Una suerte de juicio sumario se ha escenificado contra la llamada 'Cultura de la Transición' para lo que ha sido necesario dibujar con trazo grueso un fantasma primordial.
Los años setenta y ochenta no serían para ciertos historiadores culturales otra cosa que el ... cimiento de los comportamientos cínicos, el momento fundacional de la cultura y la política del pelotazo, cuando no la estricta encarnación de todos los males que supuso la instauración de un canon, inevitablemente decadente, despolitizado y hasta hortera, que negaba las prácticas artísticas en las que latía el impulso crítico.
El debate, excepcionalmente revisionista, sobre las últimas décadas del siglo XX en España está marcado por el signo editorial de los 'desacuerdos'. La cultura antagonista o incluso radical del tardo-franquismo está sometida al revisionismo académico, convertido lo contra-hegemónico en un relato bastante mistificado.
La nueva donación de Guillermo Pérez Villalta da más lustre a la colección del CAAC
Es una historia que ha sido contada de mil maneras y, seguramente, todos dicen 'su verdad'. Las primeras películas de Pedro Almodóvar, los cuadros de las Costus (especialmente su impresionante serie sobre El Valle de los Caídos, donde la 'pluma' revela su potencial crítico y capacidad para ridiculizar paródicamente al franquismo), la cantinela de Radio Futura, las noches del Rockola, las fotos coloreadas por Ouka Leele, el mundo de rockeros y moteros de Alberto García-Alix, el arrebato fílmico de Iván Zulueta, el punk con ciertos complementos extrañamente casticistas, cierta reivindicación de lo cursi como elemento desmantelador de las jerarquías culturales, convirtieron Madrid en una capital de extraordinaria capacidad para fascinar. Hasta en periódicos como el 'New York Times' aparecían desaforadas apologías de la Movida Madrileña.
Julio Pérez Manzanares ha tenido el coraje curatorial y la lucidez interpretativa máxima para afrontar 'un tópico' a partir de la configuración de ciertas mitologías. Si el pre-texto son las imágenes escenificadas o pictoricistas de Ouka Leele, lo cierto es que consigue desbordar los límites del enésimo 'homenaje' para plantear perspectivas analíticas atractivas. Parte de la constatación de que en los ochenta se montó una importante estrategia de promoción cultural.
Se plantearon iniciativas que supusieron una apuesta inequívocamente estratégica por parte de los políticos del PSOE que camuflaron la infiltración neoliberal con aires y abanicos (siempre en la memoria de las grandes bofetadas críticas, el famoso texto de Sánchez Ferlosio sobre la cultura como invento del gobierno) de presunta modernidad. Son los años de la apertura de ARCO y de la inauguración del Museo Reina Sofía, con programas de televisión con 'La edad de oro', que parecían subvertirlo todo, y hasta un alcalde, con hierática tendencia pregonera, que animaba a 'colocarse' y 'estar al loro'.
Ana Rosetti, en un interesante texto incluido en el catálogo de esta muestra, sostiene que la Movida «brotó con la misma naturalidad que las hojas en los árboles», aunque luego acepta que fue «espoleada por los medios de comunicación». Ni la ingenuidad ni el cinismo o la amnesia selectiva pueden ocultar que en ese momento de 'eclosión' de una suerte de pop tardío estaban implicadas estrategias e intereses varios, como tampoco podemos aceptar que la descarada despolitización de los planteamientos culturales fuera algo indiferente a la deriva de la propia Transición.
En cierta medida, el instante fundacional que sintetiza los mitos de la Movida queda fijado en la famosa foto de Ouka Leele 'Rappelle-toi Bárbara' (1987), en la que reinterpreta el mito de Cibeles en la céntrica plaza madrileña. Momento cumbre de la carrera de esta creadora en el que teatraliza la mítica carrera de Hipómenes y Atalanta que le había subyugado en un cuadro de Guido Reni en el Museo del Prado, también es un ejemplo del manierismo al que llevó su imaginario, esa resultona 'mística doméstica', en el que no faltaban toques un tanto kitsch o cierta querencia hacia lo cuqui.
Pérez Manzanares ha seleccionado muchísimas obras para mostrar una 'constelación' de versiones y diversiones en torno a lo mitológico. Más allá del núcleo de amigos que formaron Ouka Leele, El Hortelano y Ceesepe, destacan las obras de los artistas que supieron modular con mayor brillantez las mitologías pictóricas: Carlos Franco y Sigfrido Martín Begué, que no pueden identificarse como parte del núcleo 'entusiasta' de la Movida oficializada. Contemplar las obras, entre otros, de Carlos Alcolea, Miluca Sanz,Guillermo Pérez Villalta o Costus permite volver a cobrar conciencia de que aquella forma de 'pintar la Historia' que reivindicara con su habitual lucidez Ángel González ha sido durante años distorsionada, maltratada o sublimada.
Fernando Castro Borrego advirtió que el arte español de los ochenta fue una repetición de lo viejo con pretensiones de novedad. En esa situación, como dictaminó Gramsci, aparecen «síntomas mórbidos». La presencia del mito de Narciso en tantas obras de la Movida da que pensar.
La carnavalización postmoderna que no tuvo pudor en declarar en 'La luna de Madrid' que «la vanguardia es el mercado» colaboró a 'mitificar' el proceso democrático. Suena, con el eco que generó la ninfa despreciada, el himno de Alaska y Dinarama. 'A quién le importa lo que yo diga'.
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