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Pie de foto, Información del artículo- Autor, Lyse Doucet
- Título del autor, Corresponsal internacional en BBC News
- 19 minutos
Los gobernantes de Irán se enfrentan al mayor desafío desde su propia revolución en 1979.
Ahora están respondiendo con una represión sin precedentes. Han desatado una feroz ofensiva de seguridad y un bloqueo casi total de internet a una escala nunca vista en crisis anteriores.
Muchas de las calles, que antes resonaban con gritos de indignación contra el régimen, ahora empiezan a quedar en silencio.
"El viernes estaba abarrotado, la multitud era increíble y hubo muchos disparos. Ya el sábado por la noche, todo se calmó", le dijo un residente de Teherán a la BBC.
"Habría que estar loco para salir a la calle ahora", comentó un periodista iraní.
Esta vez, la agitación interna se ve agravada por una amenaza externa, con las repetidas advertencias del presidente Trump sobre una posible acción militar, siete meses después de que Estados Unidos atacara instalaciones nucleares clave durante una guerra de 12 días entre Irán e Israel que debilitó al régimen.
Pero, para usar una analogía frecuente del líder estadounidense, esto también le ha dado a Irán "otra carta" para jugar. Trump dice que Teherán ha solicitado regresar a la mesa de negociaciones.
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Pie de foto,Pero Irán no está una buena posición: el presidente Trump dice que aún podría tener que tomar algún tipo de medida antes de cualquier reunión; las conversaciones no disiparán por completo la tensión generada por estos disturbios.
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E Irán no se rendirá ante las exigencias maximalistas de Estados Unidos, incluido el cese total del enriquecimiento de uranio, lo que cruzaría líneas rojas que se encuentran en el corazón de la doctrina estratégica de esta teocracia.
A pesar de la presión del momento, no hay señales de que los líderes iraníes vayan a cambiar de rumbo.
"Su inclinación es reprimir las protestas, intentar sobrevivir a este momento y luego decidir qué camino seguir", dice Vali Nasr, de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados Johns Hopkins y autor del libro "La gran estrategia de Irán" (Iran's Grand Strategy).
"Pero dada su difícil situación con Estados Unidos, con Israel y con las sanciones, incluso si logran sofocar estas protestas, no tienen muchas opciones para mejorar la vida de los iraníes", añade.
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Pie de foto,Nuevas protestas, mismas preguntas
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Esta semana podría ser decisiva para el rumbo de los acontecimientos, puesto que determinará si Irán y la región en general se ven inmersos en otra oleada de ataques militares o si la fuerza bruta ha logrado sofocar por completo estas protestas, como ha ocurrido en el pasado.
El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, declaró hoy a los diplomáticos en Teherán que "la situación está ahora bajo control total".
En el exterior, bajo la intensa luz del día, las calles de Teherán estaban repletas de la multitud que el gobierno había convocado para que saliera a las calles y las recuperara de los manifestantes.
Cinco días después de un bloqueo total de las comunicaciones, una imagen aún más escalofriante se filtra al mundo a través de terminales satelitales Starlink, la creatividad técnica iraní y el coraje de algunos.
Llegan relatos de médicos sobre hospitales desbordados por las víctimas, videos desgarradores de morgues improvisadas al aire libre con largas filas de bolsas negras para cadáveres y notas de voz enviadas a periodistas del Servicio Persa de la BBC que expresan conmoción y miedo.
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Pie de foto,Las cifras aumentan. En la última ola de disturbios de 2022 y 2023, que duró más de seis meses, los grupos de derechos humanos registraron alrededor de 500 muertos y más de 20.000 detenidos.
Esta vez, en pocas semanas, los informes indican que el número de muertos ya es mucho mayor y que más de 20.000 personas han sido detenidas hasta el momento.
El gobierno no niega el derramamiento de sangre y la televisión estatal también emite imágenes de morgues improvisadas e incluso admite que algunos manifestantes han muerto.
Las calles de Irán han estado en llamas. Varios edificios del gobierno fueron incendiados, impulsados los manifestantes por la ira. Son símbolos del sistema, pero el gobierno condena los ataques contra la propiedad pública, calificándolos de obra de "terroristas y alborotadores".
El lenguaje legal también se ha endurecido en este período: los "vándalos" serán acusados de "librar una guerra contra Dios" y se enfrentarán a la pena de muerte.
El gobierno atribuye la mayor parte de la culpa a enemigos extranjeros —término clave para referirse a Israel y Estados Unidos— por el recrudecimiento de la violencia interna.
En esta ocasión, su acusación se ve reforzada por la clara evidencia de la infiltración de la agencia de seguridad israelí Mossad durante la guerra de 12 días del año pasado.
Con cada nuevo estallido de disturbios en Irán, surgen las mismas preguntas: ¿hasta dónde se extienden estas protestas?; ¿quiénes salen a las calles y plazas?; ¿cómo responderán las autoridades?
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Estallido inesperado
Esta última oleada ha sido singular en muchos aspectos.
Comenzó de la manera más común. El 28 de diciembre, los comerciantes que vendían productos electrónicos importados en Teherán se vieron sorprendidos por el repentino desplome de la moneda; cerraron sus tiendas, se declararon en huelga e instaron a otros comerciantes del bazar a que hicieran lo mismo.
La respuesta inicial del gobierno fue rápida y conciliadora. El presidente Masoud Pezeshkian prometió diálogo y reconoció las "demandas legítimas" en un país donde la inflación se dispara a casi el 50% y la devaluación de la moneda causa estragos en la ya precaria vida de la población.
Poco después, se depositó un nuevo subsidio mensual de unos US$7 en las cuentas bancarias de todos para aliviar la situación. Pero los precios siguieron subiendo; la ola de descontento se intensificó.
Menos de tres semanas después, los iraníes marchaban por todas partes, desde pequeñas ciudades provinciales empobrecidas hasta las principales metrópolis, exigiendo cambios económicos y políticos.
Ya no hay soluciones rápidas ni sencillas; el problema es el sistema.
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La supervivencia del sistema
Irán está devastado por años de sanciones internacionales paralizantes, mala gestión, corrupción, una profunda indignación por las restricciones a las libertades sociales y la angustia por el costo de este prolongado enfrentamiento con Occidente.
Pero, hasta ahora, el sistema parece mantenerse en pie.
"El elemento más importante que aún falta para un colapso total es que las fuerzas represivas decidan que ya no se benefician del régimen y que ya no están dispuestas a matar por él", explica Karim Sadjadpour, investigador de la Fundación Carnegie en Washington.
Antes de que estallara esta crisis, se sabía que los actores más poderosos de los círculos gobernantes de Irán estaban profundamente divididos en cuestiones clave.
Esto es si debían reanudar o no las desafortunadas negociaciones con Estados Unidos sobre un nuevo acuerdo nuclear y cómo restaurar la disuasión estratégica tras los golpes sufridos por sus aliados militares y socios políticos durante la guerra de Gaza.
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Pie de foto,Pero la supervivencia del sistema, su sistema, es lo que importa por encima de todo.
La autoridad máxima sigue recayendo en el anciano líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, de 86 años, pero está rodeado por sus defensores más leales, entre ellos el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, que ahora ejerce una gran influencia sobre la economía, la política y la seguridad de la República Islámica.
Se sabe que las amenazas casi diarias del presidente Trump han agudizado la atención de la cúpula del poder. También han provocado especulaciones generalizadas sobre el impacto de cualquier intervención externa.
Una acción militar podría fortalecer a los manifestantes, pero también podría ser contraproducente.
"El principal efecto sería consolidar la unidad de la élite y suprimir las divisiones dentro del régimen en un momento de gran vulnerabilidad", afirma Sanam Vakil, directora del programa de Oriente Medio y África del Norte en el centro de estudios Chatham House, con sede en Londres.
El rol de Reza Pahlavi
Una de las voces iraníes más influyentes que ha pedido al presidente Trump que intervenga es el ex príncipe heredero exiliado Reza Pahlavi, cuyo padre fue derrocado como sha de Irán en la revolución islámica de 1979.
Sin embargo, su llamado y sus estrechos vínculos con Israel son controvertidos.
Otras voces, desde la premio Nobel de la Paz Narges Mohammadi, aún encarcelada en Irán, hasta el galardonado cineasta Jafar Panahi, insisten en que el cambio debe ser pacífico y provenir del interior del país.
En medio de esta actual agitación, Pahlavi ha demostrado su capacidad para impulsar y dar forma a este levantamiento.
Sus llamamientos a principios de la semana pasada para que se corearan consignas de forma coordinada parecen haber atraído a más personas a las calles, a pesar del crudo frío invernal.
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Pie de foto,Es imposible saber el alcance de su apoyo y si este profundo anhelo de cambio lleva a algunos a aferrarse a un símbolo familiar. La bandera iraní prerrevolucionaria, con su león y el sol, ha vuelto a ondear.
Pahlavi insiste en que no intenta restaurar la monarquía, sino liderar una transición democrática. Sin embargo, en el pasado no ha sido una figura unificadora en la dividida diáspora iraní.
Los temores al colapso y al caos, los problemas financieros y otros factores también preocupan a los iraníes, incluidos aquellos que aún apoyan al clero gobernante. La reforma, no la revolución, es la opción que algunos contemplan.
La historia nos enseña que cuando el fervor y la fuerza se encuentran en las calles, el cambio puede venir desde arriba o desde abajo. Siempre es impredecible y, a menudo, peligroso.
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