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Linda y el hombre que la espera en Marruecos: "Te van a echar de España y te estaré esperando para quitarte la vida y quedarme con tu hija"

Linda y el hombre que la espera en Marruecos: "Te van a echar de España y te estaré esperando para quitarte la vida y quedarme con tu hija"
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Linda cruzó a nado el espigón de Ceuta después de años de violencia, agresiones sexuales y amenazas. Llevaba a su hija encima. Desde el 30 de julio ambas duermen en las calles del polígono industrial del Tarajal. Ahora quiere solicitar protección internacional para no acabar frente al hombre del que huye Leer

Linda habla despacio. Es tímida y de pocas palabras. Está sentada en el suelo, frente al espacio construido con cartones donde se cobija, y responde con la ayuda de un traductor de árabe instalado en un teléfono móvil. Cerca, su hija Nani juega con otros niños que permanecen en el polígono industrial del Tarajal. Algunas personas les han llevado juguetes y los pequeños comparten lo que tienen. Entre ellos está Cao, otra niña que vive allí con su madre, además de otros menores, algunos más pequeños. Durante el día corren por las calles del polígono mientras las mujeres se ocupan de conseguir comida, agua, ropa limpia o algún lugar donde poder asearse.

De las alrededor de 80.000 personas que entraron en Ceuta desde el 30 de julio, se calcula que entre 6.000 y 8.000 continúan en la ciudad. Cerca de un millar se quedó directamente en el Tarajal después de cruzar la frontera y allí permanece desde entonces. Unos duermen junto a las puertas de las naves y otros se han instalado en el antiguo aparcamiento. Allí conviven mujeres solas, madres divorciadas, madres solteras, familias con niños pequeños y menores que llegaron sin acompañamiento adulto. Alguna de esas mujeres han relatado situaciones de violencia sufridas en Marruecos. Linda ha contado con detalle la suya y, después de alcanzar Ceuta, recibió además una amenaza que este reportero pudo escuchar directamente: «Te van a echar de España y te estaré esperando para quitarte la vida y quedarme con tu hija».

Linda relata su vida hasta llegar a esa llamada. Quiere solicitar protección internacional, contar su historia con la asistencia de un abogado y un intérprete y que las autoridades valoren su situación antes de adoptar cualquier decisión sobre una posible devolución. «Tengo mucho miedo. Tengo ansiedad. Tengo miedo de volver a Marruecos porque temo por mi vida y por la seguridad de mi hija».

"PREFIERO MORIR AQUÍ CON MI HIJA"

Cuando habla del futuro lo hace pensando en Nani. «Yo quiero que mi hija crezca en España para garantizar sus derechos y su futuro. En Marruecos se perderá». Preguntada por lo que significaría regresar, guarda unos segundos de silencio antes de responder: «Prefiero morir aquí con mi hija antes que volver a pasar por todo aquello».

Su infancia transcurrió en un pequeño pueblo entre las montañas del norte de Marruecos, en la región de Fez-Mequinez. La recuerda como una etapa sencilla y feliz junto a sus padres y sus hermanos, pese a las dificultades económicas y a algunas carencias. Su padre, cuenta, hacía todo lo posible para que a sus hijos no les faltara lo necesario y para proporcionarles aquello que estaba a su alcance. «Éramos una familia humilde, pero estábamos bien», resume.

Linda y su hija Nani, juntas en el polígono del Tarajal de Ceuta.ANTONIO SEMPERE

Los problemas y la violencia llegaron después de casarse y entrar a a formar parte de la familia de su marido. Tres años después del matrimonio se quedó embarazada de su primera hija.

«Yo estaba viviendo con muchas presiones y había violencia. Cuando llevaba dos meses y medio de embarazo vino la hermana de mi marido. Me agarró, me empujó contra la pared y empezó a pegarme. Llegué a caer al suelo. Tuvieron que llevarme al hospital, donde me pusieron una inyección, me dieron oxígeno y suero. Después me mandaron otra vez a casa».

Asegura que las agresiones se repitieron y que su marido también la golpeaba. «Llegaba a casa y, si encontraba algo que no estaba como él quería, aunque yo hiciera todo lo que estaba en mi mano y cumpliera con mis obligaciones, empezaba a pegarme. Siempre había algún motivo».

Cuando llegó el momento de dar a luz rompió aguas y, según relata, permaneció tres días en casa perdiendo líquido. Avisó a su suegra, que le dijo que era normal, mientras su marido tampoco hizo nada. Finalmente, una tía acudió a verla y la llevó al hospital. «Cuando llegué me dijeron que había pasado demasiado tiempo y que la niña había aspirado aquel líquido. Me dijeron que las dos estábamos en peligro. Me llevaron directamente al quirófano».

"ME DIJO QUE MI NIÑA HABÍA MUERTO"

La recién nacida fue trasladada desde la ciudad donde residía hasta Beni Mellal porque, según explica Linda, en el hospital de su localidad no había medios suficientes para atenderla. Ella permaneció sin saber cuál era su estado y llamaba a su marido para preguntar. Él le decía que la niña estaba bien y que pronto regresaría. «El cuarto día volví a llamarlo y me dijo que mi niña había muerto. No lo acepté. Me dio una crisis. Le dije que no me mintiera, que quería ver a mi hija. No me dejaron verla. Cuando la trajeron de Beni Mellal la llevaron directamente al cementerio y la enterraron. Ni siquiera pude verla».

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Durante una larga temporada necesitó medicación para dormir. «Era como estar muerta estando viva, como un cuerpo sin alma». Tres años después nació Nani, cuya llegada interpreta desde su fe como una segunda oportunidad. «No la había buscado. Subhanallah, llegó sola. Yo pienso que Dios quiso compensarme por todo lo que había pasado y por aquella niña que me quitaron. Dios me dio a Nani».

La violencia, según su testimonio, continuó durante el segundo embarazo. Habla de golpes y de agresiones sexuales cometidas por su marido y personas de su familia. Siguió trabajando hasta poco antes de dar a luz porque, asegura, él no se hacía cargo de ella. Tras el divorcio trabajó en una pastelería y llevó a su hija a la guardería. El salario no alcanzaba para cubrir los gastos y tenía que pedir dinero prestado para terminar el mes. Afirma que el padre tampoco abonó la pensión establecida por un tribunal. La separación no acabó, según cuenta, con el acoso de su exmarido: «Se cruzaba conmigo, me insultaba y me agredía. Muchas veces me decía que iba a matarme y que me iba a quitar a mi hija».

"PENSABAN QUE POR ESTAR DIVORCIADA ERA PROSTITUTA"

Hubo temporadas en las que trabajaba desde las ocho de la mañana hasta medianoche. Allí se encontró con hombres que interpretaban su condición de divorciada como una forma de disponibilidad sexual. «Pensaban que por estar divorciada era una prostituta».

En una ocasión, relata, dos jóvenes la interceptaron cuando regresaba a casa. «Me pararon con un coche, me agarraron, me rompieron la ropa y abusaron sexualmente de mí. Después me pegaron hasta que sangré y me dejaron tirada en la calle. Me levanté como pude y fui a la comisaría para contar lo que había pasado». La mujer tampoco encontró protección allí. «Cuando supieron que estaba divorciada no me creyeron. Un policía me dijo: "Vete, no tenemos tiempo para ti". Salí de allí llorando».

Terminó marchándose a Castillejos, la localidad marroquí vecina a Ceuta, para alejarse de su exmarido y encontrar un trabajo con el que mantener a su hija. La escuela estaba próxima a comenzar y necesitaba afrontar nuevos gastos. Allí se encontraba el 30 de julio, cuando numerosas personas se dirigieron hacia la zona de la aduana y el espigón para intentar alcanzar Ceuta.

"PENSÉ QUE CEUTA ERA MI OPORTUNIDAD"

«Cuando apareció esta oportunidad pensé que era mi oportunidad para garantizar su futuro», rememora. Se echó al mar con su hija sobre un flotador de goma. Recuerda el cruce como una situación de caos y miedo. Ya estaba en el agua cuando comenzó a ver a personas con dificultades para mantenerse a flote y, según asegura, a algunas ahogándose delante de ella. «La situación era aterradora. Vi personas ahogándose delante de mis ojos y no pude hacer nada. Yo gritaba, pero no podía hacer nada. Tenía a mi hija conmigo y tenía mucho miedo de que nos ahogáramos las dos».

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Antes de lanzarse al agua afirma haber presenciado también la actuación de agentes marroquíes contra personas que intentaban alcanzar el espigón. «Cuando la gente estaba agarrada a la valla llegaban, empezaban a pegarles con las porras y los empujaban para que cayeran al mar». Recuerda también lo que, según su testimonio, les gritaban mientras los empujaban: «No vais a salir vivos nunca».

Más de un centenar de personas acabaron como pronosticó aquel guardia. Muchas aplastadas y ahogadas en menos de dos metros de profundidad. El peligro continuó en el agua. Un joven intentó quitarle la cámara sobre la que llevaba a su hija y, según cuenta, trató de hundirla para arrebatársela. «Empecé a gritar. Tenía muchísimo miedo por mi hija. Casi consiguió hundirme».

Otro joven, al que identifica como español, acudió en su ayuda, agarró a ambas y comenzó a llevarlas hacia la costa. «Me dijo que no tuviera miedo. Empezó a sacarnos hasta que llegamos a la orilla». Una vez en tierra, abrazó a la niña. «Estaba asustada y lloraba. Yo también tuve una crisis».

Linda recuerda además a policías españoles auxiliando a quienes seguían en peligro y lanzando cámaras al agua para evitar que se ahogaran. Preguntada por si considera que aquella intervención impidió que hubiera más víctimas, responde que sí.

Desde aquel día, madre e hija permanecen en el Tarajal. La pequeña juega durante parte de la jornada con Cao y con otros niños mientras su madre se ocupa de ella y trata de resolver las necesidades de ambas. Haber alcanzado Ceuta, sin embargo, no terminó con las amenazas que asegura haber sufrido durante años.

Después de cruzar recibió la llamada amenazante desde el teléfono de su exmarido. Este reportero estaba presente y pudo escuchar las palabras dirigidas a Linda.

LOS CUIDADORES DEL TARAJAL

A pocos metros de donde se produjo se encuentra Nueva Esperanza, una antigua nave convertida en centro de acogida y gestionada por la Fundación SAMU, donde están alojados menores migrantes no acompañados cuya tutela corresponde al Área de Menores de la Ciudad Autónoma de Ceuta, que acoge ya a casi 2.000 niños según las cifras oficiales. Las naves utilizadas para alojar personas durante crisis anteriores permanecen cerradas para ese fin y algunas están siendo acondicionadas para los dispositivos policiales encargados del triaje y de las entrevistas a quienes puedan solicitar protección.

Durante los primeros días tampoco hubo asistencia médica en el polígono. Cerca de un millar de personas permanecían allí, entre ellas mujeres y niños muy pequeños, sin un dispositivo sanitario que pudiera atenderlas. La situación comenzó a cambiar cuando Médicos del Mundo empezó a desplazarse al Tarajal para ofrecer consultas a quienes las necesitaran. 15 días después de la entrada masiva del 30 de julio, la Consejería de Sanidad sumó al dispositivo un médico y dos profesionales sanitarias. La actuación médica estuvo acompañada por agentes de la Policía Nacional, encargados de vigilar el dispositivo ante el nerviosismo existente y la falta de atención que habían sufrido muchas de las personas allí concentradas.

Hasta entonces, la respuesta a las necesidades básicas se había ido organizando sobre la marcha, fundamentalmente a través de asociaciones y personas que comenzaron a llevar comida, agua y otros productos. La primera noche había niños tiritando de frío en la explanada y en las calles del polígono, sin un lugar habilitado donde dormir. Durante días, quienes se quedaron allí dependieron de la ayuda que fue llegando desde fuera para resolver las necesidades más elementales.

La asistencia más inmediata ha recaído en buena medida en asociaciones locales y vecinos. Luna Blanca, una organización ceutí con sede en los bajos de la mezquita deSidi Embarek, lleva comida cada día al Tarajal. La asociación ya repartía alimentos durante todo el año entre familias necesitadas de la ciudad y cientos de personas pasan habitualmente por su sede para comer. Desde que comenzaron las llegadas ha extendido el reparto al polígono. Mustafá, su presidente, explica el motivo: «No puedo dejar a esas personas sin comer».

Los recursos son limitados y esa ayuda garantiza una comida diaria. Para ducharse, conseguir ropa, beber agua o cargar el teléfono hay que encontrar otras soluciones. Una de ellas ha sido Alas Protectoras, una pequeña asociación cuyo presidente, Abdselam, guarda ropa, alimentos y donaciones en un local situado en un barrio periférico de Ceuta, en la zona del antiguo parque de bomberos. Su trabajo no comenzó con esta crisis. Durante las llegadas de 2021 salió a las calles para atender a quienes acababan de entrar en la ciudad; esta vez decidió mantener abierto el local para que acudieran directamente las personas que necesitaran ayuda.

Linda fue allí un día con su hija y otras mujeres del Tarajal. Pudieron ducharse, ponerse ropa limpia, beber agua y cargar los teléfonos antes de regresar al polígono. «Todos somos hermanos, todos somos humanos y hay que ayudar», explica Abdselam.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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