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La lucha del calzado español por su supervivencia: "Desde la UE no podemos competir y es difícil encontrar a chavales interesados"

La lucha del calzado español por su supervivencia: "Desde la UE no podemos competir y es difícil encontrar a chavales interesados"
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El sector, uno de los puntales de la industria nacional, afronta una caída de empresas y producción de la que intenta salir con calidad y alternativas- En Elche, Arnedo o Illueca señalan a la competencia asiática, los elevados costes laborales y el difícil relevo generacional Leer

La industria del calzado no vive su mejor momento y se reinventa día a día. Desde la pandemia, la producción comenzó a caer en picado, muchas empresas han cerrado y la falta de relevo generacional se ha hecho cada vez más pronunciada, llevando a uno de los sectores económicos dominantes en España a experimentar una profunda crisis.

Que a la industria se le están empezando a marcar las costillas es una realidad. Según datos aportados por la Federación de Industrias del Calzado Español (Fice) a EL MUNDO, en 2019 un total de 3.172 empresas producían zapatos en España, dando empleo a 27.503 personas. En 2024, eran 2.466 las compañías supervivientes y 24.210 los trabajadores del sector. Una reducción del 11,97% del músculo productivo en cinco años.

«Estamos en un momento complicado. Somos un sector que necesita mucha mano de obra y, en España, los costes laborales no dejan de aumentar. No estamos en contra de que mejoren las condiciones de nuestros trabajadores, pero este hecho hace que el empresario se vea incapaz de competir con otros países en los que contratar es más económico», explica Vicente Pastor, presidente de Fice.

En ese sentido, apunta a la producción asiática como la «mayor amenaza» que afronta la industria del calzado y no esconde la «necesidad» de «tratar de concienciar a las administraciones de que se tienen que tomar medidas ante la invasión de plataformas de comercio digitales (Shein, Temu, Hacco) que venden productos que no se tienen que hacer cargo de los costes que nosotros debemos asumir por estar en la UE».

El pasado 5 de marzo, Fice, junto a otras asociaciones pertenecientes al sector del calzado y marroquinería, lanzó una declaración conjunta contra el modelo fast-fashion que está torturando al sector en España y criticar la escasez de controles técnicos y de calidad a los que son sometidos estos productos en comparación con los españoles. «Son 400 millones de paquetes procedentes de estas plataformas los que recibió nuestro país en 2025. No pedimos que se pongan puertas al campo, pero sí que todos debamos operar en el mismo escenario de responsabilidad y solidaridad», sentencia Pastor.

El escrito de protesta fue firmado en Elche (Alicante), el epicentro de la producción zapatera nacional y uno de los mayores clústeres industriales de Europa. La ciudad fue la máxima exponente del boom que experimentó el calzado en España en la década de los 60. Antes incluso de que se produjera esa expansión, Pedro Miralles ya había fundado la empresa homónima con la que se convertiría en uno de los principales artífices de la difusión internacional de la industria. Falleció el 20 de marzo de 2024 y fue su hijo, también llamado Pedro y apellidado Miralles, quien le cogió el testigo. Su compañía fabrica calzado destinado a mujeres, que venden a través de pedidos pequeños con los que buscan competir con otros mercados en diseño y en calidad, «pero no en el precio porque estaríamos muertos».

Miralles rememora en conversación con EL MUNDO los tiempos en los que en Elche había «más de 800 empresas dedicadas a la fabricación del calzado» y lamenta que «ahora no llegaremos ni al medio centenar». Asegura que la empresa se mantiene bien económicamente, impulsada por el crecimiento del negocio online, que supone entre el 12% y el 15% de las ventas que realiza por todo el mundo. Pese a ello, lamenta la falta de recepción de ayuda de parte de las administraciones y la integración de los contratos fijos discontinuos como indefinidos. «Es una figura que nos ha hecho sobrevivir durante años y esto puede ser la muerte del sector, porque cada día es más estacional», expresa.

Pedro Miralles asegura que quiere estar vendiendo zapatos, como mínimo, otros 60 años y para ello trata de incentivar el necesario relevo generacional a través de la contratación de jóvenes llegados de cursos de FP, ya que «es difícil encontrar a chavales interesados en la fabricación del calzado».

Toni Galán

La escasez sucesoria es un problema que corrompe al sector. Es de lo que más adolecen compañías como Carmina Shoemaker, dedicada a la elaboración de un calzado «más artesanal, que tiene la calidad del producto como primer objetivo». Lo explica Sandro Albaladejo, director de la empresa: «Al estar ubicados en Mallorca, competimos directamente con el turismo para contratar gente joven. Nuestra marca demanda una habilidad artesanal muy elevada y aquí es difícil que un chico nos pueda prestar un buen servicio sin al menos un año de formación».

Este problema no impide a Carmina tener tiendas físicas en Nueva York, París, Tokio, Londres o Múnich, así como conocer la forma de «crear una hoja de ruta segura a medio y largo plazo»: «Elevar el precio y la calidad del producto y centrar los esfuerzos en armar una marca que haga de la compra del zapato una experiencia».

Ese es el camino que también han tomado en la localidad riojana de Arnedo, considerada como el segundo mayor centro de producción de calzado de España. Allí, las empresas plantan cara a la crisis del sector a través de la «diferenciación» de sus productos con el aumento de su calidad.

Basilio García es CEO de Callaghan, una de las compañías con mayor arraigo en este territorio, y analiza que el mundo del calzado vive «una transformación radical» que nos obliga a «reposicionarnos». Así, reivindica que la empresa que fundó su padre hace 58 años ha comenzado a apostar por «una tecnología propia y exclusiva» que hace que «nuestra calidad sea muy valorada en el exterior». Un exterior con el que, denuncia, «desde España y la UE no podemos competir, porque tenemos que cumplir una serie de requisitos para fabricar que en China ni conocen». Por ello, reclama «incentivos o ayudas por parte del Gobierno que premien a las empresas que están invirtiendo en el sector, pero la realidad es que nadie atiende a nuestras reclamaciones».

Su pensamiento es compartido por Silvia Hernández, CEO de Pitillos, otra histórica marca de calzado de Arnedo. Ella apunta a que «en España los empresarios debemos luchar contra una serie de barreras que están ahí impuestas» y «cada uno debemos trabajar con nuestras herramientas para sacar el negocio adelante». En su caso, el útil que más destaca es la historia de 45 años de la compañía acompañada de una «buena experiencia de compra». En Pitillos, ese proceso lo muestran al mundo a través de eventos con influencers. En ellos enseñan el proceso íntegro de fabricación de los zapatos «para que lo compartan en sus redes sociales y llegar, de esa forma, al consumidor final».

En otros casos, el negocio del calzado ha evolucionado de otra manera, especialmente en zonas muy castigadas. Es el caso de Illueca, un pequeño rincón de la provincia de Zaragoza que supo cómo convertirse en referente de este espacio económico en los años 40, a través de la tradición adquirida del cuidado del cuero, y de la que hoy apenas queda nada.

Desde el inicio de este siglo, en esta comarca de Aranda se han destruido más de 1.500 empleos. Este es el mal que ha llevado a esta zona a convertirse en la más afectada por la despoblación, con la pérdida de una cuarta parte de sus habitantes en poco más de 30 años. Sin embargo, pese a estar desangrándose, Illueca mantiene su potencial de producción gracias a un polígono industrial capaz de acoger a cualquier compañía zapatera interesada en instalarse en el territorio.

Una de las primeras firmas en llegar a esta localidad ha sido Crowhill Shoes, dedicada a la fabricación de calzados de alta gama y fundada por los hermanos Carlos y Fernando López. El primero de ellos abre las puertas de su fábrica a EL MUNDO para mostrar cómo construyen calzado a través de la técnica Goodyear Welted, que permite sacar la suela una vez esta desgastada para coser una nueva.

Toni Galán

En tan solo unos meses, han montado un centro de producción "único" en España, con máquinas fabricadas en la época de la revolución industrial y que forman una cadena de montaje en la que ya participan hasta 20 empleados. "Queremos potenciar el desarrollo de la comarca del Aranda apostando por sistemas de construcción de calzado de alto valor añadido", apunta en una entrevista con este periódico.

La ambición del dueño de Crownhill sigue la estela de las intenciones demostradas por el mayor empresario instalado en el territorio. José María Pozas es, junto a su mujer María Alfonso, dueño de Paris/64. Esta firma de bolsos de alta gama nació en 2019 con la intención de expandirse por todo el mundo y hoy, apenas siete años después, sus propietarios atienden a este periódico mientras reciben un goteo constante de ventas llegadas desde Japón o Estados Unidos.

El encuentro se desarrolla desde su fábrica de Illueca, en la que anteriormente se creaban zapatos, como en todas las naves de su alrededor. «Hemos encontrado en el trabajo de alta artesanía centrado en la marroquinería una alternativa para hacer que crezca este territorio. Queremos cambiar la historia de esta comarca, construir un legado aquí y hacer que otras empresas se sumen y empiecen a producir aquí», explica Pozas.

De su fábrica salen cada día más de un centenar de bolsos, hechos a mano por una plantilla de 40 trabajadores, en su mayoría mujeres nacidas en la zona que anteriormente se dedicaban al calzado. La principal encargada de todas ellas es Magdalena Naval, que a sus 56 años y tras 40 haciendo zapatos, ha sabido reinventarse en la marroquinería para ofrecer «un producto artesanal, que tiene algo especial, porque si no se hace con las manos se pierde la esencia».

Ella, al igual que José María, es una fiel defensora de la «exclusividad» como garante de la «supervivencia» de ambos sectores y pone un ejemplo que es definitivo: «Hace poco hicimos una demostración de fabricación en Nueva York y, al terminar, las clientas solo querían los bolsos que habíamos hecho delante de ellas. Es el camino que debe seguir este tipo de industrias», sentencia.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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