La era del 'siempre conectado' crea nuevos síntomas: trabajo performativo, presencia digital y agendas interminables. Crecen los 'proyectos zombi' sin avance real que drenan la energía, el foco y la productividad.
La pose de "ir de ocupado" sigue cotizando en muchas empresas, especialmente en aquellas en las que todavía triunfa el presentismo y una multitarea inútil que se confunde con el compromiso.
En esa cultura del alto rendimiento aparente, decir "estoy a tope" funciona como una credencial. De hecho, una investigación de la Universidad de Georgetown recuerda que las jornadas laborales hasta más allá del horario estricto y la falta de ocio se han convertido en un símbolo de estatus. A pesar de que la consecución de resultados tiende a ser la medida normal de eficiencia, demasiadas organizaciones mantienen la apariencia de actividad como una señal que calibra la importancia de los empleados.
Según Slack, un 63% de los profesionales intenta mantener su estado activo online incluso cuando no está trabajando y, de media, dedican un 32% de su tiempo al trabajo performativo, que en sus versiones más típicas se refiere a responder a los colegas de trabajo por correo electrónico o por mensajería instantánea lo más pronto posible, aunque no sea necesaria una respuesta inmediata; a programar un correo electrónico o un mensaje para que se envíe en un momento futuro; a asistir a una reunión en la que no es necesario estar presente; a mantener la pantalla del ordenador activa mientras no se trabaja efectivamente; a realizar investigaciones adicionales para proyectos que no son realmente necesarios; o a pedir a alguien que se dedique a una tarea laboral en su nombre para poder hacer otra cosa.
Otro estudio de Visier concluye que siete de cada diez encuestados esperan que sus jefes máximos se den cuenta de estos comportamientos, pero también sus compañeros de trabajo (39%), sus jefes de departamento (32%) y el equipo directivo de su empresa (29%).
Teatro de la productividad
En ese escenario ineficaz del teatro de la productividad, que floreció tras la pandemia y con la gran dimisión, ante la amenaza de despidos y la creciente adopción de herramientas de vigilancia de los empleados, proliferan los proyectos zombi, que son iniciativas que siguen oficialmente vivas aunque estén paradas. Llevan semanas sin avanzar, no tienen una propiedad ni una autoridad clara, y consumen tiempo, energía y atención sin aportar resultados.
Según HR Executive "nadie quiere ser quien los mate. Existe una brecha de decisión -no está claro quién tiene autoridad para cerrarlos- y el coste empuja a seguir porque ya se ha invertido demasiado en ello".
Además, en las organizaciones en las que persisten los proyectos zombi, lanzarlos da energía y visibilidad, mientras que cancelarlos es silencioso y políticamente incómodo.
El resultado es una organización y unos profesionales que parecen moverse sin parar mientras arrastran el peso muerto de un trabajo inútil: mucho teatro, poca entrega, y un atasco de iniciativas que drena el foco, la moral y la productividad.
Esta última sufre especialmente, porque ese trabajo que nunca muere añade ruido, multiplica las reuniones y complica el hecho de priorizar qué es lo importante. Una investigación global reciente de Atlassian y Censuswide concluye que un 44% dice haber empezado 2026 cargado con proyectos zombi que provocan estrés, pérdida de productividad y riesgo de burnout.
Los proyectos zombi también influyen en la experiencia del empleado y en la salud organizativa: es frustración moral -trabajo que no sirve-; sensación de impotencia -parece que nadie decide-; y desgaste -si lo cierro, quedo mal-.
No es un concepto nuevo, pero sí es más visible y más dañino hoy, porque la presión por la velocidad (por ejemplo en las transformaciones que exige la IA) es mayor. Al no haber mecanismos claros de revisión o de cierre de estos proyectos que nunca terminan, la organización convierte el portfolio en un cementerio activo.
Catálogo de soluciones
Para reducir la frustración en las empresas en las que resulta habitual que persistan proyectos y trabajos zombi, los expertos recomiendan ponerles nombre, dueño y fecha de caducidad.
- Básicamente se trata de definir cuándo un proyecto es zombi con reglas simples (por ejemplo, cuatro semanas sin avances reales, sin responsable con autoridad y sin métrica de impacto). Exige que cada iniciativa tenga un dueño claro y una fecha fija de revisión, ya que así se evita que todo quede en limbo y nadie decida.
- Otra recomendación es implantar una especie de amnistía zombi, que consiste en un proceso oficial que permite proponer cerrar, pausar o redirigir un proyecto sin castigo ni estigma. Cualquier persona del equipo puede elevar la propuesta con datos básicos (estado, coste, valor esperado) y se decide en una revisión breve. Además, incluye el reconocimiento público a quienes liberan tiempo y recursos al parar iniciativas sin futuro. Esto reduce el miedo a quedar mal por cancelar los proyectos inútiles y evita que sigan vivos sólo por orgullo o política interna.
- También se recomienda hacer una revisión mensual de la cartera de proyectos con autoridad real para decidir. Más que una reunión informativa se trata de un punto de decisión con criterios claros. Las revisiones anuales suelen llegar demasiado tarde y dejan proyectos estancados durante meses. El ritmo mensual devuelve el control y corta la costumbre perniciosa de "seguir por inercia".
- Es determinante dejar de medir la productividad por señales de "ocupación" (estar conectado, responder al instante, mantener el estado activo). Hay que medir por resultados, comprobando el impacto logrado, los hitos terminados y las decisiones tomadas. Conviene suprimir la presión por parecer activos y anular las métricas de visibilidad, porque cuando se premia la apariencia, los proyectos zombi prosperan.
- Puede crear lo que los expertos llaman "fuente única de verdad", un documento en el que cada proyecto tenga siempre lo básico: objetivo, responsable, próximo hito y decisión pendiente. Esto reduce la deuda digital, que es el nombre que Microsoft da a la acumulación de correos, chats, reuniones, archivos y notificaciones que llegan más rápido de lo que una persona puede procesar. Cuando hay deuda digital, pasamos el día apagando fuegos y buscando contexto. Los proyectos zombi empeoran esto, porque generan coordinación constante sin avances reales.
El 'workslop' que crea la IA
El 'trabajo basura' que provoca una mala adopción de la IA también guarda relación con el 'trabajo zombi' que nunca acaba, aunque se trata de otra capa del problema. Lo que se denomina 'workslop' surge en la intersección de la inteligencia artificial, la gestión del tiempo y la productividad: hay un uso indiscriminado o poco reflexivo de la IA que puede generar una falsa apariencia de eficacia y que en realidad reduce el valor de nuestro trabajo y aumenta la carga para otros miembros de nuestra organización.
Es contenido generado con inteligencia artificial (emails, memos, informes) que parece válido, pero que carece de sustancia y pasa la carga aguas abajo: el receptor tiene que interpretar, corregir o rehacer.
Los proyectos zombi crean demanda de comunicación constante ("¿en qué está esto?"). La mala adopción de la inteligencia artificial puede responder a esa demanda produciendo mucho 'output presentable', pero poco útil (es la definición exacta de 'workslop').
El resultado es más volumen de mensajes y documentos, más 'retrabajo', más coordinación y más deuda digital.
En otras palabras, los proyectos zombis son un problema de cartera, decisión y gobernanza, mientras que el 'workslop' es un problema de calidad del 'output' y de normas de uso de la IA. Pero ambos se retroalimentan y acaban produciendo ruido, fragmentación, más trabajo para corregir el que está mal hecho y sensación de inutilidad.
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