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Política

Sanchismo duro hasta el minuto final

Sanchismo duro hasta el minuto final
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Un presidente que ha fulminado cualquier signo de imparcialidad en las instituciones no duda en intentar amedrentar a quienes no puede llegar, se llamen Casa Real o Tribunal Supremo Leer

Si alguien pensaba de que el desastre de Ceuta o el evidente colapso del Gobierno durante este verano iba a hacer cambiar el rumbo de Pedro Sánchez, siquiera un poco, la respuesta la tiene en la hora y pico de entrevista que concedió ayer a la Cadena Ser para dar la bienvenida al nuevo curso político: más polarización, más confrontación y más división. Sanchismo duro hasta el minuto final.

Ocurre con Sánchez que argumentos que suenan ridículos la primera vez que se formulan terminan incorporándose a la normalidad de la conversación mediante la técnica de repetirlos una y otra vez. Solo así se explica que un presidente que no ve en Marruecos indicio alguno de responsabilidad en el asalto a Ceuta perciba en cambio pruebas claras que le permiten señalar a Rusia e Israel en pleno prime time radiofónico. Y solo así se atisba a comprender que con todo el sufrimiento acumulado por la población ceutí durante más de un mes no admita ni un solo error, defienda su desconexión vacacional y se ponga a hablar de los bulos y las redes sociales.

Hubo dos momentos particularmente agresivos en la entrevista. Uno fue la hostilidad indisimulada con el Rey, con un reproche insólito a que no haya visitado Ceuta y con esa fake news de que Felipe VI, proclamado en 2014, "lleva reinando más de 20 años". Pero sobre todo, por el afán en la comparación: entre el Rey y yo, el mejor soy yo. La Presidencia del Gobierno contra la Jefatura del Estado, en un esquema mental bastante revelador.

El ataque estival de Óscar Puente contra el monarca era así la avanzadilla de algo más, ahora lo sabemos. Y no se trata tanto de cuestionar a la Corona, aunque algo de eso siempre haya en la izquierda irredenta, como de mantener una presión constante sobre las instituciones que escapan a su control. Un presidente que ha fulminado cualquier signo de imparcialidad en las instituciones y los organismos públicos no duda en intentar amedrentar a quienes no puede llegar, se llamen Casa Real o Tribunal Supremo.

Lo segundo definitorio que dijo ayer Sánchez fue plantear las elecciones del año que viene no como unos comicios ordinarios de un país occidental, ni siquiera como un plebiscito sobre su gestión y su persona, sino como una elección entre democracia o «involución», según el término que empleó.

La alternancia política es uno de los fundamentos democráticos más básicos, no debería ser necesario decirlo. Reconocer al adversario, considerarle como una opción legítima y desarrollar la confrontación política con unas reglas compartidas son pilares inamovibles de las sociedades libres y, en España, una de las grandes conquistas de nuestra historia tras siglos de guerras civiles. Cuando Sánchez dice que «hoy no tenemos una propuesta de alternancia, sino de involución», está dinamitando el consenso más primario sobre el que se construyó nuestra democracia.

Es en este clima de excepcionalidad en el que Sánchez quiere que se celebren las elecciones del año que viene y a ello se entregarán él y su partido lo que queda de legislatura. Más que hasta ahora, quiero decir. Es realmente duro comprobar que el PSOE no tiene nada más que ofrecer a los españoles, pero la situación es esta y ha quedado formulada desde el primer día del curso político.

Todo queda supeditado a esta estrategia. También la política exterior. También Ceuta. Ayer, durante más de una hora, a Sánchez no se le escuchó ni una mínima disculpa con los ceutíes. Ni un tímido gesto de comprensión con su angustia, ni una muestra de calidez, ni un mensaje de aliento. Nada de eso se puede permitir un presidente que no quiere serlo de todos los españoles, sino solo de sí mismo.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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