- TOM BURNS MARAÑÓN
El tiempo dirá si el Reino Unido logra restaurar su "relación especial" con EEUU. Si Carlos III ha podido aportar su granito de arena, bienvenido sea. Una visita oficial o un viaje de Estado de Felipe VI a Estados Unidos a lo largo de este año del doscientos cincuenta aniversario sería muy positiva.
La aldea global se asemeja a los barrios empinados de viviendas que cuelgan en la ladera de un volcán. El cráter se llama Mount Trump en honor del protagonista de la operación Furia Épica, y los habitantes de los poblados miran ansiosamente hacia la cima no vaya a ser que bocanadas de humo anuncien una nueva erupción. Se vive peligrosamente y mal que bien de un día para otro. Al tener en la cabeza la imagen de una lluvia de lava y demás escombros, el gobierno británico decidió enviar a Carlos III, su mejor activo, a Washington para que socialice esta semana con el imprevisible inquilino de la Casa Blanca. Las fechas son propicias porque Donald Trump está celebrando los doscientos cincuenta años de la independencia de los Estados Unidos.
Quizás el gobierno de España, que también vive en las estribaciones del volcán, debería tomar nota. Este país también cuenta con una histórica corona que tuvo mucho que ver con el Nuevo Mundo. Y, además, España apoyó la emancipación del hoy coloso norteamericano, cosa que hace dos siglos y medio Reino Unido, lógicamente, no hizo.
El primer ministro sir Keir Starmer, como todos sus predecesores en Downing Street, le tiene mucho respeto al soberano británico y le utiliza como un bálsamo para suavizar las relaciones diplomáticas con el irascible Trump. El pasado septiembre consiguió que Carlos III le invitase a un banquete en el castillo de Windsor y a un paseo en carroza y una parada militar en la finca que lo rodea. A cambio hubo acuerdos comerciales.
Trump, dice que su graciosa majestad del Reino Unido es un buen amigo y un tipo estupendo. Y Carlos III cumple su papel representativo a la perfección, al igual que lo desempeñan los demás reyes constitucionales europeos que fueron educados para realizar tan alta función.
El presidente de Estados Unidos también dirá que Felipe VI, que estudió relaciones internacionales en la universidad Georgetown y a quien recibió en su primer mandato es estupendo. Lo dijo de Guillermo Alejandro de Holanda, el monarca coetáneo de Don Felipe, que estuvo en Washington a mediados del pasado mes de abril.
Trump recibirá a muchos jefes de Estado en este año tan señalado para la autoestima de Estados Unidos pero los visitantes que verdaderamente le gratifican son los que heredan la jefatura de sus respectivos países. Como todo billonario que asume aires imperiales, Trump vibra con la pompa de la realeza.
El lunes, a los dos días de sobrevivir el tercer intento de asesinarle, Trump, acompañado por la primera dama Melania, estaba tomando el té en la Casa Blanca con Carlos III y la Reina Camilla. Los norteamericanos de hoy que protestan contra la arbitrariedades de su presidente recurren al eslogan No Kings que coreaban los colonos que se rebelaron contra Jorge III, el rey británico, hace dos siglos y medio. A Trump le encanta estar con los kings.
El martes Carlos fue al Capitolio y les dijo a los miembros de la Cámara de Representantes y del Senado que al defender y reafirmar los valores y los principios que comparten, Estados Unidos y el Reino Unido podían promocionar la seguridad y prosperidad ahora y en el futuro para el beneficio de todo el mundo. El rey hizo un cántico a la OTAN, alianza que Trump maldice y que Carlos calificó como "única" por su relevancia.
Tiempo de asombro
En un tiempo de asombro diario la estancia de cuatro días del Rey Carlos y la Reina Camila en la capital de las antiguas colonias británicas no es especialmente sorpresiva. Y sus consecuencias tampoco tienen porque serlo. Cualquier cosa es posible en la era de Trump.
Por lo pronto el progreso diplomático bien vale la ceremonia de la taza de té y una cena de gala en la Casa Blanca, y un cálido discurso, cuidadosamente redactado por el Foreign Office, a ambas cámaras del Congreso de los Estados Unidos.
El primer ministro Starmer ha apostado fuerte a que el monarca pueda reparar lo que Winston Churchill, cuya madre nació en Brooklyn, llamaba la "relación especial" entre Estados Unidos y el Reino Unido. La temperatura de ese entendimiento se enfrió cuando Trump le echó el ojo a Canadá, país del cual Carlos también es soberano y la apertura de cuyo parlamento presidió en mayo del año pasado, y a Groenlandia, territorio de la OTAN. El barómetro alcanzó registros árticos cuando Trump lanzó la Furia Épica sobre el Golfo.
Trump dice que Starmer no es ningún Churchill, lo cual es evidente, y le enfurece el primer ministro porque no permite que aviones estadounidenses despeguen de bases británicas para bombardear Irán y se niega a que, en ausencia de un alto el fuego, la marina británica colabore en operaciones navales para controlar el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz. Trump declara que el Reino Unido es un mal aliado porque no acude a la ayuda de EEUU.
Los británicos pueden, con justicia, decir que Estados Unidos se portó fatal con ellos hace setenta años, en 1956, cuando el Reino Unido, apoyado por Israel y por Francia, intentó recuperar el Canal de Suez que había sido ocupado por Egipto. Washington abortó la operación al amenazar Londres con fuertísimas sanciones si no cesaba de inmediato el conflicto.
En cuanto a la guerra actual en el Oriente Medio, Trump también dice, puesto que es así de contradictorio, que la capacidad militar del "mal aliado" británico es nula. Dice que la en tiempos poderosa Royal Navy es una flota de juguete (exagera aunque no demasiado) y que los soldados británicos son unos cobardes lo cual es un grave insulto puesto que más cuatrocientos de ellos murieron luchando codo con codo con los norteamericanos en Afganistán y casi doscientos en Irak.
La bronca transatlántica no tiene visos de amainar porque el presidente de los Estados Unidos ve vejaciones por doquier.Y por eso Carlos III está en Washington. Una de las últimas escaramuzas es su advertencia de que impondrá aranceles punitivos al comercio con las Islas Británicas si Starmer no abandona planes de gravar con un impuesto especial los servicios digitales de las plataformas tecnológicas estadounidenses que operan en el Reino Unido.
Dos pueblos
Trump, que además de adulador de reyes dice digo donde dijo Diego, estuvo versallesco cuando le dio la bienvenida a Carlos III. Afirmó que los americanos no tenían amigos más cercanos que los británicos. Y esto es cierto, y a la vez no lo es. En su discurso al Congreso, Carlos citó a Oscar Wilde que decía que el Reino Unido y EEUU eran dos pueblos separados por un mismo idioma.
Bromas aparte, lo que separó la futura república de la corona británica fue la extractiva política de impuestos que la hacienda de la metrópoli imponía a la colonos en Norteamérica. La protesta colonial pasó a ser un guerra revolucionaria e internacional y aquí la corona española tiene algo que decir. George Washington, que se encargó de crear un eficaz ejercito continental, fue el primero en reconocer la importancia de la ayuda financiera y de armas que recibió de la España de Carlos III, el Borbón que no el Windsor contemporáneo. Y la de las incursiones contra los británicos en el Misisipi que lideró el malagueño Bernardo de Gálvez que fue gobernador de Luisiana.
Ahora bien, el hilo conductor del discurso del monarca británico fue que a pesar de contrariedades "una y otra vez nuestros dos países han siempre encontrado vías para ponerse de acuerdo". Esto se debe a "las tradiciones democráticas, legales y sociales que les unen". Los checks and balances, los poderes y contrapoderes, que son la piedra angular de la Constitución de Estados Unidos se remontan a la Inglaterra del siglo XIII y a la Carta Magna que veneran tanto los ingleses como los norteamericanos.
Relación especial
El tiempo dirá si el Reino Unido logra restaurar su "relación especial" con Estados Unidos y si Trump empieza a entender que America First ha de ser el liderazgo de EEUU según las normas del derecho internacional y en el contexto de la multilateralidad como equilibrado campo de juego político. Si Carlos III ha podido aportar su granito de arena, bienvenido sea. Lo cual nos lleva a Felipe VI y a la "utilidad" que puede tener la corona española a la hora de suavizar las relaciones con Estados Unidos e influir en los prontos que Trump lanza a los cuatro vientos.
Una visita oficial o, mejor aún un viaje de Estado, de Felipe VI a EEUU a lo largo de este año del doscientos cincuenta aniversario sería muy positivo. Según fuentes oficiales se trabaja en ello y es lo que fuente llaman una "posibilidad activa". La corona es el mejor activo con el que cuentan tanto los gobernantes españoles como los británicos con la diferencia de que unos lo reconocen y actúan en consecuencia y otros no.
Trump dirá pestes del presidente del Gobierno español como las dice del primer ministro británico pero a buen seguro al Rey de España le recibirá con el mismo entusiasmo que muestra hacia el del Reino Unido. En la Casa Blanca ambos pueden ser el bálsamo que calma mentes irritadas e irritantes. Y en sus respectivos países tranquilizan a quienes viven pendientes de volcanes.
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