El asalto de Estados Unidos a Venezuela no solo ha sido una demostración de fuerza (por encima de la ley), sino la confirmación de una intuición que llevaba años flotando en el aire y que la invasión a Ucrania ha multiplicado: la guerra moderna, al menos para quien domina la tecnología, se parece cada vez más a una pantalla de videojuego.
Y, en ese escenario, quien tiene el mejor mando, tiene la partida.
La guerra como espectáculo interactivo. La captura de Nicolás Maduro fue el resultado de meses de vigilancia obsesiva, ensayos milimétricos y una coordinación tan precisa que permitió a Washington ejecutar una de las operaciones más complejas de su historia reciente con un nivel de control casi quirúrgico.
Desde la observación de sus rutinas diarias hasta la recreación exacta de su refugio en una maqueta a escala real, todo estuvo pensado para reducir la incertidumbre al mínimo. Cuando Trump dio la orden definitiva, lo hizo sabiendo que no estaba lanzando a sus fuerzas a lo desconocido, sino activando un guion ensayado hasta el último segundo, con cámaras, sensores y enlaces de datos convirtiendo el campo de batalla en una interfaz controlable desde miles de kilómetros de distancia.
En Espinof
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El tablero invisible. Las imágenes satelitales posteriores al ataque en complejos como Fuerte Tiuna o la base aérea de La Carlota revelan la esencia de esta nueva forma de combatir. No hay alfombras de bombas ni devastación indiscriminada, sino edificios concretos reducidos a escombros, almacenes específicos neutralizados y sistemas de defensa aérea desmantelados sin grandes cráteres visibles.
La combinación de inteligencia previa, municiones de precisión y dominio del espacio aéreo permitió a Estados Unidos eliminar nodos críticos del aparato militar venezolano como si estuviera apagando iconos en un mapa digital. Desde cazas furtivos hasta bombarderos estratégicos y enjambres de drones, cada plataforma cumplió una función definida dentro de un plan que se desarrolló en varias capas simultáneas, sin interferencias significativas y con un conocimiento casi total del terreno y del enemigo.
Imágenes antes del ataque de EEUU
Imágenes de la destrucción de los edificios tras el ataque de EEUU
Sincronización al milímetro. Mientras los ataques aéreos cegaban defensas y sumían partes de Caracas en la oscuridad, los vídeos y los análisis que se han hecho públicos han revelado que las fuerzas especiales estadounidenses avanzaban como piezas perfectamente coordinadas. Helicópteros de unidades de élite penetraron en la ciudad a baja altura, apoyados por guerra electrónica, reabastecimiento en vuelo y vigilancia constante desde el aire.
El asalto al refugio de Maduro, descrito como una auténtica fortaleza urbana, fue el punto culminante de una coreografía en la que cada segundo contaba. Incluso la posibilidad de tener que abrir puertas blindadas con sopletes estaba integrada en el plan, en palabras del propio Trump.
Antes del ataque
Después del ataque
Ninguna baja. El resultado fue una irrupción fulminante, resistencia neutralizada en minutos y la extracción del objetivo antes de que el sistema defensivo venezolano pudiera reaccionar de forma coherente.
Para Washington, el balance fue revelador: ningún soldado muerto, control total de la situación y una retirada ordenada, como si se hubiera completado una misión perfecta en una campaña digital. Venezuela, por su parte, ha comunicado que la operación dejó al menos 80 muertos.
Los mejores mandos del juego. El episodio explica mejor que cualquier discurso por qué Estados Unidos y unas pocas potencias juegan en una liga propia. La clave no está solo en tener más aviones o barcos, sino en la integración absoluta de inteligencia, mando y control, comunicaciones seguras, sensores espaciales y fuerzas de intervención rápida. Washington es capaz de reunir en tiempo real información procedente de satélites, agentes sobre el terreno, drones y aviones de reconocimiento, procesarla en centros de mando distribuidos y traducirla en órdenes inmediatas para unidades que operan a miles de kilómetros.
Esa capacidad de “verlo todo” y actuar al instante reduce el margen de error hasta niveles que pocos pueden igualar hoy. Rusia o China pueden desplegar fuerza bruta o negar áreas enteras, pero ejecutar una operación de captura de ese calibre, en una capital extranjera, con semejante precisión y sin asumir pérdidas significativas, sigue siendo un privilegio casi exclusivo de Estados Unidos.
En Xataka
En mitad del océano, 250 pasajeros de un avión se enteraron de que uno de ellos era un polizón. Uno con forma de rata
El mensaje final. Si se quiere, el ataque a Venezuela ha dejado una lección incómoda para el resto del mundo. La guerra del siglo XXI no siempre se decide en grandes batallas ni en frentes prolongados, sino en salas de control, flujos de datos y decisiones tomadas ante pantallas que condensan el caos en símbolos comprensibles.
Para quienes dominan esa tecnología, el combate se convierte en una sucesión de acciones calculadas, donde el riesgo humano propio se minimiza y el adversario apenas tiene margen de respuesta. Dicho de otro modo: el ataque a Caracas ha demostrado que, cuando se trata de este tipo de guerra, las grandes potencias no solo juegan a otro juego, sino que además tienen los mejores mandos, el mapa completo y la partida guardada antes incluso de empezar.
Imagen | Vantor
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La noticia
Las imágenes satelitales de Venezuela no dejan lugar a dudas: la guerra es un videojuego y EEUU tiene el mejor mando
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Xataka
por
Miguel Jorge
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Las imágenes satelitales de Venezuela no dejan lugar a dudas: la guerra es un videojuego y EEUU tiene el mejor mando
La guerra del siglo XXI no siempre se decide en grandes batallas ni en frentes prolongados, sino en salas de control
El asalto de Estados Unidos a Venezuela no solo ha sido una demostración de fuerza (por encima de la ley), sino la confirmación de una intuición que llevaba años flotando en el aire y que la invasión a Ucrania ha multiplicado: la guerra moderna, al menos para quien domina la tecnología, se parece cada vez más a una pantalla de videojuego.
Y, en ese escenario, quien tiene el mejor mando, tiene la partida.
La guerra como espectáculo interactivo. La captura de Nicolás Maduro fue el resultado de meses de vigilancia obsesiva, ensayos milimétricos y una coordinación tan precisa que permitió a Washington ejecutar una de las operaciones más complejas de su historia reciente con un nivel de control casi quirúrgico.
Desde la observación de sus rutinas diarias hasta la recreación exacta de su refugio en una maqueta a escala real, todo estuvo pensado para reducir la incertidumbre al mínimo. Cuando Trump dio la orden definitiva, lo hizo sabiendo que no estaba lanzando a sus fuerzas a lo desconocido, sino activando un guion ensayado hasta el último segundo, con cámaras, sensores y enlaces de datos convirtiendo el campo de batalla en una interfaz controlable desde miles de kilómetros de distancia.
El tablero invisible. Las imágenes satelitales posteriores al ataque en complejos como Fuerte Tiuna o la base aérea de La Carlota revelan la esencia de esta nueva forma de combatir. No hay alfombras de bombas ni devastación indiscriminada, sino edificios concretos reducidos a escombros, almacenes específicos neutralizados y sistemas de defensa aérea desmantelados sin grandes cráteres visibles.
La combinación de inteligencia previa, municiones de precisión y dominio del espacio aéreo permitió a Estados Unidos eliminar nodos críticos del aparato militar venezolano como si estuviera apagando iconos en un mapa digital. Desde cazas furtivos hasta bombarderos estratégicos y enjambres de drones, cada plataforma cumplió una función definida dentro de un plan que se desarrolló en varias capas simultáneas, sin interferencias significativas y con un conocimiento casi total del terreno y del enemigo.
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El asalto al refugio de Maduro, descrito como una auténtica fortaleza urbana, fue el punto culminante de una coreografía en la que cada segundo contaba. Incluso la posibilidad de tener que abrir puertas blindadas con sopletes estaba integrada en el plan, en palabras del propio Trump.
Antes del ataque Después del ataque
Ninguna baja. El resultado fue una irrupción fulminante, resistencia neutralizada en minutos y la extracción del objetivo antes de que el sistema defensivo venezolano pudiera reaccionar de forma coherente.
Para Washington, el balance fue revelador: ningún soldado muerto, control total de la situación y una retirada ordenada, como si se hubiera completado una misión perfecta en una campaña digital. Venezuela, por su parte, ha comunicado que la operación dejó al menos 80 muertos.
Los mejores mandos del juego. El episodio explica mejor que cualquier discurso por qué Estados Unidos y unas pocas potencias juegan en una liga propia. La clave no está solo en tener más aviones o barcos, sino en la integración absoluta de inteligencia, mando y control, comunicaciones seguras, sensores espaciales y fuerzas de intervención rápida. Washington es capaz de reunir en tiempo real información procedente de satélites, agentes sobre el terreno, drones y aviones de reconocimiento, procesarla en centros de mando distribuidos y traducirla en órdenes inmediatas para unidades que operan a miles de kilómetros.
Esa capacidad de “verlo todo” y actuar al instante reduce el margen de error hasta niveles que pocos pueden igualar hoy. Rusia o China pueden desplegar fuerza bruta o negar áreas enteras, pero ejecutar una operación de captura de ese calibre, en una capital extranjera, con semejante precisión y sin asumir pérdidas significativas, sigue siendo un privilegio casi exclusivo de Estados Unidos.
El mensaje final. Si se quiere, el ataque a Venezuela ha dejado una lección incómoda para el resto del mundo. La guerra del siglo XXI no siempre se decide en grandes batallas ni en frentes prolongados, sino en salas de control, flujos de datos y decisiones tomadas ante pantallas que condensan el caos en símbolos comprensibles.
Para quienes dominan esa tecnología, el combate se convierte en una sucesión de acciones calculadas, donde el riesgo humano propio se minimiza y el adversario apenas tiene margen de respuesta. Dicho de otro modo: el ataque a Caracas ha demostrado que, cuando se trata de este tipo de guerra, las grandes potencias no solo juegan a otro juego, sino que además tienen los mejores mandos, el mapa completo y la partida guardada antes incluso de empezar.