todo se exhibe en redes, desde el cuerpo hasta la comida que estamos consumiendo. Y se nos libera de la expresión de las emociones, e incluso del lenguaje formulario que usamos en esas circunstancias, pues resulta cada vez más insuficiente. Pero también estamos, cada vez más, anulando los rituales de cierre, que «configuran las transiciones esenciales de la vida», que la ordenan, y nos llaman a hacer pausa.
Así como nadie se muere la víspera, nadie se muere a una hora conveniente para todos. Una muerte interrumpe. Borges cuenta en alguna parte cómo su abuela, una inglesa de discreta elegancia, pedía perdón a la familia por estarse muriendo tan lentamente. Qué diría hoy, en que vivimos condenados a la prisa.
Que los entierros sean más cortos y privados nos aligeran la vida, nos la alivian, es cierto, pero también la van despojando de sus hitos simbólicos y reduciendo nuestra capacidad de empatía. Y es que es más cómodo no acercarnos a la muerte de los otros, no sea que nos recuerde que todos somos polvo y en polvo nos convertiremos.
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