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Economía

Por qué invertir en su cerebro es una decisión estratégica

Por qué invertir en su cerebro es una decisión estratégica
Artículo Completo 1,372 palabras
La sobrecarga cognitiva reduce la innovación y la capacidad de adaptación. Leer
DIRECTIVOSPor qué invertir en su cerebro es una decisión estratégica
  • ADELA BALDERAS
6 FEB. 2026 - 01:11'La persistencia de la memoria' de Salvador Dalí nos recuerda el valor del tiempo y la importancia de detenerse a pensar, respirar y mirar a nuestro alrededor.

La sobrecarga cognitiva reduce la innovación y la capacidad de adaptación.

Canta Sabina aquello de "¿Quién se ha llevado el mes de abril?". La pregunta sigue siendo válida, aunque aplicado a enero. Pero hay meses que no se marchan del todo: se quedan en los gestos, en lo ocurrido, en conversaciones, en la forma en que sentimos el tiempo pasar. Algunas noticias nos recordaron nuestra fragilidad y nos obligaron a detenernos, aunque solo fuera un instante. Tal vez por eso, este texto no habla de comienzos rotundos, sino de transiciones: de lo que permanece cuando el calendario avanza, de esa sensación tan humana y tan contemporánea de avanzar hacia lo siguiente mientras aún intentamos comprender lo vivido, sin siquiera saborear el presente, atrapados en un scroll infinito y retorcido.

Ha sido un mes intenso, de esos que nos abren los sentidos, que nos hacen más atentos, más conscientes de nuestra fragilidad. Y, entonces, surge la esperanza, casi sin hacer ruido. No como una promesa grandilocuente, sino como una presencia discreta: la certeza de que, incluso cuando duele, seguimos. Y, casi sin darme cuenta, mi pensamiento se posa en una palabra que aparece una y otra vez: resiliencia. Una palabra necesaria, pero también peligrosa si se usa mal. Porque conviene decirlo con claridad: la resiliencia no siempre es épica ni visible. No siempre significa avanzar. A veces es simplemente no retroceder más.

Tal como señala Boris Cyrulnik, neurólogo, psiquiatra y psicoanalista francés, especialista en resiliencia y reconocido por su trabajo con niños en situación de vulnerabilidad, la resiliencia no nace de la mera fuerza de voluntad, sino de la capacidad de transformar el dolor. Cyrulnik perdió a su familia durante la Segunda Guerra Mundial y ha dedicado su vida a estudiar cómo los seres humanos pueden reconstruir su existencia después de traumas profundos. Se siente en la piel su creencia, como transmite en su libro Los patitos feos: La resiliencia (Debolsillo). "Una infancia infeliz no determina la vida, que ninguna herida es un destino. En ¿Por qué la resiliencia? (Gedisa) afirma que nos permite reanudar la vida: "La resiliencia no es un don misterioso, sino la capacidad de crear un futuro a pesar de las heridas del pasado."

No se trata de heroísmo ni de velocidad, sino de reconstruir la vida incluso cuando nos da un zarpazo. La resiliencia, como subraya Cyrulnik, depende del entorno, de las relaciones afectivas y de la narrativa que construimos sobre nuestra propia experiencia. Sin metamorfosis, no hay resiliencia. Nietzsche lo resumió con brutal honestidad: "Quien tiene un porqué puede soportar casi cualquier cómo. Pero incluso así, no todo dolor se transforma. No todo duelo encuentra relato. No toda herida está lista para ser curada".

No hace falta tanta fortaleza

Quizá necesitamos un lenguaje nuevo. Uno que no exija empuje permanente, que no anime a demostrar fortaleza cuando lo que se necesita es aprobación para estar frágil. Tal vez la resiliencia empiece cuando dejamos de pedir heroicidad y empezamos a ofrecer presencia.

Y en el mundo de la empresa percibo lo mismo: cansancio emocional de tanto buscar motivación de frase de taza en la oficina; desafección silenciosa; preguntas que se formulan en voz baja: ¿merece la pena? Quizá este tiempo nos invite a otra lectura: entender que la resiliencia no se mide en velocidad, sino en ritmo humano, en pausas que nos permitan reflexionar y reconectar con nuestra espiritualidad. No siempre toca mirar hacia adelante; a veces toca mirar hacia los lados y ver amigos, familia, sentir compañerismo en el trabajo. Alguien nos enseñó y nos inculcó-en un mal día- aquello de "yo no vengo al trabajo a hacer amigos". Y, sin embargo, compartimos ocho horas diarias. ¿De verdad eso no merece vínculo? Ayudarse no resta profesionalidad. La multiplica. Mirar a los lados. Tal vez ahí empiece cualquier forma posible de resiliencia que no sea impostada.

Vivimos un tiempo de aceleración constante, de tecnología omnipresente, de incertidumbre estructural, de tierras raras, de métricas sin alma y puntuaciones con estrellas que no brillan. Y en medio de todo esto surge un concepto que ya no es tendencia, sino urgencia: la brain economy (economía del cerebro). Esta singular denominación obliga a recordar algo incómodo pero evidente: el cerebro es nuestro principal activo. La atención, la claridad mental, la capacidad de decidir, crear y relacionarse son recursos finitos, y resulta irónico que nos lo tengan que recordar.

Estudios recientes lo confirman: el World Economic Forum en su Global Brain Capital Report 2025 señala que la sobrecarga cognitiva y el desgaste emocional reducen la innovación y la capacidad de adaptación de las organizaciones. McKinsey, en The Human Advantage: Stronger Brains in the Age of AI (2025), coincide en que la inversión en salud cerebral y habilidades cognitivas no es un lujo, sino un requisito estratégico.

La OCDE, en Building Brain Capital for Resilient Economies (2025), reafirma que cuidar el capital cerebral para economías resilientes es tan vital como cuidar infraestructura física o educación: es la base de resiliencia, innovación y bienestar colectivo. Esto de la brain economy surge en respuesta a un mundo donde la información, la multitarea enfermiza y la presión por rendir y posar han convertido la mente en un recurso estratégico. Pero un cerebro saturado no innova. Un cerebro en duelo no decide bien. ¿Cómo exigir creatividad cuando no hay espacio para procesar lo vivido? ¿Quién cuida del cerebro cuando todo empuja a seguir como si nada hubiera pasado? Tal y como subraya el Foro Económico Mundial, invertir en habilidades cognitivas y emocionales permite generar resiliencia colectiva y evitar el desgaste sistémico.

Como dijo Isabel Coixet en una entrevista "necesitamos tiempo para adaptarnos al cambio". Tiempo. Justo lo que parece escaparse entre los dedos, como los relojes blandos de Dalí. Quizá la verdadera innovación hoy no consista en ir más rápido, sino en atreverse a parar, a respirar, a pensar, a mirar a los lados y sentir con presencia. Cuidar nuestro cerebro, cuidar nuestra resiliencia, cuidar a quienes nos rodean, comprender que nuestras mentes merecen espacio para procesar, descansar y aprender: esa es la economía de la presencia, esa es la verdadera innovación.

En 2026, más que velocidad, necesitamos ritmo, no artificial sino ritmo humano. Más que heroísmo, necesitamos acompañamiento. Más que lucha, necesitamos gestos que sostengan, silenciosos y constantes. Porque el foco, la atención, la reflexión, esa espiritualidad que se percibe como tendencia, pero se impone en estos tiempos de aceleración, la claridad mental y la resiliencia no son "extras": son el capital más valioso. Y si alguien me pregunta: "¿quién se ha llevado tu enero?", quiero encontrar respuestas, atender lo vivido, mirar a los lados, soñar y decirme bajito lo que decía Pablo Neruda: "Esta vez dejadme ser feliz, nada ha pasado a nadie, no estoy en parte alguna, sucede solamente que soy feliz por los cuatro costados del corazón, andando, durmiendo o escribiendo".

Adela Balderas es doctora ADE. Profesora Investigadora Deusto Business School. Investigadora Universidad de Oxford. Profesora Afiliada City Science MIT Media Lab.

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Fuente original: Leer en Expansión
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