Trece toneladas de cocaína han sido pescadas por la Policía entre cajas de supuesta fruta en Algeciras, los mensajes en clave en el seno de la banda se suceden a velocidad de vértigo -hay quien dice que el cargamento venía «chivado desde ecu [Ecuador]», otros que han sido «las tres letras», la DEA antidroga estadounidense-, pero al Anodino, el jefe policial que maneja los hilos entre bambalinas y a esas alturas ya ha introducido droga en España por valor de 2.000 millones, no le tiembla el pulso.
«Estoy muy liado con mi curro, y con el nuestro en breve», le escribe Óscar Sánchez Gil a Ignacio Torán, el otro narco líder del grupo, evidenciando la insólita doble vida del jefe de la Unidad contra la Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF). «Mi curro» es el de presunto jefe policial de día. «El nuestro» es el trabajo de celoso capo del narcotráfico de noche.
Hasta 12 días antes de su detención en diciembre de 2024 Sánchez Gil, el tipo austero al que poco después descubrirán 20 millones de euros ocultos en las paredes de su casa, alimenta una nota de móvil llamada '8 jun 24' en su móvil, en la que lleva una estricta y jeroglífica contabilidad, en tres columnas casi incomprensibles de contenedores, miles de euros (incluso 900.000 «robados», escribe) y presuntos blanqueadores.
Es octubre de 2024, la Policía ha pescado 13.062 kilos de droga entre las cajas de la empresa tapadera Abadix Fruits y la banda siente, como se observa en el atestado policial enviado a la Audiencia Nacional esta semana, que algo se está torciendo.
Es, en efecto, su último gran (intento de) golpe. Sánchez Gil será detenido dos semanas después, el 6 de noviembre, en su casa de Alcalá de Henares, junto a su mujer, también policía. Además de los 20 kilos de su domicilio, ocultaba uno más en su propio despacho. Ya no sabía dónde meterlos: las estructuras de blanqueo de la banda son, tal y como va descubriendo la Policía Nacional, oceánicas.
Con él cae una organización que vinculaba barcos repletos de banana y piña que cruzaban el Atlántico desde los países más pobres de Centroamérica con rolls royces y hasta «polígrafos» en Dubai: los que usaba, según las comunicaciones de la banda, Alejandro Salgado alias Tigre, uno de los mayores narcos de España, huido al emirato de Dubai, en el que llevaba una vida de lujos y de control, mediante máquinas de la verdad, de sus colaboradores. Salgado acaba de ser detenido en ese octubre, a la vez que cae el contenedor de Algeciras, cuando Torán le escribe a su hermana, siempre en clave: «El ti [por el Tigre] está ko».
Asuntos Internos de la Policía Nacional lleva un tiempo encima de la banda y probablemente se han acelerado los movimientos para agitar el árbol mientras se escrutan sus comunicaciones: es una de las vías más rápidas, y quizás la más eficaz, para conseguir pruebas válidas ante un tribunal -todas acabarán en el atestado policial que esta semana se ha enviado al Central de Instrucción 1-.
El Anodino, como siempre, lo sobrevuela todo a vista de águila en ese momento. Acaba de rascar a sus subordinados que a uno de los miembros del grupo, Eduardo Montero (alias So en su móvil, «le van a quitar ya la vigilancia», le cuenta Sánchez a Torán.
El jefe de la UDEF resulta ser una especie de Aleph del narcotráfico en España. Torán y Montero, cuyo papel es albergar los cargamentos que llegan, especulan ese mismo día horas después con la grieta que habría caer el cargamento de Algeciras. La cosa es tan decisiva, explican los investigadores expertos en narcotráfico, como localizar una filtración en el techo de una vivienda: si no se halla el punto exacto por el que el agua entra, seguirá entrando sin parar, y todos en la Audiencia Nacional.
«Chivatazo de ecu», le dice Torán a Montero, que responde: «Eso quería oir». El Anodino, siempre impertérrito, lo ve de otra forma: «Si eso viniera chivado, habría caído el día que llegó», le escribe a Torán. Su sexto sentido le calienta la oreja. Mientras, a Torán le pide explicaciones «pe», otro de los verdaderos líderes del clan, Perikles Daremas, otro de los narcos en Dubai.
Aunque se huele algo raro, el policía le consigue a Torán un mail del Servicio de Estupefacientes que prueba que el chivatazo vino de Ecuador, para que salve la cara ante Daremas y no cargue con la culpa del fiasco de Algeciras... Pero las señales comienzan a ser preocupantes y mientras Torán le escribe a Sánchez que «hay que montar otra estructura y pronto», Montero le pide a su pareja que le prepare «la maleta»: le pillan huyendo.
Torán habla con otro de los posteriores detenidos, Salvador Ferreira, que le blanquea el dinero, y le dice: «No he movido nada por no levantar sospechas, la semana que viene iré a revisar las btc [bitcoins]». Torán necesita un «pincho» -un monedero frío, sin acceso a internet-, pero Ferreira le dice que en ese momento lo tiene su «hija».
La Policía se va cargando de razones: pesca también una conversación de Anodino con un subinspector suyo, al que fríe a preguntas sobre el destino del contenedor algecireño y la empresa que lo movía. Esa información la manejará luego Torán con sus secuaces.
El canto del cisne es la conversación de Sánchez Gil con su comisario, quejándose de que los policías de Algeciras han abierto el contenedor «sin comunicáselo a nadie, sin decirle nada a nadie, con dos cojones, ¿no?». Algo le dice que el agua le llega al cuello. Dos semanas después es detenido.