'Esperando a Godot'. El título de la obra de Samuel Beckett se convirtió en una frase hecha en la España de los años ochenta, para hablar de la inquietud del cambio. Godot podía ser lo mismo la entrada en la Unión Europea, las ... cifras del paro de cada mes o aquella autoridad, «militar por supuesto», que esperaba Tejero para que tomara el mando en el Congreso de los Diputados, infructuosamente. Un Dios mudo para los buenos y para los malos.
Acaso también la incapacidad de la persona, de muchas personas, de solucionar sus problemas, a la espera de que algo o alguien cambiara el rumbo de los acontecimientos, o por lo menos alumbrara un camino a seguir. No sé si hoy se me ocurre una metáfora mejor de esa espera desesperante (¿de quién, de qué?) que caracteriza nuestro tiempo, donde todo cambia tan deprisa que en realidad nada termina de cambiar. Por no decir que en muchos aspectos va hacia atrás, o de lado, como los cangrejos.
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Vladimir y Estragón, Estragón y Vladimir esperan a Godot, que nunca llega. Hablan, discuten, matan el tiempo, en la obra de teatro en la que la acción es más puramente inacción, es decir, espera. Espera que desespera:
• No lo sé. No hay otra cosa que hacer.
Beckett escribió 'En attendant Godot' entre 1948 y 1949, profundamente marcado por la crisis existencial de la posguerra europea. En el marco de un continente devastado y pobre, y con un sentimiento general de vacío, de pérdida del sentido de la historia y de la vida. Y la escribió en francés. Primero, porque vivía en Francia, después de haber participado en la guerra como miembro de la Resistencia. Y segundo, porque para remarcar mejor el sentido de la ajenidad, eligió una lengua distinta a la materna, buscando sencillez y «pobreza de estilo». Sensación de orfandad incluso en el idioma. Otredad en sentido puro.
«Seguimos esperando a Godot, o sabe Dios a quién, sumidos en la laxitud inquietante de una vida en espera»
La obra se publicó por primera vez en 1952, y se estrenó en el Théâtre de Babylone de París al año siguiente. Como era de esperar, para sus primeros espectadores resultó una pieza extraña, desconcertante. Sin embargo, a finales de los cincuenta ya se consideraba una expresión fundamental de su tiempo. Y en los sesenta se consolidó como obra clave del teatro del absurdo.
La primera representación en España tuvo lugar en mayo de 1955, en el paraninfo de la Facultad de Letras de la Universidad Central. Su director, Trino Martínez Trives, se enamoró de la obra en París y se decidió a ponerla en escena aquí con el grupo Pequeño Teatro. En los ochenta y los noventa se siguió representando con éxito en todo el mundo. Hasta ayer mismo, en 2019/2020, con la extraordinaria versión de Antonio Simón en el Bellas Artes de Madrid, con Pepe Viyuela, Alberto Jiménez, Juan Díaz, Fernando Albizu y Jesús Lavi como protagonistas. Entonces pensamos que aquel Godot que esperábamos era quizás el Coronavirus.
Hoy, mientras las bombas caen sobre Ucrania y los países del golfo Pérsico, muchos tienen la tentación de identificar a Godot con los designios inescrutables del demonio Trump. Pero quizás sería más justos decir que ese Godot no sería en verdad un dios de trapo, como el presidente de los Estados Unidos, sino más bien el vacío, el propio absurdo de nuestras vidas en la era digital. Porque seguro que la entelequia de Godot, su imponente no presencia, tiene mucho más que ver con la virtualidad de la existencia humana que con la materialidad de la barbarie. Seguimos esperando a Godot, o sabe Dios a quién, sumidos en la laxitud inquietante de una vida en espera. Tiempo perdido, oportunidades que caducan, cambios que se nos presentan como mayestáticos y que terminan devolviéndonos siempre a la misma indigencia. Eso que un día y otro llamamos incertidumbre.
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¿Quién es Godot hoy? Crisis, incertidumbre y absurdo en el siglo XXI
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