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Una propuesta para la RAE

Una propuesta para la RAE
Artículo Completo 599 palabras
Dicen que las palabras construyen la realidad, pero hay realidades que no acaban de encontrar cobijo en nuestro idioma. Existe un nombre para quien pierde a un cónyuge. Existe un nombre para quien pierde a sus padres. ¿Y para quien vive la tortuosa experiencia que dinamita el orden natural de perder a un hijo ? ¿O a un hermano? En 'Vivir con nuestros muertos', Delphine Horvilleur explica que en francés, igual que en tantos otros idiomas, no hay una palabra para describir a quien se enfrenta a la atroz realidad de tener que enterrar a un hijo.En hebreo, sin embargo, sí existe un término para ello. «Un padre que pierde a un hijo se llama 'shakul', palabra casi imposible de traducir», escribe Horvilleur. «Está tomada del registro vegetal y designa la rama de la vid cuyo fruto ya se ha vendimiado. Un padre doliente se expresa en hebreo mediante una imagen, la de una rama amputada de su fruto, o la de un racimo al que le han arrancado las uvas», continúa. «La savia circula por él pero ya no tiene adónde ir».Noticia relacionada opinion No No La sala de espera Helena FarréAl igual que no acabamos de encontrar una palabra para refugiar a quien ha perdido a un hijo, tampoco hay un sustantivo en el que albergar a quien ha perdido a un compañero de biografía. Con quien se compartió habitación y vida. A esa persona con quien se caminó el pasado y que figuraba en el paisaje del futuro .En nuestra lengua no existe palabra para definir a quien ha tenido que llorar y enterrar a un hermano antes de tiempo.Puede que se deba a que esta pérdida no cambia la propia naturaleza jurídica, pero, al igual que los padres, los hermanos se convierten en dueños de un duelo sin título de propiedad. En habitantes de esa tierra de nadie que es el lugar al que no llegan las palabras. Una ciénaga en la que vagan sin rumbo quienes no han recibido una forma con la que nombrar eso en lo que les ha convertido la vida. Nuestra lengua, tan vasta, tan compleja, se queda muda y claudica frente a este abismo .Piedad Bonnett escribió en 'Lo que no tiene nombre' que los hechos acorralan las palabras. Pero las palabras también ayudan a acorralar los hechos. A rellenar los huecos. A apresar en un puño la realidad. A darle un mínimo de sentido. No es justo que este dolor se quede sin nombrar. No es posible que esta ausencia pase desapercibida.

Dicen que las palabras construyen la realidad, pero hay realidades que no acaban de encontrar cobijo en nuestro idioma. Existe un nombre para quien pierde a un cónyuge. Existe un nombre para quien pierde a sus padres. ¿Y para quien vive la tortuosa experiencia que ... dinamita el orden natural de perder a un hijo? ¿O a un hermano? En 'Vivir con nuestros muertos', Delphine Horvilleur explica que en francés, igual que en tantos otros idiomas, no hay una palabra para describir a quien se enfrenta a la atroz realidad de tener que enterrar a un hijo.

En hebreo, sin embargo, sí existe un término para ello. «Un padre que pierde a un hijo se llama 'shakul', palabra casi imposible de traducir», escribe Horvilleur. «Está tomada del registro vegetal y designa la rama de la vid cuyo fruto ya se ha vendimiado. Un padre doliente se expresa en hebreo mediante una imagen, la de una rama amputada de su fruto, o la de un racimo al que le han arrancado las uvas», continúa. «La savia circula por él pero ya no tiene adónde ir».

Al igual que no acabamos de encontrar una palabra para refugiar a quien ha perdido a un hijo, tampoco hay un sustantivo en el que albergar a quien ha perdido a un compañero de biografía. Con quien se compartió habitación y vida. A esa persona con quien se caminó el pasado y que figuraba en el paisaje del futuro.

En nuestra lengua no existe palabra para definir a quien ha tenido que llorar y enterrar a un hermano antes de tiempo.

Puede que se deba a que esta pérdida no cambia la propia naturaleza jurídica, pero, al igual que los padres, los hermanos se convierten en dueños de un duelo sin título de propiedad. En habitantes de esa tierra de nadie que es el lugar al que no llegan las palabras. Una ciénaga en la que vagan sin rumbo quienes no han recibido una forma con la que nombrar eso en lo que les ha convertido la vida. Nuestra lengua, tan vasta, tan compleja, se queda muda y claudica frente a este abismo.

Piedad Bonnett escribió en 'Lo que no tiene nombre' que los hechos acorralan las palabras. Pero las palabras también ayudan a acorralar los hechos. A rellenar los huecos. A apresar en un puño la realidad. A darle un mínimo de sentido. No es justo que este dolor se quede sin nombrar. No es posible que esta ausencia pase desapercibida.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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