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Mendigos bajo la lluvia

Mendigos bajo la lluvia
Artículo Completo 1,467 palabras
En España no deja de llover, parece que la hubierais enviado vosotros desde Sheffield, que hubierais empujado las nubes con las ondas de esa cancioncilla vuestra: «Rain, rain, go to Spain and come never again». Aunque, si es por canciones, nosotros tampoco nos quedamos atrás con las nuestras: «Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva». Como decía Jardiel de este mismo tema, es curioso lo que se puede llegar a comprender el espíritu de dos pueblos solo analizando esas cancioncillas : mientras que Inglaterra se quita el exceso de lluvia por la vía rápida, es decir, enviándola a España y que nos apañemos como podamos, nosotros recurrimos a la intermediación de la Virgen porque somos un pueblo fatalista y mariano predestinado por el sentido de lo religioso y por una unidad de destino en lo meteorológico. Ahora que mezclo tu país y la lluvia —si es que no fueran lo mismo y esto no fuera más que un plenonasmo— recuerdo que hasta que no entré en 'The Museum Tavern' y vi lo que vi no entré por completo en Inglaterra. Los meses previos en Londres fueron para mí apenas una introducción, un prólogo interminable de días y noches que ya he borrado por su completa falta de interés. Pero aquel día llegué a Great Russell Street. Frente a la casa de George Du Maurier, 'Jarndyce', una librería especializada en los siglos XVIII y XIX con una primera edición de 'The Premature Burial' de Edgar Alan Poe expuesta en el escaparate que recuerdo perfectamente, porque el siglo XIX en Londres es propiedad de Dickens, así que tener ahí a Poe era como poner una réplica de la Macarena en un escaparate de la calle Pureza.Noticia relacionada No No CARTAS A MI AMIGO NICKIE Delirio del frío negro José F. PeláezFrente a 'Jarndyce', el Museo Británico, el corazón de Bloomsbury, el espíritu de Virginia Woolf y la lluvia, creo que en ese orden. Cuando veo todo lo que ha sucedido en Grecia en los últimos años doy gracias a Dios por la tendencia al latrocinio de los ingleses y porque, en un giro de los acontecimientos, eso haya servido al menos para que la humanidad conserve el friso del Partenón, la piedra Rosetta y media Grecia clásica. Porque si fuera por los griegos actuales o por los turcos —valga la redundancia— no quedaría ni las raspas. Dediqué más de una hora a buscar el punto exacto de Montague Place desde el que Hammershoi pintó sus cuadros del Museo Británico. Y lo logré dentro de una casa. Si Velázquez fue capaz de pintar el polvo, Hammershoi consiguió atrapar el silencio, con una gamuza en forma de paleta y una paleta en forma de escala de grises. Ahora hay una retrospectiva suya en el Thyssen de Madrid en la que me quedaría a vivir. Pero esa es otra historia, una mucho más larga. Que ya te contaré, si es que soy capaz de hacerlo.Volviendo a Bloomsbury, aquel día me topé de frente con 'The Museum Tavern', que es un pub decente. Allí decidí entrar para resguardarme de la lluvia y de la tristeza, en idéntica proporción. Recuerdo que el papel pintado de las paredes del pub imitaba a una biblioteca antigua. Tenía moqueta hasta en el baño, creando vete a saber qué tipo de ecosistema a mis pies . A mi izquierda una cristalera tras unas enormes cortinas estampadas, como si fuera el telón de un teatro del West End. A mi derecha una gran librería de madera con cientos de ejemplares, encima de los cuales unas barricas de Jerez presidían la estancia. Olor a sacristía, a termitas, techos altos y varios lamparones de los que colgaba una luz tenue y un gran ventilador. Reconozco a un español solo con mirarle, tenemos cara de odio, de rencor, de miedo y una altanería paletaFuera llovía a cantaros, Nickie. A este lado de la barra, vasos y tipos pesados. Tras la barra, muchas cervezas, mucho whisky, una vidriera, un pizarrón negro con letras doradas, la campana, la carta escrita en tiza sobre pizarra y la camarera sirviendo pintas. Siempre he admirado esa cadencia artesanal con la que una mujer inglesa sirve las 'ales', pareciera que estuviera sosteniendo un cordón umbilical que hiciera una transfusión de vida en directo, como una gasolinera sirviendo ambrosía recién salida del cielo. Mientras me lo servían, vi entrar dos mendigos. A lo mejor no eran mendigos y solo eran gente con acento extraño y muy mala pinta. No, ahora lo pienso y estoy seguro de que eran mendigos. Y además no eran españoles. Reconozco a un español solo con mirarle, tenemos cara de odio, de rencor, de miedo y una altanería paleta. Y estos no lo tenían. Además, pude escuchar un acento duro del este de Londres, uno que apenas entiendo. Eran 'cockneys', de esos nacidos mientras sus madres oían las campanas de St Mary-le-Bow. Olían mal y tenían el pelo mojado por la lluvia. Así que olían aún peor.Los hechos se sucedieron muy deprisa, pero no podré olvidarlo: los mendigos preguntaron si el pub tenía el Telegraph. La camarera asintió. Pidieron dos pintas de Lovestruck, dejaron el dinero sobre la barra y se fueron a sentar a la única mesa libre del pub, como guiados por una fuerza superior. Abrieron el periódico por la página del horóscopo , lo leyeron con atención, subrayaron las palabras con el dedo y se miraron entre ellos, absortos. Volvieron a leerlo, como queriendo comprobar que era cierto, y volvieron con sus dedos sucios sobre las palabras que acababan de llamarles la atención. Historias buenasSe volvieron a mirar, como corroborando que lo leído era cierto, soltaron una sonora carcajada al unísono, se levantaron se abrazaron, se volvieron a abrazar dando saltos, dejaron el periódico doblado sobre la mesa, junto a las pintas casi llenas y salieron de nuevo a la calle para perderse bajo la lluvia de Bloomsbury , con la mayor felicidad que he visto nunca. Los observé alejarse a través de la cristalera que había detrás de las cortinas mientras uno le decía al otro: «Te lo dije, Harry. Te lo dije».Me di cuenta entonces de que estaba en un cuento de Hemingway, uno de esos que no tienen comienzo ni final y que centran toda la acción en solo en un segmento de la historia, despreocupándose del resto. Mi alma de periodista tuvo la tentación de ir tras ellos. Mi alma de escritor prefirió apurar la cerveza. Las historias buenas no tienen comienzo ni final y querer atraparlas es sinónimo de no haber comprendido cómo funciona esto. Así que opté por pedir otra y me senté a ver caer la lluvia en espiral en aquella tarde de sábado, una tarde triste y absurda como pudiera ser esta misma.Kind regards.

En España no deja de llover, parece que la hubierais enviado vosotros desde Sheffield, que hubierais empujado las nubes con las ondas de esa cancioncilla vuestra: «Rain, rain, go to Spain and come never again». Aunque, si es por canciones, nosotros tampoco nos quedamos atrás ... con las nuestras: «Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva». Como decía Jardiel de este mismo tema, es curioso lo que se puede llegar a comprender el espíritu de dos pueblos solo analizando esas cancioncillas: mientras que Inglaterra se quita el exceso de lluvia por la vía rápida, es decir, enviándola a España y que nos apañemos como podamos, nosotros recurrimos a la intermediación de la Virgen porque somos un pueblo fatalista y mariano predestinado por el sentido de lo religioso y por una unidad de destino en lo meteorológico.

Ahora que mezclo tu país y la lluvia —si es que no fueran lo mismo y esto no fuera más que un plenonasmo— recuerdo que hasta que no entré en 'The Museum Tavern' y vi lo que vi no entré por completo en Inglaterra. Los meses previos en Londres fueron para mí apenas una introducción, un prólogo interminable de días y noches que ya he borrado por su completa falta de interés. Pero aquel día llegué a Great Russell Street. Frente a la casa de George Du Maurier, 'Jarndyce', una librería especializada en los siglos XVIII y XIX con una primera edición de 'The Premature Burial' de Edgar Alan Poe expuesta en el escaparate que recuerdo perfectamente, porque el siglo XIX en Londres es propiedad de Dickens, así que tener ahí a Poe era como poner una réplica de la Macarena en un escaparate de la calle Pureza.

Frente a 'Jarndyce', el Museo Británico, el corazón de Bloomsbury, el espíritu de Virginia Woolf y la lluvia, creo que en ese orden. Cuando veo todo lo que ha sucedido en Grecia en los últimos años doy gracias a Dios por la tendencia al latrocinio de los ingleses y porque, en un giro de los acontecimientos, eso haya servido al menos para que la humanidad conserve el friso del Partenón, la piedra Rosetta y media Grecia clásica. Porque si fuera por los griegos actuales o por los turcos —valga la redundancia— no quedaría ni las raspas. Dediqué más de una hora a buscar el punto exacto de Montague Place desde el que Hammershoi pintó sus cuadros del Museo Británico. Y lo logré dentro de una casa.

Si Velázquez fue capaz de pintar el polvo, Hammershoi consiguió atrapar el silencio, con una gamuza en forma de paleta y una paleta en forma de escala de grises. Ahora hay una retrospectiva suya en el Thyssen de Madrid en la que me quedaría a vivir. Pero esa es otra historia, una mucho más larga. Que ya te contaré, si es que soy capaz de hacerlo.

Volviendo a Bloomsbury, aquel día me topé de frente con 'The Museum Tavern', que es un pub decente. Allí decidí entrar para resguardarme de la lluvia y de la tristeza, en idéntica proporción. Recuerdo que el papel pintado de las paredes del pub imitaba a una biblioteca antigua. Tenía moqueta hasta en el baño, creando vete a saber qué tipo de ecosistema a mis pies. A mi izquierda una cristalera tras unas enormes cortinas estampadas, como si fuera el telón de un teatro del West End. A mi derecha una gran librería de madera con cientos de ejemplares, encima de los cuales unas barricas de Jerez presidían la estancia. Olor a sacristía, a termitas, techos altos y varios lamparones de los que colgaba una luz tenue y un gran ventilador.

Reconozco a un español solo con mirarle, tenemos cara de odio, de rencor, de miedo y una altanería paleta

Fuera llovía a cantaros, Nickie. A este lado de la barra, vasos y tipos pesados. Tras la barra, muchas cervezas, mucho whisky, una vidriera, un pizarrón negro con letras doradas, la campana, la carta escrita en tiza sobre pizarra y la camarera sirviendo pintas. Siempre he admirado esa cadencia artesanal con la que una mujer inglesa sirve las 'ales', pareciera que estuviera sosteniendo un cordón umbilical que hiciera una transfusión de vida en directo, como una gasolinera sirviendo ambrosía recién salida del cielo. Mientras me lo servían, vi entrar dos mendigos. A lo mejor no eran mendigos y solo eran gente con acento extraño y muy mala pinta. No, ahora lo pienso y estoy seguro de que eran mendigos.

Y además no eran españoles. Reconozco a un español solo con mirarle, tenemos cara de odio, de rencor, de miedo y una altanería paleta. Y estos no lo tenían. Además, pude escuchar un acento duro del este de Londres, uno que apenas entiendo. Eran 'cockneys', de esos nacidos mientras sus madres oían las campanas de St Mary-le-Bow. Olían mal y tenían el pelo mojado por la lluvia. Así que olían aún peor.

Los hechos se sucedieron muy deprisa, pero no podré olvidarlo: los mendigos preguntaron si el pub tenía el Telegraph. La camarera asintió. Pidieron dos pintas de Lovestruck, dejaron el dinero sobre la barra y se fueron a sentar a la única mesa libre del pub, como guiados por una fuerza superior. Abrieron el periódico por la página del horóscopo, lo leyeron con atención, subrayaron las palabras con el dedo y se miraron entre ellos, absortos. Volvieron a leerlo, como queriendo comprobar que era cierto, y volvieron con sus dedos sucios sobre las palabras que acababan de llamarles la atención.

Se volvieron a mirar, como corroborando que lo leído era cierto, soltaron una sonora carcajada al unísono, se levantaron se abrazaron, se volvieron a abrazar dando saltos, dejaron el periódico doblado sobre la mesa, junto a las pintas casi llenas y salieron de nuevo a la calle para perderse bajo la lluvia de Bloomsbury, con la mayor felicidad que he visto nunca. Los observé alejarse a través de la cristalera que había detrás de las cortinas mientras uno le decía al otro: «Te lo dije, Harry. Te lo dije».

Me di cuenta entonces de que estaba en un cuento de Hemingway, uno de esos que no tienen comienzo ni final y que centran toda la acción en solo en un segmento de la historia, despreocupándose del resto. Mi alma de periodista tuvo la tentación de ir tras ellos. Mi alma de escritor prefirió apurar la cerveza. Las historias buenas no tienen comienzo ni final y querer atraparlas es sinónimo de no haber comprendido cómo funciona esto. Así que opté por pedir otra y me senté a ver caer la lluvia en espiral en aquella tarde de sábado, una tarde triste y absurda como pudiera ser esta misma.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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